11. A LA VISTA DE TODOS
El vestuario estaba a medio llenar. Algunos jugadores seguían cambiándose, otros ya iban de salida, y el ruido constante —cierres, risas, golpes de sticks contra el suelo— llenaba el espacio sin realmente interrumpir nada. Shane se dejó caer frente a su locker, soltando el casco con un suspiro contenido. Tenía el pulso todavía arriba.
—Buen ritmo hoy.
Levantó la vista. Hayden estaba a un par de lockers de distancia, quitándose las protecciones con calma, como si no hubiera sudado lo mismo que todos los demás.
—Sí… —respondió Shane, encogiéndose de hombros—. Se sintió más rápido.
—Se tenía que sentir —añadió Hayden—. Si seguimos así, llegamos bien al próximo juego.
Shane movió la mirada apenas.
—¿Contra Toronto, no?
—Ajá. —Hayden cerró su locker de un golpe suave—. Y después viajamos. Tres juegos seguidos.
Shane soltó una pequeña exhalación por la nariz.
—Perfecto… justo lo que necesitábamos.
Hubo un pequeño silencio. Cómodo. Natural. De esos que no piden ser llenados. Hasta que—
—Oye.
Shane alzó la mirada otra vez. Hayden lo estaba viendo ahora. Directo.
—¿Qué haces mañana por la noche?
Shane dudó apenas un segundo.
—Nada… creo. ¿Por?
Hayden se encogió de hombros, como si no fuera nada importante.
—Vente a la casa.
Shane lo miró, más por sorpresa que por duda.
—¿Mañana?
—Sí. Algo tranquilo. Los niños van a estar, mi esposa va a cocinar… nada del otro mundo.
Shane asintió lento.
—Sí, suena bien.
Y por un segundo, lo fue.
Hasta que Hayden añadió, sin cambiar el tono:
—Trae a Rozanov.
Shane se quedó quieto. No hizo nada raro. No reaccionó exagerado. Pero su mano, que estaba buscando una camiseta limpia dentro del locker… se detuvo.
—Eh…
Bajó la mirada, como si estuviera pensando la respuesta correcta.
—No sé si él—
—Mira —lo interrumpió Hayden, ahora con una media sonrisa—, podes venir vestido como siempre. Deportivo, cómodo… como un rarito.
Shane soltó una risa corta.
—Eres un imbécil.
—Lo sé —respondió Hayden, encogiéndose de hombros—. Pero en serio. Nada formal. Solo comida, vino… y ya.
—¿Qué le gusta a Rozanov?
Ahí sí. Shane levantó la vista de golpe, como si la pregunta hubiera llegado demasiado rápido.
—¿Qué?
—De comer —aclaró Hayden, tranquilo—. ¿Tiene algo que no le guste o…?
Shane abrió la boca. La cerró.
—No… no sé.
Demasiado rápido. Demasiado seco.
—O sea… no, no sé. Le puedo preguntar.
Hayden lo observó un segundo más de lo necesario.
No incómodo.
Pero sí… atento.
—Pregúntale —dijo al final—. Así no cocinamos algo que odie.
Shane rio.
—Sí… le voy a preguntar.
Un jugador pasó por detrás de ellos, riéndose con otro, ajeno completamente a la conversación. El ruido volvió a llenar el espacio. Pero ahí, entre los dos… algo había cambiado.
—El plato va a estar listo igual —añadió Hayden, volviendo a su tono ligero mientras agarraba su mochila—. Así que más vale que alguien se lo coma.
Shane soltó una pequeña risa, esta vez más baja.
—No me estás dejando opción, ¿verdad?
—Nunca te la di.
Hayden le guiñó un ojo y empezó a alejarse.
Pero antes de desaparecer entre la gente, se detuvo apenas.
—Y Shane…
Shane levantó la mirada.
—Relájate.
Una media sonrisa, casi imperceptible.
—No es tan grave.
Y se fue.
Shane se quedó sentado. Mirando su locker. Sin ver nada en realidad. Sacó el teléfono. Lo giró entre sus dedos una vez. La pantalla seguía apagada. No escribió. Pero ya estaba pensando exactamente qué decir.
El apartamento estaba en silencio. Shane dejó caer las llaves sobre el comedor y se quedó ahí, de pie, sin moverse. El sonido metálico se perdió rápido, como si el lugar no quisiera sostener nada por mucho tiempo. Se pasó la mano por el cabello. Exhaló. No era una gran cosa. Era solo una cena.
…¿no?
Sacó el teléfono.
Entró al chat.
Salió.
Volvió a entrar.
Se quedó viendo el nombre unos segundos antes de presionar videollamada.
Sonó una vez.
Dos.
Tres—
—Ya era hora.
Shane no pudo evitar una media sonrisa.
Ilya apareció en pantalla, apoyado contra la barra de la cocina, camiseta a medio poner, el cabello todavía húmedo. Tranquilo. Como si el mundo no existiera más allá de él.
—Estaba ocupado —respondió Shane.
Ilya alzó una ceja.
—Claro… seguro.
Silencio breve.
—¿Qué haces? —preguntó Shane.
—Decidiendo si voy a cenar algo decente o arruinar mi vida con lo primero que encuentre.
—Siempre tan dramático. Terminaras comiendo un emparedado de atún derretido.
—Soy ruso, mi vida. Es parte del paquete.
Shane soltó una risa baja, negando con la cabeza.
—¿Y tú? —preguntó Ilya—. Te noto… raro.
Ahí estaba. Shane desvió la mirada un segundo.
—No estoy raro.
—Shane…
No era pregunta. Shane soltó aire por la nariz.
—Es que… —empezó, pero se quedó a la mitad.
Ilya no lo presionó. Solo lo miró. Esperando.
—Mañana… —probó otra vez Shane—. ¿Tienes algo?
—No.
Pausa.
—¿Por?
Shane dudó.
—Hayden me invitó a su casa.
Ilya no reaccionó de inmediato.
—¿Y?
Shane tragó saliva.
—Y… me pidió que te llevara.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Ilya inclinó apenas la cabeza.
—¿A su casa… con su familia?
—Sí.
Una sonrisa lenta apareció en Ilya.
No incómoda.
Interesada.
—Wow.
—No hagas eso —dijo Shane, subiendo las cejas.
—¿Qué cosa?
—Esa cara.
—¿Cuál?
—Esa de que te parece divertido.
Ilya dejó escapar una risa baja.
—Un poco sí.
Shane negó, pero no pudo evitar sonreír apenas.
—No tienes que venir —dijo, más bajo esta vez—. En serio.
Ilya lo miró directo.
—Quiero ir.
Simple. Sin vueltas. Y Shane parpadeó.
—¿Sí?
—Sí.
—Pero con una condición.
Shane cerró los ojos un segundo.
—Ya sabía.
Ilya sonrió apenas.
—Si me vas a hacer manejar desde Ottawa hasta Montreal… en esa carretera solitaria y oscura…
Se inclinó un poco más hacia la cámara.
—Creo que merezco una recompensa, ¿no crees?
Shane soltó una risa incrédula.
—Eres un idiota.
—Responde.
—No.
—Entonces no voy.
—Eres insoportable.
—Pero soy tuyo.
Shane lo miró, tratando de no sonreír. Pero falló.
—¿Qué quieres?
La sonrisa de Ilya cambió apenas. Más lenta.
—Que cojamos hasta el amanecer.
Shane negó, riéndose por lo bajo.
—No vas a cambiar nunca.
—No quiero.
—Eres un imbécil.
—Y aún así me llamaste.
Shane rodó los ojos.
—Entonces… ¿sí o no?
Shane lo sostuvo la mirada.
Un segundo más de lo necesario.
—Sí. Sabes que yo soy tuyo.
Suave. Sin defensa. Ilya no respondió de inmediato. Pero esa media sonrisa…
—Bien.
El aire entre los dos cambió. Más ligero. Más cargado.
—Ilya…
—¿Qué?
—Es una cena familiar.
—Lo sé.
—Hay niños.
—Lo sé.
—Hayden.
—También lo sé.
Ilya lo miró, tranquilo.
Seguro.
—Voy a comportarme.
Shane entrecerró los ojos.
—No confío en eso.
—Deberías.
—Soy encantador.
—Eres peligroso.
Ilya sonrió apenas.
—También.
Se quedaron en la llamada unos minutos más. Hablando de nada.
De todo. Como siempre. Pero cuando colgó… Shane se quedó mirando la pantalla apagada. Su reflejo. Quieto. Pensando. No en la condición. No en la noche. Sino en mañana. En la mesa. En las miradas. En lo que podía salir mal. Y en lo que ya no podía esconder para siempre.
El timbre sonó una sola vez. Shane sostuvo la botella de vino con ambas manos, como si necesitara asegurarse de no soltarla. A su lado, Ilya estaba completamente relajado, con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, observando la puerta como si estuviera entrando a cualquier lugar… menos a algo que para Shane ya se sentía demasiado personal.
—Deja de verte así —murmuró Ilya, apenas moviendo los labios.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a huir.
—No voy a huir.
—Todavía.
Shane le lanzó una mirada rápida. La puerta se abrió.
—¡Hey!
Hayden apareció con una sonrisa amplia, relajada, dándole paso de inmediato.
—Pasen, pasen.
Shane entró primero.
—Trajimos esto —dijo, levantando la botella.
—No tenían que traer nada.
—Lo sé.
Ilya extendió la mano.
—Pero queríamos.
Hayden la estrechó con firmeza.
—Bien hecho.
La sala estaba cálida, iluminada con luz suave. Había juguetes en una esquina, una manta doblada sobre el sofá, y ese tipo de desorden organizado que solo existe en casas donde la gente realmente vive.
—Pónganse cómodos —dijo la esposa de Hayden desde la cocina, asomándose con una sonrisa amable.
Shane se quitó la chaqueta. Llevaba una camiseta clara, sencilla, bien ajustada, jeans oscuros. Nada especial… pero todo en su lugar.
Ilya, en cambio, parecía haber pensado menos en eso… y aun así destacaba más. Camisa negra, ligeramente abierta en el cuello, mangas dobladas hasta los antebrazos. Limpio. Simple. Demasiado seguro.
—Bonita casa —dijo Ilya, mirando alrededor.
—Gracias —respondió Hayden—. Caótica, pero funcional.
—Se siente real —añadió Ilya.
Shane lo miró de reojo. Esa palabra… no ayudaba en nada.
Uno de los niños pasó corriendo frente a ellos, riéndose, con otro siguiéndolo de cerca. Ilya los observó un segundo. Con curiosidad.
—No muerden —dijo Hayden.
—Espero que no —respondió Ilya.
—Solo cuando tienen hambre.
—Entonces estamos en peligro —añadió Ilya.
Shane dejó escapar aire por la nariz.
—Compórtate.
—Lo estoy haciendo, aburrido.
Shane lo miró rápido. Hayden lo notó. No dijo nada.
—¿Algo de tomar? —preguntó Hayden, señalando hacia la cocina.
—Sí, gracias —respondió Shane rápido.
—Lo mismo para mí —añadió Ilya—. Siempre lo mismo que él.
Shane cerró los ojos un segundo.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—Eso.
Ilya sonrió apenas.
Se quedaron unos minutos en la sala. Conversación ligera. Fragmentada. Nada profundo… pero todo observado.
—¿Cómo te has sentido en Ottawa? —preguntó Hayden, apoyado contra el respaldo del sofá, mirando directamente a Ilya.
Ilya se encogió de hombros.
—Bien.
—¿Sí?
—Es diferente.
—Claro.
—¿Extrañas Montreal?
Shane levantó la vista apenas. Ilya no respondió de inmediato.
—A veces.
Simple.
—Pero el cambio era necesario.
Hayden asintió.
—Eso dicen.
Silencio breve. No incómodo. Pero… atento.
—Vamos a la mesa —intervino la esposa de Hayden desde la cocina.
—Perfecto —respondió Shane de inmediato.
Demasiado rápido.
El comedor estaba listo. Platos servidos, vasos alineados, el vino ya abierto. Shane se sentó primero. Ilya a su lado. Demasiado cerca otra vez.
La conversación empezó tranquila. Comida. Detalles simples. Nada que incomodara… todavía.
—He escuchado bastante de su equipo este año —dijo Hayden, cortando con calma—. Especialmente de uno de los nuevos.
Shane bajó la mirada al plato. No. No ahora.
—¿Sí? —respondió Ilya.
—João Costa.
Ahí. Directo. Shane giró el rostro apenas. Como que presentía que tocarían ese tema.
—Es bueno —dijo rápido, antes de que Ilya respondiera—. Muy bueno.
—Eso dicen —añadió Hayden.
Ilya apoyó el tenedor sobre el plato.
—Lo es.
—Tiene presencia.
—Confianza —añadió Hayden.
—Demasiada —corrigió Ilya.
—Para alguien tan nuevo.
El teléfono de Ilya vibró sobre la mesa. Esta vez más claro. Pantalla iluminada. Shane lo vio. No completo. Pero suficiente. Casualmente era João. Desvió la mirada de inmediato. Pero ya era tarde.
—¿De quién estamos hablando exactamente? —preguntó Ilya, como si nada.
Shane levantó la vista. Confundido. Hayden respondió primero.
—De João. ¿Son cercanos?
Silencio pequeño pero pesado.
Ilya negó levemente.
—No.
Pausa.
—Pero insiste.
Shane apretó la mandíbula.
—¿Insiste en qué?
Demasiado directo.
Demasiado rápido.
Ilya giró la cabeza hacia él.
Tranquilo.
—En hablar.
Silencio.
—En acercarse.
Shane dejó el tenedor sobre el plato.
—Es un novato.
—Lo sé.
—Está aprendiendo.
—También lo sé.
Pausa.
—No es complicado.
—No parece.
Otro silencio incómodo.
La tensión ahora sí… era visible.
—Bueno —intervino Hayden, midiendo el ambiente—. Supongo que eso pasa cuando alguien destaca.
Ilya se encogió de hombros.
—Tal vez.
—O cuando alguien busca algo más.
Shane levantó la mirada directo a Hayden. Pero Hayden no lo estaba mirando a él, estaba mirando a Ilya.
Ilya sostuvo la mirada. Sin incomodidad. Sin apuro.
—Tal vez.
Shane tomó su vaso. Bebió. Más de lo necesario.
Los niños seguían jugando en la sala. Las risas seguían. La casa seguía igual. Pero en la mesa… ya no. Y por primera vez en toda la noche, Shane no estaba escuchando la conversación. Estaba viendo cada gesto. Cada pausa. Cada palabra de Ilya… como si estuviera intentando entender algo que no le estaba gustando.
Al terminar de comer.
—¿Me ayudas con esto? —preguntó Jackie, empezando a levantar algunos platos.
Shane reaccionó casi de inmediato.
—Sí, claro.
Se levantó antes de que pudiera pensarlo demasiado.
—No, no te preocupes —añadió ella con una sonrisa ligera—. Ustedes son los invitados.
—No es ninguna molestia —respondió él rápido.
Demasiado rápido. Jackie alcanzó a decir algo más, pero ya era tarde. Shane ya estaba en la cocina. Ya tenía el grifo abierto. Ya estaba lavando. Ella soltó una pequeña risa por lo bajo mientras lo seguía.
—Bueno… entonces yo seco.
—Perfecto.
El sonido del agua llenó el espacio. Platos, cubiertos, el leve roce de la toalla. Afuera, las voces seguían, los niños corriendo, una risa que se colaba hasta la cocina. Todo normal. Todo… demasiado normal.
—Te queda bien esto —dijo ella de pronto.
Shane levantó una ceja, sin dejar de lavar.
—¿Lavar platos?
—No —respondió ella, secando con calma—. Verte así.
Pausa.
—Presente.
Shane no respondió. Siguió con el siguiente plato.
—No tienes nada de qué avergonzarte, Shane.
El agua siguió corriendo. Pero algo en él… se detuvo.
—No sé de qué hablas —murmuró.
Ella sonrió apenas. No insistió.
—Claro que sabes.
Silencio.
El tipo de silencio que no incomoda… pero tampoco deja escapar.
—Estamos aquí para ti —continuó ella, con cuidado—. Cuando tú decidas.
Shane cerró la llave. Apoyó las manos en la barra de la cocina. Mirando hacia abajo.
—Estoy nervioso —admitió al fin.
Bajo. Honesto.
—Más de lo que pensé.
Ella no dijo nada. Lo dejó hablar.
—Siento que… —exhaló— ya no depende de nosotros.
Exhaló.
—Yo no le dije nada a Hayden.
Negó con la cabeza.
—Nada.
—Lo sé —respondió ella con suavidad.
Shane soltó una pequeña risa sin humor.
—Eso es lo peor.
Se detuvo.
—Que igual lo sabe.
Titubeaba al hablar.
—Y si él lo vio… —continuó, más bajo— ¿qué queda para el resto?
Tragó saliva.
—Me da miedo.
La palabra salió sola. Sin filtro.
Ella dejó el plato a un lado. Se apoyó ligeramente contra la encimera.
—Shane…
Esperó a que la mirara.
—Tú te mereces ser feliz.
Simple. Sin adornos.
—No dejes que nadie te lo complique.
Sin pelos en la lengua.
—Ni siquiera esto.
Un pequeño gesto hacia el aire. Como si el hockey estuviera ahí, invisible.
—Pero tan presente como siempre.
Shane bajó la mirada. No porque estuviera convencido… sino porque quería estarlo.
Un golpe suave interrumpió el momento.
—¡Mamá!
Uno de los niños apareció corriendo desde la sala, con pasos torpes, arrastrando algo que no terminaba de entenderse. El otro venía detrás, riéndose, empujándolo por la espalda.
—Hey, hey… despacio —dijo ella, girándose apenas.
La más pequeña se acercó a Shane sin dudarlo, como si no existiera esa barrera invisible entre adultos y niños. Se apoyó en su brazo húmedo, mirando curioso lo que hacía.
—¿Qué haces?
Shane dudó un segundo… y luego, sin pensarlo demasiado, respondió:
—Estoy lavando.
—¿Por qué?
Shane soltó una pequeña risa por la nariz.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
La niña lo miró como si estuviera evaluando esa respuesta… y luego asintió, convencido.
—Yo no lo haría.
Ella soltó una risa suave.
—Ya lo sabemos.
Se acercó, le acomodó el cabello con cariño y lo tomó con cuidado por los hombros.
—Anda, déjalo trabajar.
La niña se resistió un segundo, mirando a Shane como si acabara de encontrar algo interesante, y luego salió corriendo otra vez, arrastrando al otro con él. El sonido de sus pasos se perdió en la sala. El silencio regresó. Más ligero. Más humano.
Ella tomó otro plato, como si nada hubiera pasado.
—Donde estábamos…
Lo vio directo a los ojos.
Un pequeño gesto hacia el aire. Como si no hiciera falta nombrarlo. Como si el hockey, la presión, todo eso… estuviera ahí de todos modos. Pero invisible. Y tan presente como siempre.
—Y cuando estés listo —añadió ella, más suave—… no vas a estar solo.
Le puso su mano en su hombro.
—Nunca lo has estado.
Shane tomó el siguiente plato. Pero esta vez… sí necesitó un segundo antes de empezar.
Mientras tanto afuera.
—¿Te molesta si fumo?
Ilya sostuvo el cigarro entre los dedos, sin encenderlo aún.
Hayden negó con la cabeza.
—Adelante.
Ilya lo encendió.
La brasa brilló un segundo en la oscuridad. El aire estaba frío. Había una silla de madera a un lado, un pequeño jardín descuidado, hojas moviéndose apenas con el viento. Se quedaron de pie. Sin prisa.
—Dime cuál es el plan.
La voz de Hayden rompió el silencio. Ilya soltó el humo despacio.
—¿Plan?
—Sí.
Mirándolo fijamente.
—¿Estamos hablando de hockey… o de otra cosa?
Hayden dejó escapar una pequeña sonrisa. Miró hacia un lado. Luego volvió a él.
—Sabes muy bien a qué me refiero.
Ilya no sonrió.
—Sí.
Hubo silencio. El tipo de silencio que no presiona… pero tampoco suelta.
La brasa del cigarro iluminó apenas la oscuridad antes de desvanecerse. El aire nocturno era frío, pero no incómodo… de ese frío que obliga a estar presente, a sentir cada respiración un poco más profunda. El patio se extendía discreto, sin pretensiones. Un par de sillas de madera descansaban a un lado, ligeramente desgastadas por el tiempo. Más allá, el jardín crecía sin orden, hojas moviéndose suavemente con la brisa, rozándose entre sí con un susurro casi imperceptible. Desde dentro de la casa, la luz cálida se escapaba por las ventanas, acompañada de risas lejanas y el murmullo de una vida que seguía su curso. Afuera, en cambio… todo se sentía más lento. Más claro. Como si ese pequeño espacio, entre la casa y la noche, fuera el único lugar donde las cosas podían decirse sin ruido. Se quedaron ahí. Sin prisa. Sin necesidad de llenar el silencio.
Ilya bajó la mirada al cigarro un segundo.
—No lo tenemos del todo claro.
Pausa leve.
—Ni él ni yo.
Levantó la vista.
—Pero estamos intentando hacerlo bien.
—¿Cómo?
Ilya exhaló.
—Por eso la fundación.
Se detuvo.
—Por eso me mudé.
Otra pausa.
—Para estar más cerca.
Hayden soltó una risa corta.
Negó con la cabeza.
—Lo sabía.
Ilya lo miró.
—¿Sí?
—Claro.
Seguía sorprendido.
—Siempre fuiste tú.
Se cruzó de brazos.
—El que Hollander iba a ver cada vez que jugábamos allá en Boston.
Ilya no respondió. Solo dejó escapar una risa baja. Incómoda.
—Pregúntale a él.
Hayden negó otra vez. Pero ahora sonreía. No con burla. Con certeza.
—No hace falta. Se emocionaba tanto cada vez que jugábamos allá. Podía ver brillar sus ojos.
El viento movió ligeramente las hojas. El silencio volvió. Pero ya no era el mismo.
—Rozanov, te voy a pedir algo.
Más serio ahora.
Ilya levantó la vista.
—Ese rarito…
Una pequeña sonrisa.
—Es como mi hermano.
Pausa leve.
—Es familia.
El tono cambió.
—Así que te pido una sola cosa.
Silencio.
—No le rompas el corazón.
Los segundos pasaron. Lentos. Ilya sostuvo la mirada. Sin moverse. Sin esquivar.
—No lo haría.
Otra pausa. Pero esta vez más suave. Más honesto.
—Lo amo.
El viento pasó otra vez.
—Más de lo que él cree.
Hayden no respondió de inmediato.
Solo lo miró.
No como alguien que dudaba de él, sino como alguien que había visto suficiente en la vida para no confiar del todo en las palabras, incluso cuando sonaban sinceras.
—Entonces asegúrate de que eso sea suficiente —dijo al fin.
Ilya sostuvo el cigarro entre los dedos, sin llevarlo a la boca.
—¿Suficiente para qué?
Hayden dejó escapar una risa baja, casi sin humor.
—Para cuando no alcance con amarlo.
El viento movió las hojas detrás de ellos.
Ilya no contestó.
Hayden tampoco explicó más.
Solo miró hacia la ventana iluminada de la cocina, donde Shane seguía adentro, medio inclinado sobre el fregadero, ajeno a esa frase que acababa de quedarse suspendida entre los dos.
—Porque él no necesita solo que lo quieran, Rozanov —añadió Hayden, más bajo—. Necesita que alguien se quede cuando todo se ponga difícil.
Ilya bajó la mirada al cigarro.
La brasa seguía encendida.
Pero de pronto, el frío se sintió distinto.
La puerta se abrió. La luz cálida volvió a envolverlos. Las voces. La vida. Todo en su lugar. Pero algo… ya no era igual.