1. EL CUMPLEAÑOS
Este capítulo será publicado el 31 de Mayo de 2026.
Shane subió esas escaleras extensas con la respiración todavía agitada. Había corrido más de lo normal y el sudor le pegaba la camiseta al cuerpo. Sacó las llaves mientras caminaba por el pasillo, sin pensar en nada en particular. Llegó a la puerta. Metió la llave. La giró. Entró. Todo estaba oscuro. Juntó las cejas y dio un paso más adentro. Y entonces lo notó: el olor a comida.
La luz se encendió de golpe.
—¡Feliz cumpleaños!
Hollander se echó hacia atrás.
—¿Qué carajos?
Globos.
Colores.
La mesa servida.
Duna, de pie junto a la cocina, con una sonrisa que mezclaba emoción y alegría. David, sentado, levantó la copa como si ya estuviera celebrando desde temprano. Y, además, ahí estaba el amor de su vida. Tranquilo. Mirándolo como si todo esto fuera completamente normal.
Shane pasó la mirada de uno a otro, todavía procesando.
—¿Cómo entraron?
—Fui yo —dijo Duna—. Le di la llave.
Shane giró la cabeza lentamente.
—¿Le diste… mi llave?
—Alguien tenía que hacer algo —respondió ella—. Tú claramente no ibas a organizar nada.
David soltó una risa.
—Nunca lo hace.
Hollander negó con la cabeza, todavía en shock, y volvió a mirar a Ilya.
—¿Desde cuándo eres tan cercano a mis padres?
Ilya dio un paso hacia él, sin apuro.
—Desde que decidieron adoptarme.
Duna lo miró de reojo.
—No exageres.
Ilya sonrió apenas.
—¿No me dijiste “hijo” hace dos días?
Duna hizo una pequeña pausa.
—…Sí, claro.
Shane soltó una risa corta, todavía descolocado. Ilya se acercó un poco más.
—Eres un desastre.
—Cállate.
Ilya levantó la mano y le tocó la mejilla, sin dudar. Hollander dudó medio segundo. Luego se inclinó. El beso fue breve, pero suficiente.
—Bueno —intervino Duna—. ¿Te vas a cambiar o te vas a quedar así?
—Ya vengo. Voy a ducharme rápido.
Pasó junto a Ilya, rozando apenas con el hombro. Y Shane desapareció por el pasillo rumbo al baño.
Unos segundos después, el sonido de la ducha empezó a escucharse a lo lejos. Duna estaba en la cocina, lavando algunos platos mientras David seguía sentado con la copa en la mano. Ilya se acercó despacio. Se detuvo cerca de la mesa.
—¿Shane siempre ha sido tan ordenado?
David levantó la vista. Y soltó una risa inmediata.
Desde la cocina, Duna también reaccionó.
—Ay, ni te cuento.
Ilya giró un poco la cabeza hacia ella, curioso.
David negó lentamente mientras sonreía.
—Nuestro hijo es… particular.
—Eso es una manera muy amable de decirlo —añadió Duna.
David levantó un dedo.
—No, no. Es verdad. Tiene una atención obsesiva por algunos detalles.
Ilya soltó una pequeña risa por la nariz.
Sí. Eso sonaba exactamente como Shane.
David tomó otro sorbo de vino.
—Pero honestamente… creo que eso es parte de lo que lo ha llevado tan lejos.
Mencionó con ternura.
—Siempre fue muy aplicado. Muy organizado.
Duna sonrió mientras seguía lavando los platos.
—Sí, realmente ha sido un hijo excepcional.
Luego hizo una pequeña mueca divertida.
—Aunque bueno… ya sabes cómo somos los padres. Siempre hablamos demasiado bien de nuestros hijos.
Ilya negó apenas con la cabeza.
—No… creo que tienen razón.
David levantó ligeramente las cejas.
—¿Sí?
—Eso es lo que he visto de él.
Hubo un pequeño silencio cómodo.
Y entonces David soltó una risa baja, como si acabara de acordarse de algo.
—¿Te contamos lo del castillo?
Duna giró de inmediato.
—¡Oh, Dios mío! Sí.
Ilya los miró, confundido.
David apoyó el codo sobre la mesa.
—Cuando estaba pequeño, alguien le regaló uno de esos castillos para armar con piezas de colores.
Duna empezó a reírse sola desde la cocina.
—No dejaba que nadie lo ayudara.
David negó con la cabeza.
—El problema era que quería acomodar todas las piezas por color antes de empezar.
Ilya soltó una risa corta.
Sí. Definitivamente eso sonaba como Shane.
—Y si una pieza no quedaba exactamente donde él quería… se frustraba.
—Muchísimo —añadió Duna.
David siguió:
—El castillo se caía una y otra vez porque se tardaba demasiado ordenando todo antes de construirlo.
Duna dejó un plato sobre el escurridor y soltó otra risa.
—Pasó días enteros intentando terminarlo.
—¿Y lo logró? —preguntó Ilya.
David sonrió.
—Claro que sí.
Dijo con mucho orgullo.
—Ese niño era incapaz de rendirse con algo.
Duna lo miró desde la cocina.
Más suave ahora.
—Todavía lo es.
Se quedaron viendo todos.
David levantó la copa ligeramente.
—Sí… eso tiene Shane.
Dijo en voz baja.
—Es terco como él solo. Pero cuando ama algo… no lo suelta fácilmente.
Ilya bajó apenas la mirada.
Y, aunque no dijo nada… algo en su expresión cambió.
Unos minutos después, el sonido de la ducha se detuvo. Desde el pasillo empezaron a escucharse gavetas abriéndose. Luego otra. Y otra más. David levantó apenas la vista, divertido.
—Ya empezó.
Duna soltó una pequeña risa desde la cocina.
—No encuentra algo.
Ilya giró ligeramente la cabeza hacia el pasillo.
Se escuchó otra gaveta abrirse con más fuerza.
—¿Dónde está…? —murmuró Shane desde el cuarto.
David negó con la cabeza.
—Siempre hace lo mismo.
—Porque mueve las cosas y después no recuerda dónde las dejó —respondió Duna.
—¡Yo no muevo nada! —se escuchó desde el cuarto.
Eso hizo que David soltara una carcajada.
Ilya bajó la mirada, sonriendo apenas para sí mismo.
Unos segundos después:
—Ah… aquí estaba.
David levantó la copa.
—Milagro.
Cuando volvió, con ropa limpia y su camiseta favorita, el ambiente ya estaba en movimiento.
Música baja. Duna terminaba de servir.
David ya estaba comiendo. Ilya estaba en la cocina, abriendo un cajón como si supiera exactamente dónde estaba todo.
Shane se quedó mirándolo un segundo.
—¿Desde cuándo sabes a dónde guardo mis cosas?
—Desde que no sabes organizar tu cocina.
David soltó una carcajada.
—Me cae bien.
—¡David! —dijo Duna.
—¿Qué?
Shane, moviendo la cabeza de un lado a otro, se le acercó para decirle en el oído:
—Idiota.
Se sentaron.
Duna frente a Shane.
David a un lado de ella e Ilya junto a Shane.
Duna le sirvió comida sin preguntar.
—Come.
—No me estoy muriendo de hambre.
—Come igual.
Ilya tomó la botella y sirvió vino.
Primero a Duna.
Luego a David.
Luego a Shane.
Y al final, a él. Duna lo observó un segundo.
—Gracias… Ilya —hubo una pequeña pausa antes del nombre.
David rompió el silencio:
—¿Cómo celebran los cumpleaños en Rusia?
Él se encogió de hombros.
—Depende. A veces grandes, a veces nada.
—Aquí tampoco —dijo David—, como puedes ver.
—Ey —respondió Shane.
—Es verdad —añadió el ruso—. Nunca hace nada.
—Ya cállense los dos.
Duna intervino:
—¿Y tu familia? ¿Celebran así?
Él miró la mesa. Luego a ella.
—No como esto.
—Entonces habrá que repetirlo.
Ilya sonrió.
—Me parece bien.
Hollander bajó la mirada al plato. Probó la comida.
—Está buena.
Duna lo miró.
—¿“Está buena”? Está deliciosa, porque yo la cociné.
David se rio.
—Te metiste en problemas, hijo.
Ilya observaba todo. Tranquilo. Cómodo. Como si siempre hubiera sido parte de esa mesa. Shane lo notó. Y, aunque no dijo nada, algo dentro de él se movió: satisfacción, pero también una leve incomodidad. Como si todo estuviera pasando más rápido de lo que esperaba.
El ambiente se relajó. Conversaciones simples. Risas. Vino. Nada forzado. Nada pesado. Por un momento… todo se sintió fácil. Normal. Como si no hubiera nada más allá de esa mesa.
¡¡¡Ding dong!!!
El sonido del timbre cortó el momento. Shane levantó la cabeza.
—¿Esperaban a alguien?
Duna negó. David también. Ilya bebió un trago de su copa. Shane se levantó, caminó hacia la puerta, se asomó por la mirilla… y se quedó quieto.
—Mierda.
No abrió la puerta de inmediato. Se quedó mirando por la mirilla, como si necesitara un segundo más para entender lo que estaba viendo. Globos. Un pastel. Hayden. Solo. Sintió cómo se le revolvía el estómago.
—Mierda —repitió.
Detrás de él, la mesa quedó en silencio.
—¿Quién es? —preguntó David.
Shane no respondió.
Abrió la puerta. Y por un instante… no le salieron las palabras.
—Yo… eh…
Se quedó en blanco.
Hayden levantó el pastel con una media sonrisa.
—¡Feliz cumpleaños!
Él lo miró, sin reaccionar del todo.
—…sí.
Pausa.
—Pensé que nadie se acordaría de ti rarito—añadió Hayden, encogiéndose ligeramente de hombros—. Así que vine.
Hubo un silencio incómodo. Shane parpadeó.
—Sí, yo… yo no sabía…
No terminó la frase. No sabía cómo.
—¿Puedo pasar?
Shane no estaba pensando. Solo estaba reaccionando. Se hizo a un lado.
—…sí, claro.
Hayden entró. Y el ambiente cambió de inmediato. No fue brusco. Fue sutil, pero pesado.
Duna se levantó casi de inmediato.
—Hayden —dijo, acercándose con una sonrisa cálida.
Lo abrazó.
David también se puso de pie.
—Gracias por venir, Hayden —dijo, dándole un apretón en el hombro—. De verdad.
—Claro… no quería que estuviera solo.
David sonrió.
—Se agradece.
—¿Y tu familia? —preguntó Duna.
—Se quedaron en casa —respondió él—. Mi esposa con los niños. Vine un rato nada más.
—Hiciste bien —dijo David.
Shane seguía de pie. Quieto. Como si todavía no hubiera alcanzado el momento. Y entonces, Hayden miró alrededor: la mesa, las copas, los globos… y finalmente a Ilya Rozanov. Se detuvo ahí. Un segundo. Dos. Sabía quién era, pero por un momento se quedó en shock.
—…¿Rozanov?
No era una pregunta. Pero tampoco una afirmación completa. El ruso no se movió.
—Ilya Rozanov —añadió Hayden, como armando la pieza en su cabeza.
El ambiente quedó en silencio. Ilya lo miró directo, sin incomodarse.
—Sí… sabes quién soy.
No fue agresivo. Pero tampoco fue amable. Fue claro. Demasiado claro. Y Shane tragó saliva.
—Él… eh… —empezó, pero no terminó. No sabía cómo terminar esa frase. Y nadie lo ayudó.
Volvieron a la mesa. Hayden se sentó. No con prisa. Observando. Midiendo todo. Duna retomó el control de la situación. La música baja seguía sonando de fondo.
—Siéntate, por favor.
David sirvió más vino.
—Aquí siempre sobra comida.
—Eso veo —respondió Hayden.
Ilya ya tenía la botella en la mano. Le sirvió sin preguntar. Con naturalidad. Demasiada. Hayden lo notó.
—Parece que sabes bien cómo funciona todo aquí.
Él levantó la mirada.
—He estado aquí antes.
—Claro.
Hollander intervino, forzado:
—Estamos trabajando juntos.
—¿Sí? —dijo Hayden.
—Sí —añadió Ilya—. Una obra benéfica.
—Sí, se nos ocurrió una idea que luego te voy a contar—respondió Shane nervioso.
Hubo un momento de silencio, pero la conversación siguió. Aunque había pausas donde no debería haberlas. Miradas que duraban un segundo más. Respuestas demasiado medidas. Hayden hablaba poco. Observaba mucho. Demasiado. Y entonces, Ilya hizo un gesto sutil, casi invisible para Shane. Una leve inclinación de cabeza, nada más, pero Shane lo entendió.
Ilya se levantó primero.
—Me disculpan.
No explicó más. Se fue.
El baño no estaba a la vista desde la mesa. Eso ayudaba un poco.
Shane intentó quedarse. Un segundo. Dos. Pero no pudo. Se levantó.
—Voy… ya vengo.
Demasiado evidente. Demasiado rápido. Hayden lo vio. No dijo nada. Pero lo vio todo.
La puerta del baño se cerró. Y el aire cambió. Shane apoyó la espalda contra la puerta. Se pasó las manos por la cara.
—Mierda… me quiero morir.
Ilya lo miró. Estaba muy calmado.
Se acercó y le dijo:
—No me voy a ir.
Exhaló y respondió en voz baja.
—No te voy a abandonar. ¿Bueno?
Shane levantó la mirada. Había algo en sus ojos. Temor. Pero también algo más profundo.
Se acercó. Lo tomó del rostro. El beso llegó despacio. Sin urgencia ni desesperación. Como si fuera lo único estable en medio del caos.
Shane apoyó la frente contra la de él.
—¿Qué le vamos a decir a Hayden?
Él no respondió de inmediato.
Solo lo miró.
—¿La verdad?
Se separó un poco.
—¿Estás loco?
Soltó una risa nerviosa.
—Oh, Dios…
Se pasó la mano por el cabello.
—Esto se está saliendo de control.
Respiró más lento.
—Me incomoda tanto…
Lo miró a él.
—Pero contigo… pesa menos.
Ilya no dijo nada. Solo lo miró. Y fue suficiente.
Cuando salieron del baño…
El ambiente había cambiado.
No mejor, no peor.
Distinto.
Hayden levantó la mirada.
Los vio.
No dijo nada.
Pero la mesa ya no estaba igual.
Algo en su expresión había cambiado: más atento, más tranquilo, más presente.
—¿Todo bien? —preguntó.
Shane respondió demasiado rápido:
—Sí.
Ilya no dijo nada. Se sentó. Tomó su copa. Como si nada hubiera pasado. Pero algo sí había pasado. Y todos, de alguna forma… lo sabían.
La cena siguió. No perfecta. Pero fue agradable. Las conversaciones empezaron a fluir otra vez, poco a poco, como si todos hubieran decidido, sin decirlo, dejar pasar el momento anterior.
David fue el primero en romper el silencio del todo.
—¿Y cómo están los niños, Hayden?
Hayden soltó una pequeña risa, relajándose en la silla.
—Bien… demasiado bien, diría yo. Cada día tienen más energía.
Duna sonrió, interesada.
—¿Siguen en clases?
—Sí, pero justo este fin de semana nos fuimos a acampar.
David levantó las cejas.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo te fue con eso?
Hayden hizo una mueca leve, como recordándolo.
—Divertido… pero no lo repetiría.
Duna soltó una risa suave.
—¿Tan mal?
—No, no mal —respondió él—. Los niños la pasaron increíble, Jackie se quedó en casa con el bebe… pero la verdad es que yo no estoy hecho para dormir en una tienda de campaña.
David se rio.
—¿Te faltó comodidad?
—Una cama —dijo Hayden, directo—. Una cama caliente, una ducha caliente… cualquier cosa que no implique despertarte con la espalda hecha pedazos.
Duna negó con la cabeza, divertida.
—Eso ya es edad.
—No —respondió Hayden—, eso es sentido común.
Todos soltaron una pequeña risa.
Shane se mantuvo callado, escuchando, jugando con el tenedor. Ilya también estaba en silencio, observando más que participando.
—Pero estuvo bien —añadió Hayden—. A veces hace falta salir un poco de todo eso… aunque después quieras volver corriendo.
Duna asintió mientras seguía acomodando algunas cosas sobre la mesa.
—Sí, se necesita. Sobre todo para los niños.
Y entonces Duna subió ligeramente una ceja.
—Esperen…
Dijo de manera sospechosa.
—¿Huele a quemado?
David olfateó el aire apenas. Ilya también levantó la vista. Y un segundo después, Duna abrió los ojos de golpe.
—¡Oh, mierda!
Se levantó rápido de la silla.
—¡Las galletas!
David soltó una carcajada inmediata.
—Sabía que habías dejado algo en el horno.
—¡David!
Duna prácticamente salió hacia la cocina mientras todos empezaban a reírse.
Desde el pasillo se escuchó la voz de Shane:
—¡Mamá!
—¡Ya voy! —respondió ella.
Hayden se levantó casi al mismo tiempo.
—Yo te ayudo.
Duna abrió una gaveta buscando los guantes rápidamente.
—No, no, no, estoy bien, no te preocupes—
—¿Segura? —preguntó Hayden acercándose—. Te puedo ayudar sin problema.
Ella finalmente encontró los guantes.
—Ya los encontré.
Hayden soltó una pequeña risa.
—Vivir con tantos niños realmente da experiencia en estas cosas.
Eso hizo que David levantara la copa.
—Ahí tienes un hombre entrenado para sobrevivir.
—Exactamente —respondió Hayden mientras abría el horno.
Duna hizo una mueca al ver la bandeja.
—Bueno… definitivamente pudieron quedar peor.
—Eso dices porque las hiciste tú —murmuró David desde la mesa.
—¡Todavía te puedo escuchar!
Ilya bajó apenas la mirada, sonriendo por la nariz mientras observaba toda la escena. Y por unos segundos… todo volvió a sentirse absurdamente normal.
Cuando de repente, Hayden giró ligeramente la mirada hacia Ilya.
—¿Y tú? ¿Cómo vas con el entrenamiento?
Ilya levantó la vista, tranquilo.
—Bien.
—¿Solo “bien”? —insistió Hayden—. Siempre he tenido curiosidad… ¿qué es lo que te hace ser casi el mejor jugador de hockey?
Ilya lo miró.
Y luego soltó una risa corta.
—¿Casi?
David levantó la vista, anticipando algo.
—Soy el mejor —dijo Ilya, sin dudar.
Shane soltó una risa por la nariz.
—Claro.
Hayden sonrió.
—No sé… yo diría que eres el segundo mejor.
Ilya levantó una ceja.
—Ah, ¿sí?
Hayden señaló con la cabeza hacia Shane.
—Después de Hollander.
Shane levantó la mirada, sorprendido.
—Hey—
Pero ya estaban riéndose.
Ilya negó con la cabeza, divertido.
—Eso no es verdad.
—Podemos discutirlo cuando quieras —respondió Hayden.
—Cuando quieras —replicó Ilya.
Duna levantó la copa.
—Bueno, bueno… esto ya es demasiado.
Todos la miraron.
—No quiero que la Tercera Guerra Mundial empiece en este lugar.
David soltó una carcajada.
—Muy tarde para eso.
Las conversaciones seguían fluyendo alrededor de la mesa cuando Ilya se levantó discretamente.
Shane apenas levantó la vista.
—¿A dónde vas?
—Ya vuelvo.
Fue hacia la cocina intentando verse normal. Abrió la refrigeradora y sacó el pastel con cuidado. Hasta ahí todo bien. El problema empezó después.
Abrió una gaveta.
Nada.
La siguiente.
Nada otra vez.
—¿Dónde mierda…?
Abrió otra más.
Cubiertos.
Otra.
Servilletas.
—No puede ser…
Desde la mesa, David lo observaba claramente divertido.
Duna intentó seguir la conversación con Shane para distraerlo.
—¿Y entonces qué pasó con el entrenamiento esta mañana?
Shane empezó a responder mientras Ilya seguía buscando.
—Duna… ¿dónde están las velas? —murmuró él por lo bajo.
Ella abrió un poco más los ojos.
No podía responderle directamente.
Shane estaba mirando hacia la mesa otra vez.
Así que Duna hizo un gesto rápido con la cabeza.
Ilya la miró.
No entendió nada.
Ella volvió a señalar discretamente hacia una gaveta más abajo.
Ilya abrió otra equivocada.
—¿Qué estás buscando? —preguntó Shane desde la mesa.
—Nada.
Demasiado rápido.
David tuvo que ocultar la risa detrás de la copa. Duna volvió a hacer el gesto. Más exagerado esta vez. Ilya finalmente siguió la dirección correcta. Abrió la gaveta. Velas.
—Ah… —murmuró apenas.
David soltó una pequeña risa por la nariz.
—Toda una operación secreta.
Ilya ignoró el comentario y empezó a buscar el encendedor.
Otra vez.
Nada.
Otra gaveta.
Nada.
—Oh, por Dios… —murmuró ahora en ruso.
Eso hizo que David ya no pudiera contener la risa.
Duna terminó señalando directamente hacia arriba del microondas.
Y ahí estaba.
El encendedor.
Ilya lo agarró casi ofendido consigo mismo.
—Finalmente.
Shane entrecerró ligeramente los ojos.
—Ok… ustedes definitivamente están haciendo algo raro.
—Nadie está haciendo nada —respondió David demasiado rápido.
Eso solo hizo que Shane sospechara más.
Un minuto después, las luces del comedor se apagaron.
Shane levantó la cabeza.
—Oh no…
Ilya apareció con el pastel encendido entre las manos.
Claramente un poco nervioso. Y empezó a cantar primero.
Hayden, David y Duna lo siguieron casi de inmediato.
—🎶 Feliz cumpleaños a ti… 🎶
Shane se cubrió la cara con una mano.
—Oh Dios mío…
Eso solo hizo que siguieran cantando más fuerte.
—Con ustedes no puedo… qué vergüenza.
Duna estaba riéndose mientras seguían cantando desafinados.
Cuando terminaron, el pastel quedó frente a él.
David levantó una ceja.
—Pide un deseo.
Shane rodó los ojos, pero igual cerró los ojos un segundo. Después sopló las velas. Las pequeñas llamas desaparecieron entre aplausos improvisados y risas suaves. E Ilya fue por platos pequeños a la cocina mientras Shane empezaba a cortar el pastel.
—No hagas pedazos enormes —dijo Duna.
—No prometo nada.
David tomó el primer plato apenas Shane lo sirvió.
Probó un pedazo.
—Oh, wow… esto está buenísimo.
—Está demasiado dulce —dijo Hayden casi al mismo tiempo.
Duna lo miró ofendida.
—¿Demasiado dulce?
Ilya probó un poco.
—No. Está bien.
David señaló a Hayden con el tenedor.
—Exacto. Está en su punto. No sabes apreciar las cosas buenas.
Eso hizo que todos volvieran a reírse otra vez. Y por unos minutos más… el apartamento volvió a sentirse cálido. Lleno. Como si nada extraño estuviera ocurriendo ahí.
Después de un rato, Hayden dejó la copa sobre la mesa y miró el reloj.
—Bueno… —dijo, poniéndose de pie—. Me tengo que ir.
Duna se levantó también.
—¿Ya?
—Sí —respondió él—. No puedo dejar a Jackie sola tanto tiempo con los niños.
David levantó la cabeza.
—Claro, se entiende.
Se acercó y le dio una palmada en el hombro.
—Gracias por venir, Hayden.
De verdad.
—No, gracias a ustedes.
Duna lo abrazó con calidez.
—Siempre eres bienvenido.
—Igual —respondió él.
Luego miró a Ilya.
—¿Necesitas que te lleve o te deje en algún lugar?
Ilya dudó apenas un segundo.
—No, tranquilo —dijo—. Estoy esperando a un amigo que viene por mí.
—Bueno —dijo Hayden, sin insistir.
—Perfecto.
Pausa breve.
—Entonces nos vemos.
—Sí.
Nada más. Sin tensión. Sin preguntas. Sin miradas. Se despidieron. La puerta se cerró. Los pasos de Hayden se alejaron. Y el apartamento quedó en silencio.
Duna empezó a recoger algunas cosas.
—Bueno, estuvo lindo —dijo.
David tomó su chaqueta.
—Sí, no estuvo mal para alguien que nunca celebra nada.
Shane movió los ojos de un lado a otro.
—Ya, ya.
Duna se acercó a él y le acomodó la camiseta con ese gesto automático de madre.
—Feliz cumpleaños, hijo.
Le dio un beso en la mejilla. David hizo lo mismo, rápido.
—Cuídate. Mañana tenemos que madrugar.
—Sí.
Un último cruce de miradas. Y se fueron.
La puerta se cerró otra vez.
Shane giró el seguro.
Se quedó ahí un segundo, apoyado.
Soltó el aire.
—Finalmente…
Ilya estaba en el sofá, esperándolo.
Tranquilo.
Como si todo lo demás hubiera sido solo ruido.
—Bueno —dijo él—. Ahora nos toca el postre.
Shane lo miró, cansado, pero con una sonrisa que ya no estaba escondiendo.
—Cállate… nunca puedes ser serio, ¿verdad?
—No cuando no hace falta.
Shane negó con la cabeza y caminó hacia él.
Se dejó caer sobre el sofá, prácticamente encima.
—Shane… —murmuró—. Te extrañé tanto.
Exhaló.
—Mierda… demasiado.
Le besó una mejilla.
Luego la otra.
Y después la boca.
Sin prisa.
Sin esconder nada.
Ilya lo miró con calma.
—Shane… ¿qué me has hecho?
Shane juntó las cejas, confundido.
—¿A qué te refieres?
Ilya sostuvo su mirada.
—No dejo de pensarte ni un minuto.
Shane desvió la mirada un segundo, con una sonrisa contenida.
—Yo no te pienso tanto.
Él soltó una risa baja.
—Apostaría cualquier cosa que tengo… si supiera que estás diciendo la verdad.
Shane no respondió.
Solo lo miró.
Y luego lo besó otra vez.
Esta vez, más lento. Se quedaron cerca. Sin hablar mucho. Sin necesidad. Hasta que Shane lo miró de nuevo.
—No pensé que fueras capaz de prepararme una sorpresa así…
Ilya se encogió ligeramente de hombros.
—¿Por qué no?
Insinuó.
—Agarré un vuelo, me preparé, hablé con tu mamá… y ya.
Lo dijo simple. Como si no fuera nada.
—Tampoco es la gran cosa. Además, en dos días será la gala y acordamos ir juntos. Así que solo adelante mi viaje.
Shane lo miró fijo. Hizo una pausa y respiró.
—Nunca me habían preparado algo así. Fue una sorpresa completa. Mis padres no cuentan. Todo esto me hace pensar más en nosotros, en nuestro futuro, sobre todo.
Volvió a mirarlo. Pero él no dijo nada.
Shane soltó una pequeña risa nerviosa.
—Me estás volviendo un poco loco…
Respiró profundo.
Más suave:
—Un poco por ti.
Se levantó.
Se quitó la camiseta.
La dejó caer donde cayó, sin doblarla, sin pensarlo.
El pantalón siguió el mismo camino: una pieza en la cama, otra en el sofá.
Los calcetines… por cualquier lado.
Ilya lo observó, notando el cambio.
—Estás cambiando.
Shane se giró.
—¿Eso es malo?
Él negó con la cabeza.
—No.
—Solo es diferente.
Se acercaron otra vez.
Sin prisa.
Sin presión.
Esta vez no había nadie más.
No había nada que esconder.
Y, por primera vez desde que entró a su apartamento… Shane no estaba pensando más.