17. CALMA INCOMODA
El sol ya se había colado por las cortinas. No era suave. No era tímido. Era Río. Y esa fue la primera diferencia.
Ilya ya estaba despierto. No sabía exactamente por qué. Tal vez el calor. Tal vez el ruido lejano de la ciudad. Tal vez esa sensación extraña de estar en un lugar que no le pertenecía… pero que empezaba a gustarle. Se quedó unos segundos mirando el techo. Luego sonrió, apenas.
—Yo aprendo rápido… —murmuró para sí.
Se levantó. Caminó directo hacia la habitación de João… y tocó la puerta. Nada. Giró la perilla. Abrió. João seguía completamente dormido, boca abajo, con una pierna fuera de la sábana, como si el mundo no existiera. Ilya lo miró unos segundos. Negó con la cabeza. Y sin pedir permiso… se lanzó sobre la cama.
—Despierta.
João ni reaccionó.
Ilya rebotó otra vez.
—Despierta, brasileño.
Otra.
—Despierta.
João gruñó.
—…¿qué demonios…?
Ilya siguió brincando, sin piedad.
—Yo aprendo rápido.
João abrió un ojo. Luego el otro. Y cuando finalmente logró enfocar, se encontró con Ilya encima de él, con esa media sonrisa peligrosa. Silencio. Un segundo. Dos. João lo miró fijamente. Muy fijamente.
—Rozanov… —su voz salió grave, aún dormida— te acabas de meter en problemas muy graves… muy serios.
Ilya sostuvo la mirada. Ni se movió.
—Apúrate —dijo simplemente—. Vámonos. Hay que aprovechar el día.
Y se bajó de la cama como si nada. João lo siguió con la mirada, todavía procesando lo que acababa de pasar… y luego soltó una risa baja, casi incrédula.
—Este ruso…
La reunión con los patrocinadores quedó cancelada en menos de cinco minutos.
João escribió un mensaje corto.
Buenos días. Lamento avisar con tan poca anticipación. El cambio de clima afectó a Ilya durante la noche y preferimos que descanse hoy. ¿Podríamos reprogramar la sesión para mañana?
No tardaron en responder.
Lamentamos escuchar eso. Esperamos que Ilya se recupere pronto. Tendremos que organizar la agenda, hoy teníamos un muy buen plan con ustedes, pero si es posible, confírmenos al final del día cómo se encuentra para coordinar el horario de mañana.
João leyó la respuesta.
—Listo.
Guardó el teléfono.
Ilya levantó la vista.
—¿Qué dijeron?
—Que mañana está bien.
—¿Y les dijiste que estoy enfermo?
—Sí.
Ilya arqueó una ceja.
—No estoy enfermo.
João se encogió de hombros.
—Necesitaba una excusa creíble.
—Podías haber dicho simplemente que querías el día libre.
João sonrió de lado.
—Y perder medio día respondiendo preguntas...
Negó con la cabeza.
—No, gracias.
Ilya soltó una pequeña risa por la nariz.
Pero no parecía convencido.
—No me gusta que hablen por mí.
João percibió el cambio de tono.
Su sonrisa desapareció apenas un poco.
—Lo sé.
Pausa.
—No volverá a pasar.
Ilya sostuvo su mirada unos segundos más.
Luego simplemente asintió.
—Está bien.
El silencio volvió a instalarse.
No era incómodo.
Pero tampoco era el mismo de unos minutos antes.
No hubo desayuno formal. No hubo protocolo. Solo manos rápidas tomando frutas de la cocina, una botella de agua… y las llaves de uno de los carros. Un carro que nadie usaba. Un carro que estaba ahí solo para él. Como muchas cosas en la vida de João.
João tomó las llaves del carro y las hizo girar entre los dedos.
—¿Seguimos?
Ilya tardó un segundo en responder.
Después tomó una manzana del frutero.
—Sí. Vamos.
El camino hacia la playa no fue silencioso. Fue… vivo. Las ventanas abajo. El aire caliente entrando sin pedir permiso. Música de fondo. Gente en la calle. Colores. Movimiento. Todo demasiado rápido para alguien como Ilya. Y aun así… no quería perderse nada.
Pararon en una panadería pequeña, casi escondida. João entró como si fuera su casa.
—Bom dia.
Le respondieron con sonrisas. Con familiaridad. Con cariño. Ilya observaba todo.
Salieron con pan caliente, café fuerte… y algo más que no necesitaba nombre.
—¿Siempre es así? —preguntó Ilya, mirando alrededor.
João se encogió de hombros.
—Así es cuando estás en casa.
La playa ya estaba despierta. Pero no como turista. Como vida. Ilya lo notó de inmediato. La gente. No lo miraban como celebridad. No lo miraban como atleta. Lo miraban… como uno más. Y a João, lo saludaban.
—¡E aí!
—Fala, irmão!
—Bonito hoje, hein!
Risas. Silbidos. Comentarios sin filtro. Ilya frunció ligeramente el ceño.
—¿Los conoces?
—No.
—¿Entonces por qué te hablan así?
João tomó un sorbo de café, tranquilo.
—Porque pueden.
Caminaron. Sin rumbo. Sin prisa. En algún punto, alguien les ofreció caipiriña. A plena luz del día. En la calle. Ilya se quedó mirando el vaso. Luego a João.
—¿Podemos tomar en la calle?
João ya estaba bebiendo.
—Sí.
—¿Desde temprano?
João lo miró de reojo.
—Cállate… y solo hazlo.
Ilya dudó un segundo. Luego bebió. Hizo una mueca.
—Eso tiene alcohol.
—Bienvenido.
Y entonces… la escuchó.
No venía de un solo lugar. Venía de todos. De un radio. De alguien cantando. De la calle. De la arena. De la gente.
Mais que nada - Sergio Mendez and Brazil 66
Y algo cambió. No fue planeado. Simplemente pasó.
Un balón voló cerca de ellos. Alguien gritó. Ilya lo atrapó por reflejo. Se lo devolvió mal. Risas. João lo empujó suavemente.
—Ve.
—¿Qué?
—Ve.
Y en cuestión de segundos, estaban dentro. Jugando. Sin reglas claras. Sin idioma común. Pero entendiendo todo.
Más adelante, otro grupo. Un círculo. Un balón. Pies moviéndose sin parar. Ilya observó.
—¿Qué es eso?
—Fútbol… pero con dignidad.
Ilya resopló.
—Eso no es fútbol.
—Inténtalo.
No lo hizo. Pero no se fue. Se quedó mirando. Y sonriendo.
El agua llegó después. Fría. Salada. Brusca. Perfecta. João se lanzó primero. Ilya lo siguió. Se hundieron. Salieron. Se empujaron. Se rieron. Sin palabras.
En la orilla, construyeron algo con arena. Nada importante. Nada perfecto. Pero lo hicieron.
Y en algún punto… sin darse cuenta… Ilya dejó de pensar. Se dejó llevar. El sol ya pesaba sobre los hombros. La piel caliente. La respiración más lenta. El cuerpo cansado. Pero ligero. Ilya se dejó caer sobre la arena. Mirando al cielo.
—Creo… que necesito descansar.
João, de pie, lo miró.
Con una sonrisa apenas visible.
—Rozanov…
Pausa.
—Esto apenas está empezando.
Y por primera vez… Ilya no respondió. Pero tampoco se levantó. Solo sonrió. Levemente. Perfecto. Porque ahora… sí estaba listo.
El camino cambió. Dejó de ser plano. Dejó de ser urbano. Y empezó a subir. Ilya lo notó antes de preguntar. Las calles se hicieron más estrechas. Las casas más dispersas. El verde empezó a comerse el concreto.
—¿A dónde vamos? —preguntó, mirando por la ventana.
João no respondió de inmediato.
Solo sonrió.
—Confía.
Ilya giró la mirada hacia él, entre curioso y desconfiado.
—Eso nunca es buena señal.
—Para ti no. Para mí sí.
El carro se detuvo en una zona abierta. No había edificios. No había ruido de ciudad. Solo viento. Mucho viento. Y entonces Ilya lo vio. Personas. Arneses. Telas extendidas. Colores flotando en el aire. Cuerpos despegando del suelo… como si fuera lo más normal del mundo.
Ilya salió del carro. Se quedó quieto. Observando. Procesando.
—No.
João cerró la puerta.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
João lo miró, divertido.
—Te estás quedando sin argumentos.
Ilya negó con la cabeza, sin apartar la vista del vacío frente a él.
—Eso no es un argumento… eso es una mala decisión.
El viento golpeaba fuerte. Traía el olor del mar. El sonido lejano de la ciudad. Y esa sensación… de altura. João caminó hacia él.
Se puso a su lado. Sin prisa.
—Es Pedra Bonita.
Ilya no respondió.
—Vuelas sobre todo —continuó João—. La ciudad, el océano, la selva… todo.
Silencio tenso.
—No tienes control.
Ilya giró la cabeza lentamente.
—Eso no ayuda.
João soltó una risa baja.
—Ese es el punto.
Un hombre se acercó a ellos. Portugués rápido. Explicaciones. Señales. Ilya entendía poco. Pero no necesitaba entender las palabras para entender la intención.
—No sé si quiero hacer esto —dijo finalmente.
João lo miró. No se burló. No esta vez.
—¿Tienes miedo?
Ilya sostuvo la mirada. No lo negó.
—Sí.
Un segundo de silencio. Solo viento. João dio un paso más cerca. Lo suficiente para que su voz bajara.
—No sabía que los rusos le tenían miedo a algo.
Ilya entrecerró los ojos.
—No sabía que los brasileños eran tan insistentes.
—No somos insistentes.
Pausa.
—Somos intensos.
Ilya volvió a mirar hacia el borde. Un hombre corrió. Saltó. Y desapareció. Luego… apareció flotando. Libre. Respiró hondo.
—Joder.
João sonrió.
—Eso suena mejor.
El arnés se sentía extraño. Ajustado. Demasiado cerca del cuerpo. Demasiado real. El instructor hablaba. Señalaba. Repetía. João ya estaba listo. Tranquilo. Como si lo hubiera hecho mil veces. Ilya no dejaba de mirar el vacío.
—Si esto sale mal…
—No va a salir mal.
—No terminaste la frase.
—No hace falta.
João se acercó una última vez. Le acomodó una correa. Sus manos firmes. Precisas. Naturales. Pero por un segundo… se quedaron ahí. Ilya levantó la mirada. Se encontraron. Cerca. Demasiado cerca.
—Corre —dijo João, en voz baja—. No pienses.
Y entonces… fue su turno.
El viento se levantó. La tela se infló detrás de él. El instructor gritó algo. Ilya no escuchó. O no quiso escuchar. Un paso. Dos. Tres. Y el suelo desapareció. El cuerpo reaccionó antes que la mente. El corazón se disparó. El aire golpeó su cara. El mundo se abrió debajo de él.
—¡Mierda!
Pero no cayó. Voló.
La ciudad se extendía infinita. El océano brillaba como si no tuviera fin. La selva respiraba debajo. Todo. Absolutamente todo. Y por primera vez en mucho tiempo… Ilya no estaba controlando nada. Solo existía.
El miedo seguía ahí. Pero algo más lo estaba empujando. Algo más grande. Más fuerte. Libertad. Giró la cabeza. A lo lejos, otro parapente. João. Flotando. Tranquilo. Como si perteneciera al cielo. Ilya lo miró. Y por un segundo… solo por un segundo, sonrió. De verdad.
El viento cambió. El cuerpo se inclinó. La adrenalina volvió. Pero ya no era miedo. Era otra cosa.
Cuando aterrizó, las piernas le temblaban. No por debilidad. Por impacto. Se quitó el casco. Respiró hondo. Otra vez. Otra. João aterrizó poco después. Caminó hacia él. Sin prisa. Como si supiera exactamente lo que acababa de pasar. Se quedaron frente a frente. En silencio.
—¿Y? —preguntó João.
Ilya lo miró. Aún procesando. Aún con el pecho agitado.
—No sé… si quiero hacerlo otra vez…
Pausa.
—O si nunca voy a querer dejar de hacerlo.
João sonrió. Levemente.
—Te dije.
Ilya negó con la cabeza. Pero no discutió. Miró hacia atrás. Hacia la montaña. Hacia el vacío. Y luego, hacia João. Algo había cambiado. No sabía qué. No sabía cómo. Pero ya no era el mismo que se había lanzado. Y eso… recién empezaba.
Empezaron a caminar despacio. Hasta que de repente, el lugar no estaba lleno. No era turístico. No había ruido innecesario. Solo una loma alta, abierta… con vista directa a todo. La ciudad extendida. El océano respirando a lo lejos. El cielo empezando a teñirse de naranja.
Subieron caminando el último tramo. Y cuando llegaron arriba… se detuvieron. Por un momento, ninguno dijo nada. No hacía falta. Ilya tenía los brazos apoyados sobre las rodillas, inclinado hacia adelante, todavía con el cuerpo cargado de la adrenalina que no terminaba de irse. João, de pie, miraba el horizonte. Tranquilo. En casa.
—No lo entiendo —dijo Ilya al fin, sin apartar la vista de la ciudad.
João giró ligeramente la cabeza.
—¿Qué cosa?
Ilya se tomó un segundo. Buscando las palabras.
—A ti.
Silencio breve.
—No te entiendo.
João no respondió de inmediato. Esperó.
—Tienes todo —continuó Ilya—. Tu familia, tu país, tu dinero, tu vida aquí…
Pausa leve.
—Podrías quedarte. Podrías vivir tranquilo. Podrías no hacer nada.
Giró la cabeza. Lo miró.
—¿Entonces por qué?
El viento pasó entre ellos. La vista era maravillosa. El clima también. Y entonces:
—¿Por qué irte? —añadió Ilya—. ¿Por qué esforzarte tanto? ¿Por qué llegar hasta allá… incluso para intentar superarme?
No lo dijo con arrogancia. Lo dijo con verdad. João bajó la mirada. Sonrió apenas. Pero no era una sonrisa ligera.
—Porque no fue fácil.
Ilya frunció ligeramente el ceño.
João dio un paso hacia adelante. Apoyó las manos en la baranda. Mirando la ciudad.
—Llegué a Canadá siendo un niño —empezó—. Sin entender el idioma. Sin entender a la gente. Sin entender… nada.
Pausa.
—Y ellos tampoco me entendían a mí.
El tono cambió. No era el João de la playa. No era el João que se reía.
—Se reían de cómo hablaba. De cómo me movía. De cómo era.
Silencio incómodo.
—De todo.
Ilya lo miraba ahora. Atento.
—Aquí, yo no era así —continuó João—. Yo… abrazaba a la gente. Me acercaba. Me gustaba estar cerca.
Una pequeña risa sin humor.
—Eso no funcionó allá.
El viento levantó un poco su cabello. Pero él no se movió.
—Tuve que aprender a ser otra cosa.
Otra pausa.
—Frío. Callado. Distante.
Ilya tragó saliva.
—Y no porque quisiera.
Giró apenas el rostro.
—Porque si no lo hacía… me destruían.
Silencio pesado y real.
—¿Y tu familia? —preguntó Ilya, casi en automático.
João negó suavemente.
—Mi familia no estaba ahí. Mis padres siempre han estado muy enfocados en sus trabajos. Y en Dios.
Pausa ligera.
—Y aunque hubieran estado… no podían darme lo que necesitaba.
Lo miró por primera vez directo.
—Pero si te sentías tan mal ¿Por qué no te regresaste?
—Respeto. Orgullo. Reto. No sé. También me lo he preguntado muchas veces.
Ilya sostuvo la mirada.
—Así que aprendí —continuó João—. A nadar solo.
—A pelear solo.
—A ganarme mi lugar… sin ayuda.
Se enderezó y respiró hondo.
—Y cuando finalmente lo hice… cuando nadie pudo volver a mirarme hacia abajo…
Pausa.
—Ahí fue cuando gané.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue… lleno.
—Eso debió doler—mencionó Ilya.
—No me importa el dinero —añadió João, más bajo—. No me importa la fama.
Miró al horizonte otra vez.
—Solo quiero poder mirarme… y sentir que soy suficiente.
Ilya no respondió. No podía. Algo dentro de él… se movió. Pensó en su padre. En su madre. En su hermano. En todo lo que no tenía. En todo lo que nunca resolvió. Y luego, pensó en Shane. El contraste le pegó más fuerte de lo que esperaba. Se acercó un poco. Sin darse cuenta.
—Pero nada es perfecto —dijo João de repente.
Ilya frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
João no lo miró.
—No soy perfecto.
Pausa.
—Hay algo en mí… que nadie sabe.
Ilya se giró completamente ahora. Atento. Alerta.
—Dime.
João respiró hondo. Lento y controlado.
—En la vida no se puede tener todo… ¿lo sabes, verdad?
—Sí.
—Bien.
Pausa.
—Hay algo conmigo.
Bajó la mirada.
—Algo que ha estado ahí desde siempre.
Silencio.
—No puedo cambiarlo.
—No puedo evitarlo.
—No importa cuánto lo intente.
Ilya lo observaba fijamente. Tratando de entender.
—Y no necesito darte detalles —añadió João, más bajo—… porque creo que tú ya lo sabes.
El mundo se detuvo un segundo.
Ilya no respondió. Pero su expresión cambió.
Confusión.
Reconocimiento.
Negación.
Todo al mismo tiempo.
—…¿Te refieres…? —su voz salió más baja de lo normal.
No terminó la frase.
No pudo.
João levantó la mirada.
Finalmente lo miró directo y asintió.
Nada más.
Pero fue suficiente.
El aire se volvió más pesado. El sonido de la ciudad se apagó. El atardecer siguió… como si nada. Pero para Ilya, todo acababa de cambiar. Se quedó quieto. Completamente quieto. Como si su cuerpo no supiera qué hacer con esa información. Sus labios se separaron ligeramente. Pero no salió ninguna palabra. Solo respiró. Más lento. Más consciente.
Y por primera vez en todo el día… no tuvo respuesta.