12. NADIE LO VIO VENIR
El grupo familiar nunca tenía descanso. Ilya se sentía muy contento de sentirse en familia. Sentía que de cierto modo ya tenía padres, un papa y una mama, con quienes siempre se reía, con quien sentía que disfrutaba, con quien lo hacían sentirse precisamente como en FAMILIA.
Shane:
Mamá, papá…
¿qué opinan de esto?
Yuna:
¿De qué?
David:
¿Qué pasó?
Shane:
Scott Hunter se va a casar.
Yuna:
¿En serio?
David:
Felicidades para él.
Shane:
Nos mandó invitación.
Yuna:
¡Qué bonito!
Shane:
A Ilya y a mí.
Yuna:
Bueno… tiene sentido.
Shane:
No tanto.
David:
¿Por qué?
Shane:
No invitó a casi nadie más.
Ilya:
Shane… ya te dije.
El dinosaurio ya sabe lo de nosotros.
Shane:
Ni hablar. No digas estupideces.
Ilya:
Sí.
Shane:
No.
Ilya:
Recuerda la gala.
Ilya:
Cómo nos habló.
Cómo nos miró.
Shane:
…
Ilya:
Él sabe.
Yuna:
¿Dónde es la boda?
Shane:
Punta Cana.
David:
¿Dónde queda eso?
Ilya:
Caribe.
Shane:
Sí.
Ilya:
Nos mandaron la invitación con tiempo.
David:
Tiene sentido.
Yuna:
Va a ser bonito. Disfruten mis amores.
Shane:
Sí…
Pausa.
Yuna:
Encontré esto en un álbum viejo.
La foto apareció. Shane, pequeño. Demasiado pequeño. Sin ropa. A como Dios lo trajo al mundo. Sin preocupación. Sonriendo como si nada.
Ilya:
Wow.
Esto explica muchas cosas.
Shane:
No.
Ilya, ni lo intentes.
Yuna:
ILYA.
David:
No se comenta.
Ilya:
No he dicho nada.
Shane:
Pero vas a decirlo.
Ilya:
Estoy considerando mis opciones.
Shane:
No consideres nada.
Ilya:
Entonces me mantengo en silencio.
Ilya:
Por ahora.
Shane:
Te odio.
Ilya:
No es nuevo.
Ilya:
De hecho…
yo también tengo una parecida.
Shane:
…
Ilya:
De Rusia. Cuando era bebe.
Ilya:
Cuando llegue a casa, le tomo foto y la mando.
Shane:
Ilya, ni se te ocurra hacer esa mierda.
Ilya:
¿Por qué no?
Shane:
Porque mis padres no te van a ver desnudo. Absolutamente no.
Ilya:
¿Qué tiene?
Somos familia, ¿no?
Shane:
NO.
Ni remotamente.
Ilya:
Shane, siempre hago lo que tú dices.
Pero esta vez me rehúso.
Ilya:
Además estaba pequeño.
No tiene nada de malo.
Shane:
Escúchame bien.
Si haces una estupidez así, te bloqueo de este grupo permanentemente y les prohíbo a mis padres que te vuelvan a agregar en esta vida.
Shane:
Así que tú decides.
Ilya:
¿Por qué me maltratas tanto?
Ilya:
Yo solo quiero mostrar mi niñez también.
Cosas de las que no me avergüenzo.
Shane:
Ay Dios mío.
Deja de hablar antes de que te saque ya mismo.
Yuna:
La verdad… esto está muy divertido 😂
David:
Estoy de acuerdo.
Ilya, tienes nuestra autorización.
Shane:
Por favor dejen de darle ideas.
Este loco sí es capaz de hacerlo.
Ilya:
¿Ves?
Tus padres ya me quieren más a mí.
Shane:
Odio este grupo.
Al día siguiente: Otra notificación del grupo. Familia.
Shane abrió el chat sin pensarlo. La foto seguía ahí. Él, demasiado pequeño. Demasiado expuesto. Completamente desnudo. Apretó la mandíbula.
—Mierda… —murmuró entre dientes.
Sintió vergüenza. Irritación. Y, contra toda lógica… una risa que se le quería escapar. Ilya no había ayudado en nada. Volvió a leer los mensajes. Y se sintió peor.
Seguían pasando los días, los partidos y los entrenamientos nunca paraban. Todos se seguían esforzando. Rozanov y Costa se empezaban a entender mejor en el hielo. Finalmente entendieron que eran parte del mismo equipo. Tenían que jugar juntos para derrotar a sus rivales.
Una mañana de tantas, el lobby ya estaba medio despierto. Café en vasos de cartón, mochilas tiradas sobre los sillones y un par de jugadores discutiendo algo que nadie más estaba escuchando.
—¿Quién pidió esto tan temprano? —murmuró Mark Jensen, estirándose como si le doliera existir.
—Tú dijiste que sí —respondió Ethan Kovac, con una sonrisa de lado—. Hay pruebas.
—Eso fue ayer. Yo no era yo.
—Nunca eres tú, según tú.
Un par se rieron.
Otro pasó con un café en la mano, medio dormido.
—Ey, ¿alguien vio mi gorra? —preguntó Liam, mirando alrededor.
—Está en tu cabeza.
—Ah.
Más risas. Ilya bajó las escaleras sin prisa. Ya cambiado, ya listo. Sin esfuerzo aparente. No saludó a nadie en específico, pero asintió un par de veces. Suficiente. Afuera, el bus del equipo estaba estacionado. Bastante grande. Muy cómodo. Nada especial… pero funcional.
—Vamos, vamos —dijo alguien desde la puerta—. Si no suben ahora, me voy yo solo.
—Haznos el favor.
Subieron en grupo. Sin orden. Como siempre. Algunos se fueron al fondo. Otros tomaron los primeros asientos. Uno se sentó donde pudo y no se movió más. Ilya eligió una ventana, a la mitad del bus. Dejó el café en el portavaso y miró hacia afuera.
La ciudad todavía estaba en ese punto entre calma y movimiento.
—Oigan —dijo uno desde atrás—. ¿Hoy sí hay comida o solo fotos?
—Si no hay comida, yo me bajo —respondió otro—. No vine a posar.
—Tú naciste para posar.
—Y tú para hablar de más.
El motor arrancó. Un par seguían medio dormidos. Otros ya estaban en el celular. Alguien puso música baja desde el fondo. El coach subió al final. Se quedó de pie unos segundos, agarrándose del respaldo de un asiento.
—Bueno —dijo, sin levantar demasiado la voz—. No voy a hacer esto largo.
Algunos dejaron de hablar. Otros no tanto.
—Esto de hoy… es simple. Un rato fuera del hielo.
Miró alrededor.
—Se lo ganaron.
Silencio breve.
—A mitad de temporada, el cuerpo lo siente. La cabeza también.
Se encogió un poco de hombros.
—Así que aprovechen. Coman bien. Descansen lo que puedan. Y no hagan estupideces.
—Demasiado tarde para eso —murmuró alguien.
El coach sonrió apenas.
—Sí, ya me di cuenta.
Un par de risas.
—Disfruten el día —añadió—. Mañana volvemos a lo de siempre.
Se sentó. Y eso fue todo. El bus siguió su camino. Ilya no había dicho mucho. No hacía falta.
Miraba por la ventana, café en mano, escuchando sin escuchar. El ruido del equipo. Las bromas. La música baja. Todo… normal. Y por alguna razón, esa normalidad le pareció suficiente. Por ahora.
El rooftop no buscaba impresionar… pero aun así lo hacía...
Era de esos lugares que parecían hechos para jugadores jóvenes:
sillas moderas, mesas cortas, plantas verdes colgando de estructuras metálicas, y una vista abierta de la ciudad que se extendía hasta el horizonte. Nada de decoración exagerada, nada de música invasiva. Solo un DJ suave al fondo, algo entre house relajado y beats de domingo.
Brunch tardío. Café, jugos, algunas mimosas. Risas fáciles. Conversaciones sin peso. Aprovecharon la inesperada ola de calor, vistiendo ropa más ligera de lo que normalmente usarían en esa época del año.
El equipo de Ottawa ocupaba casi toda una esquina.
—Te lo juro, si ese disparo entra, yo ya estaba listo para retirarme —dijo Mark Jensen, riéndose mientras cortaba su omelette.
—Retirarte… si apenas sabes patinar hacia atrás —le respondió Ethan Kovac, empujándolo con el hombro.
—Cállate, rookie —intervino Liam Carter, levantando su vaso—. Aquí el único que puede hablar de retirarse soy yo.
—¿Tú? —soltó alguien desde el otro lado—. Si te quitan el hielo, no sabes qué hacer con tu vida.
Las risas explotaron.
Costa estaba ahí, relajado, apoyado contra el respaldo de su silla, con la camisa ligeramente abierta en el cuello, gafas oscuras que apenas ocultaban la atención que sí estaba prestando. No dominaba la conversación. No lo necesitaba. Ilya, en cambio, estaba más callado. Observando. Siempre observando. No era su ambiente. Pero entendía dinámicas… y entendía jerarquías. Y João, sin hacer ruido, ya tenía una.
—Oye —dijo de repente Ryan Becker, inclinándose hacia adelante—. Espera… espera, espera.
Señaló a João con el tenedor.
—¿Eres tú?
João alzó apenas una ceja.
—Depende. ¿A qué te refieres?
—El del video —insistió Ryan—. El maldito video ese… el del concurso. No jodas, dime que sí eres tú.
Hubo un pequeño silencio. Algunos se miraron entre ellos.
João soltó una risa corta, casi resignada.
—Sí. Soy yo.
—¡Sabía! —Ryan golpeó la mesa—. ¡Lo sabía!
—¿Qué video? —preguntó alguien más.
—No me jodan que no lo han visto —dijo Ryan, sacando el teléfono—. Este tipo… —señaló a João— se metió a un show de concurso de baile hace algunos años y… —negó con la cabeza—. No, no. Tienen que verlo.
João negó suavemente, como si ya supiera lo que venía.
—Era un concurso ridículo —dijo—. No tenía nada mejor que hacer.
—¿Y ganaste? —preguntó Liam.
João se encogió de hombros.
—Sí.
—Claro que ganaste —murmuró Ethan—. Míralo.
Las risas volvieron, pero esta vez con otro tono. Más curiosidad. Más atención. Ilya no dijo nada. Pero levantó la mirada. Y la dejó ahí. Fija.
—Pero a ver —insistió Ryan—. ¿De verdad bailas así o fue pura suerte?
João inclinó la cabeza, divertido.
—No es suerte.
—Entonces, ¿qué?
João tomó un sorbo de su mimosa antes de responder.
—Genética.
Hizo una pausa leve.
—Brasil es Brasil.
Un brasileño que no baila… no es brasileño.
Alguien silbó.
—Ok, eso sonó demasiado bien —dijo Mark—. Pero no te creo.
—Yo sí —murmuró Liam—. Este tipo no habla por hablar.
—Pues yo quiero pruebas —dijo Ryan, levantando la mano—. ¡Ey!
Llamó al mesero con un gesto rápido.
—Pon algo brasileño. Pero algo bueno. Nada de mierda suave.
El mesero bajó la cabeza, confundido pero entretenido.
—¿Alguna canción en específico?
Ryan miró a João.
—Tú decides, estrella.
João soltó aire por la nariz.
Negó con la cabeza.
—Van a arrepentirse.
—No creo —respondió Ethan—. De hecho, creo que nos vas a alegrar el día.
El DJ no tardó. Un cambio de ritmo. Subió el volumen. Más grave. Más sucio. Más corporal. El bajo entró primero… y luego el beat.
“Rebola Bola — MC René.”
Y el ambiente cambió de inmediato. No era música para escuchar. Era música para sentir en el cuerpo.
—Oh, mierda… —murmuró alguien.
João no reaccionó de inmediato.
Se quedó un segundo quieto… como si estuviera reconociendo el ritmo.
Y entonces, dio un paso al frente.
No empezó con los brazos.
Ni con giros.
Empezó desde abajo.
Sus pies.
Firmes.
El izquierdo bien plantado contra el suelo…
y el derecho apenas deslizándose, marcando el tempo.
Luego vino el movimiento.
Lento al principio.
La cadera.
Un balanceo controlado, preciso… que seguía el bajo como si fuera parte de él.
No exagerado.
No forzado.
Natural.
Demasiado natural.
—No jodas… —susurró Ethan, casi sin aire.
João flexionó ligeramente las rodillas… bajando el centro de gravedad.
Más cerca del suelo.
Más conectado.
Y entonces lo hizo.
Dejó el pie izquierdo completamente firme… y levantó el talón derecho —solo la parte de atrás—, manteniendo la punta apoyada.
Lo movió de un lado a otro.
Seco.
Rítmico.
Mientras la cadera seguía.
Sin perder el control.
Sin perder el tiempo.
Ilya no parpadeó.
Ni una sola vez.
El movimiento empezó a crecer.
El torso se sumó.
Ondulación leve… que subía desde la cadera hacia el pecho, como una ola contenida.
Imposible de ignorar.
—¡HEY! —gritó Mark, levantándose—. ¡¿DE DÓNDE SALIÓ ESTO?!
Las risas explotaron.
Algunos ya estaban de pie.
Golpeando la mesa al ritmo.
Y João…seguía.
Bajó un poco más.
Casi en cuclillas por un segundo… sin romper la fluidez.
Subió de nuevo.
Giró.
Y en ese giro… sin prisa, sin espectáculo barato.
Se desabrochó un botón de la camisa.
Luego otro.
—¡NO JODAS! —gritó alguien.
—¡DALE, BRASIL! —otro más.
Un par de mujeres en una mesa cercana ya estaban completamente volteadas hacia él.
Aplaudiendo.
Gritando.
Una de ellas se llevó la mano al pecho, riéndose.
—¡¿QUIÉN ES ESE?!
El ruido empezó a expandirse.
Otras mesas giraron.
Gente levantándose.
Teléfonos en alto.
El rooftop entero… se detuvo.
Uno de los deportistas se acercó con billetes.
Riéndose, medio en broma, medio en serio… tratando de metérselos en el pantalón.
João apenas sonrió.
Sin romper el ritmo.
No estaba actuando.
No estaba impresionando.
Estaba… en su elemento.
Ilya apoyó los codos en la mesa.
Las manos entrelazadas frente a su boca.
Mirándolo fijo.
Analizando… pero algo ya no encajaba.
Esto no es normal.
No era solo el talento.
No eran solo los 41 goles.
Era otra cosa.
Algo más primitivo.
Más libre.
Más… peligroso.
La música seguía golpeando.
Y João la dominaba.
Como si el espacio fuera suyo.
Como si todos los demás… solo estuvieran ahí mirando.
Movía su mano derecha como si estuviera señalando de izquierda a derecha.
Un par de personas lograron acercarse lo suficiente.
—Hey, bro— ¿puedo…? —uno de ellos ya tenía el celular en mano.
João apenas se inclinó un segundo, sin dejar de moverse del todo.
Firmó rápido.
Sonrió.
Pero no duró mucho.
Un miembro de seguridad del lugar apareció, discreto pero firme.
—Lo siento, chicos. Evento privado.
No hubo escena.
No hubo conflicto.
Solo… orden.
La canción llegó al final.
Un último golpe de bajo.
João giró una vez más…
y se detuvo.
Un segundo exacto.
Y luego—
Aplausos.
Gritos.
Silbidos.
João regresó a su asiento como si nada.
Tomó su copa.
Bebió.
—¿Contentos? —dijo, tranquilo.
El ruido no bajó. De hecho, subió. Risas. Comentarios.
El nombre de João repitiéndose una y otra vez como si fuera inevitable.
—Cuarenta y uno, hermano… ¡cuarenta y uno!
—Y estamos en febrero, imagínate cómo va a cerrar la temporada…
—No, pero lo del baile… eso no es normal.
—Y lo hace ver fácil, como si nada…
Los aplausos tardaron varios segundos en apagarse. Alguien volvió a silbar. Otro levantó su vaso hacia João. Él solo negó con la cabeza entre risas, recuperó la camisa del respaldo de una silla y se la echó al hombro sin apuro, todavía con la respiración ligeramente acelerada. Era como si nada hubiera pasado. Como si detener un rooftop entero durante tres minutos fuera una cosa más.
Ilya no aplaudió. Tampoco apartó la vista. Lo observó volver a la mesa, responder un comentario, aceptar una palmada en la espalda, sonreír con esa facilidad que parecía no costarle nada. Había algo extraño en esa imagen. Algo que no lograba acomodar. João no ocupaba el espacio. El espacio parecía abrirse para él. Ilya bajó la mirada hacia su copa. La giró apenas entre los dedos. El hielo chocó contra el cristal con un sonido seco. No sabía exactamente por qué acababa de quedarse tan callado. Solo tenía la incómoda sensación de que acababa de presenciar algo... que iba mucho más allá de un baile. Cuando volvió a levantar la vista, João ya estaba riéndose de otra cosa. Natural. Ligero. Como si el mundo nunca le hubiera pedido permiso para ser quien era. Ilya sostuvo la copa un instante más. Después bebió. El vodka ardió. Pero no fue eso lo que le cerró la garganta.
Al momento, Ilya dejó su celular sobre la mesa. No con fuerza. Pero tampoco suave. Simplemente… suficiente. No dijo nada. No miró a nadie. Se levantó.
El aire era distinto. Más frío. Más limpio. Caminó hasta el borde de la terraza, apoyando ambas manos sobre la baranda. La ciudad se extendía frente a él… ordenada, lejana, indiferente. Respiró hondo. Una vez. Otra. No ayudó.
¿Qué carajo está pasando?
No eran celos.
No era enojo.
Era otra cosa.
Algo más incómodo.
Más difícil de nombrar.
Yo amo a Shane.
Eso no estaba en duda.
Nunca lo había estado.
Y sin embargo—
La imagen volvió sola.
El vestidor.
El vapor de la ducha.
El cuerpo de João, de espaldas.
El agua deslizándose por su espalda.
Y él… mirando más de lo necesario.
Apretó la mandíbula.
¿Por qué me quedé viendo?
El abdomen.
La línea de la cintura.
La forma en la que se movía sin darse cuenta.
Y peor—
La reacción.
Su cuerpo reaccionando antes que su cabeza.
Ilya cerró los ojos un segundo. Molesto. Consigo mismo. No tiene sentido. Ese tipo lo tenía todo. Talento. Disciplina. Carisma.
Una familia que lo adoraba. Como si hubiera nacido con un brazalete invisible de todo incluido. Sin esfuerzo. Sin grietas. Y eso… lo irritaba. Más de lo que quería admitir.
—Rozanov.
La voz llegó tranquila. Sin invadir.
—Qué vista tan bonita, ¿verdad?
Ilya no se giró de inmediato.
Reconoció la voz antes de verla.
—Pensé que te quedarías —dijo finalmente, seco—. Escuchando todos los elogios.
João se acercó sin prisa. Dejó el celular y su vaso sobre una mesa alta cercana. Se apoyó ligeramente, mirando hacia la ciudad también.
—No pedí eso —respondió, simple.
Ilya soltó una risa corta, sin humor.
—Pero te gusta.
João negó con la cabeza.
—No especialmente.
Hizo una pausa leve.
—Ese video… ni siquiera sabía que alguien lo iba a encontrar otra vez.
Ilya lo miró de reojo.
—¿No fue famoso?
—El programa sí… en su momento —respondió João—. Pero no como para esto.
Se encogió de hombros.
—Fue hace años. Pensé que se había quedado allá.
Una pequeña exhalación.
—Pero ya sabes cómo son las redes.
Alguien encuentra algo… y de repente todo explota.
Ilya volvió la mirada al frente. Pero su mente ya no estaba ahí. La palabra se le quedó pegada. Pensó en titulares. En rumores. En miradas. En lo que pasaría si alguien… si alguien decía algo que no debía. Rusia. Su padre. Su apellido. Un nudo seco se le formó en el pecho.
—Oye —dijo João de repente, rompiendo el silencio.
Ilya lo miró.
—¿Siempre eres así de callado… o solo cuando alguien baila mejor que tú?
Ilya lo miró un segundo.
Y, contra todo pronóstico—
sonrió apenas.
—No bailo.
—Eso explica muchas cosas.
El silencio volvió. Pero ya no era incómodo.
El teléfono vibró otra vez. Sobre la mesa. Una luz breve. Luego otra. Ilya lo había notado desde antes. En la mesa. En cada pausa. En cada movimiento.
—Contesta —dijo, sin rodeos.
João negó.
—Es lo mismo.
Otra vibración.
—¿Qué es “lo mismo”? —insistió Ilya.
João dudó un segundo. Miró la pantalla. Y luego, con una exhalación leve—
—Hoy es mi cumpleaños.
Ilya giró el rostro de inmediato.
—¿Qué?
João subió la cabeza, casi incómodo.
—Mis amigos… mi familia en Brasil… todos llaman.
Se encogió de hombros.
—Se vuelve un poco… intenso.
Ilya lo observó un segundo más.
Procesando.
—¿Hoy? ¿En serio?
João hizo un gesto pequeño.
—Sí.
Ilya tomó su copa.
La levantó apenas.
—Salud, entonces.
João imitó el gesto. Las copas chocaron suavemente.
—Feliz cumpleaños —añadió Ilya, más bajo.
Bebieron.
—¿Y qué tienes planeado? —preguntó Ilya después.
João negó con la cabeza.
—Nada.
Ilya frunció el ceño.
—¿Cómo que nada?
—Nada —repitió João—. Mi familia no está aquí.
Y… no hice planes.
Ilya lo miró, incrédulo.
—¿Cuántos cumples?
—Veintitrés.
Ilya soltó una risa seca.
—No me jodas.
Negó con la cabeza.
—Veintitrés se cumplen una sola vez.
João no respondió. Solo lo miró.
—Tenemos que hacer algo —insistió Ilya—.
Vamos a un bar, un club… lo que sea.
João negó de inmediato.
—No es lo mío.
Ilya entrecerró los ojos. Interpretando. Me está rechazando. Se quedó en silencio un segundo. Pensando. Evaluando si insistir… o dejarlo ir. Y entonces—
—¿Qué tal mi apartamento?
Ilya giró la cabeza.
João no lo miraba directamente. Seguía viendo la ciudad.
—Tengo vino —continuó—.
Y… un buen vodka. Ruso.
Una pausa leve.
—Creo que te gustaría.
El silencio cayó entre los dos. Pero Ilya lo observó. Más detenidamente ahora. No había presión. No había intención obvia.
Pero había algo. Algo que no terminaba de entender. ¿Por qué sí?
Podía decir que no. Debería decir que no. Y sin embargo—
—No es mala idea —dijo finalmente.
João asintió, leve. Como si no esperara más. Y en ese momento,
Ilya no supo explicar por qué… pero ya había tomado una decisión.