16. LA TORMENTA
El coche empezó a subir… y la ciudad empezó a desaparecer. No de golpe. Sino poco a poco. Como si Río se fuera quedando atrás por capas. El ruido. El tráfico. Las voces. Todo se iba apagando.
Ilya miraba por la ventana. Los árboles no eran los que conocía. Más altos. Más abiertos. Con hojas anchas que dejaban pasar la luz de una forma distinta… más cálida, más viva.
—¿Siempre es así? —preguntó Ilya, sin apartar la vista.
—Sí —respondió João—. Pero uno se acostumbra.
Ilya negó levemente.
—No creo.
Una curva más. Y entonces… la vista se abrió. Río apareció nuevamente completo. El Cristo, inmóvil, gigante. La línea de Ipanema brillando. El mar extendiéndose como si no tuviera fin.
Ilya no dijo nada. Pero tragó saliva.
La casa no apareció de golpe. Se fue revelando. Primero la reja. Luego la entrada. Luego la estructura completa. Amplia. Abierta. Respirando. El coche ni siquiera se había detenido por completo cuando el portón ya estaba abierto. Como si supieran exactamente cuándo llegaban.
—Meu filho…
La abuela ya estaba afuera. João apenas alcanzó a cerrar la puerta cuando ella lo abrazó. Fuerte. Real. De esos abrazos que no preguntan… solo confirman.
—Você voltou…
—Claro que volví, abuela.
Ella lo sostuvo del rostro. Lo miró con detalle. Como si verificara que seguía siendo él. Luego miró a Ilya. Silencio breve. Evaluación.
—¿Y él?
—Juega conmigo en Ottawa.
La respuesta fue suficiente.
—¡Hola! Mucho gusto. —dijo Ilya.
—Entonces es parte de la familia.
Se giró con naturalidad.
—Preparen uno de los cuartos de visita.
Pausa leve.
—El mejor.
El aire adentro era fresco. Silencioso. Todo estaba en su lugar. Pero sin sentirse rígido. Ilya caminó despacio. Observando sin tocar. Hasta que llegaron al cuarto. João abrió la puerta. Ilya se detuvo. Esta vez sí lo dijo en voz baja.
—Wow.
La habitación era amplia. Pero no exagerada. Ventanas abiertas. Cortinas moviéndose suavemente. Una cama perfectamente tendida. Agua servida. Fruta fresca. Todo listo. Sin esfuerzo. Ilya avanzó. Pasó la mano por la cama. Luego giró hacia el baño. Y ahí, Se detuvo.
—¿Esto… tiene luz?
El piso parecía brillar. Como si estuviera iluminado desde abajo.
Se agachó lentamente. Apoyó una mano. Luego, sin importarle nada, inclinó el cuerpo y apoyó el cachete. Después la oreja. Observando. Intentando entender.
João se recargó en la puerta, cruzado de brazos. Divertido.
—No tiene luz.
Ilya entrecerró los ojos, aún pegado al suelo.
—Entonces ¿por qué brilla así?
—Es la piedra.
Ilya pasó la mano. Lento. Sintiendo la superficie.
Se levantó. Negó con la cabeza.
—Esto no es normal.
João sonrió, apoyado aún en la puerta.
—Para ti no.
Ilya volvió a mirar alrededor. La luz. El orden. La calma. Luego lo miró a él.
—¿Cómo se siente vivir aquí?
João no respondió de inmediato. Ilya dio un paso más, cruzándose de brazos.
—En serio… —continuó—. Tienes esto. Todo esto.
Hizo un gesto leve con la mano, abarcando el cuarto, la casa, la vista invisible detrás de las paredes.
—¿Y decides irte al frío… a Canadá… a jugar hockey?
Una pausa.
—¿Por qué?
João soltó una pequeña risa.
No burlona. Más bien… tranquila. Como alguien que ya ha pensado esa pregunta muchas veces.
—La vida es difícil de explicar.
Ilya frunció el ceño.
—Eso no es una respuesta.
—Lo es —respondió João, sin perder la calma.
Se separó de la puerta, entrando un poco más al cuarto.
—Mi abuela me dijo algo hace mucho tiempo…
Pausa breve.
—Que hay cosas en la vida que no son fáciles de entender… y otras que son difíciles de interpretar.
Ilya lo miraba fijo. Procesando. O intentándolo.
—Siempre hay un lado bueno y un lado malo —continuó João—. Tú decides cuál tomar.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Pero al final… la respuesta es más complicada que la pregunta.
Silencio breve.
Ilya lo sostuvo con la mirada unos segundos más. Luego… parpadeó. Y soltó una risa corta.
—No entendí nada.
João sonrió.
—Lo sé.
Ilya negó con la cabeza, todavía con esa media risa.
—Pues no me importa.
Se giró, mirando otra vez el cuarto.
—Creo que me voy a quedar a vivir aquí.
Pausa breve.
—Si no te molesta.
João lo observó. Un segundo más de lo normal.
—Sí, me molestaría.
Ilya giró la cabeza, alzando una ceja.
—¿Sí?
João caminó un poco más cerca.
Sin prisa.
—Sí. Porque entonces no tendría a nadie a quien ganarle en mi equipo.
El aire cambió apenas.
—El resto… —hizo un gesto mínimo— son aburridos.
Ilya lo miró. Más atento ahora.
—La única competencia real eres tú.
Silencio.
—Y por eso estás aquí.
No hubo sonrisa. No hubo broma en eso.
—Ningún otro de mi equipo está aquí.
Pausa.
—Sino tú.
Ilya se quedó quieto. No respondió. Pero algo en su expresión cambió. Como si no supiera exactamente qué hacer con eso. Y luego, desvió la mirada.
—Vamos a cenar —dijo, más bajo.
João sostuvo esa reacción un segundo. Y sonrió apenas.
—Vamos.
Cuando bajaron… la mesa ya estaba lista. Larga. Ordenada con precisión. Cubiertos brillando bajo la luz cálida. La abuela ya estaba sentada.
—Siéntense.
João tomó una silla. Ilya dudó medio segundo antes de sentarse.
—¿Quieres jugo? —preguntó João, sirviendo.
—Sí… gracias.
Le pasó el vaso. Natural. Tranquilo. La abuela empezó a servir. Con calma.
—Esto es moqueca —dijo.
Ilya miró el plato.
—¿Qué tiene?
—Pescado fresco… tomate… cilantro… aceite… —hizo un gesto leve— cosas simples, pero bien hechas.
Ilya asintió. Probó. Se quedó quieto. João lo miró de reojo.
—¿Y?
Ilya tragó.
—Esto está… muy bueno.
La abuela sonrió satisfecha.
—¿De dónde eres? —preguntó ella.
—Rusia.
—Frío.
—Mucho.
—Y ahora aquí…
Ilya levantó el vaso.
—Me estoy adaptando.
João tomó el pan.
—¿Quieres?
Ilya asintió.
—Sí.
Se lo pasó. Pequeños gestos. Todo estaba fluyendo.
—¿Y tu familia? —preguntó la abuela.
Ilya bajó la mirada apenas.
—Está allá.
Ella asintió. Sin presionar.
Silencio breve.
Luego, Ilya miró alrededor. La mesa. La casa. Todo. Y lo dijo sin filtro.
—No sabía que ustedes eran millonarios.
Un segundo de silencio.
Y luego, la abuela soltó una risa suave. João también. Relajado.
—No lo somos —dijo João, tranquilo.
Apoyó el brazo en la mesa.
—Solo somos trabajadores.
La abuela asintió.
—Trabajadores que hacen bien las cosas. El valor no está en lo que tienes, sino en cómo lo construyes, incluso cuando nadie te está mirando.
Ilya miró su plato otra vez. Luego a ellos. Algo ahí… era distinto. No era lujo vacío. Era… estructura. Historia. Esfuerzo. Disciplina. Y por primera vez desde que llegó, se sentía como en casa.
Al día siguiente, la luz entraba temprano. Demasiado temprano. Filtrándose entre las cortinas ligeras, moviéndose con la brisa cálida de la mañana. Ilya no se movió. Hundido en la cama, en ese sueño pesado donde el cuerpo todavía no entiende en qué país está.
La puerta se abrió despacio. Sin ruido. João se asomó primero… y luego entró caminando descalzo con la confianza de quien ha vivido ahí toda su vida. Lo miró un segundo. Sonrió. Caminó hasta la cama. Se inclinó apenas, lo suficiente para acercarse a su oído.
—Despierta, dormilón… —susurró—. Es hora de alistarnos.
Ilya ni abrió los ojos. Frunció el ceño. Se acomodó más entre las sábanas.
—Por favor… no… —murmuró, con la voz aún dormida—. Es muy temprano…
João soltó una risa baja.
—Lo sé. El cambio de horario te está pegando. Y eso que solo tenemos una hora de diferencia.
Se sentó en la orilla de la cama.
—Pero estás en Brasil, no en Canadá.
Pausa.
—Aquí la vida empieza temprano.
Ilya gruñó algo inentendible. Giró el rostro hacia el otro lado, buscando escapar de la luz.
—Cinco minutos…
João negó con la cabeza.
—No.
Se inclinó un poco más.
—Si no te despiertas… te voy a pellizcar hasta que no puedas más.
Silencio incómodo.
—¿Trato?
Ilya abrió un ojo. Solo uno. Lo miró con molestia… pero sin mucha fuerza real.
—¿Podemos negociar?
João ni siquiera lo pensó.
—Definitivamente no.
Sin pedir permiso, João se recostó a su lado. De medio lado, apoyándose en un brazo. Invadiendo su espacio. Pero sin incomodar. Ilya sintió el movimiento. El peso. El calor. Abrió el otro ojo.
—¿Qué estás haciendo?
—Asegurándome de que te despiertes.
Se inclinó apenas más cerca. Lo suficiente para que su voz volviera a caer directo en su oído.
—¿Quieres que te insista más, Rozanov?
Pausa. Una sonrisa leve.
—Pensé que los rusos eran más valientes…
Se acercó un poco más.
—Pero al parecer todo es pura propaganda.
Ilya lo miró. Ahora sí. Despierto. Del todo. Hubo un segundo de silencio. De esos que no son incómodos… pero tampoco inocentes. Luego,soltó una pequeña risa nasal.
—Eres insoportable.
João sonrió.
—Y aún así aquí estoy.
Ilya suspiró. Se pasó la mano por el rostro.
—Está bien…
Se incorporó lentamente.
—Pero si me desmayo más tarde, es tu culpa.
João se levantó de la cama. Satisfecho.
—No te vas a desmayar.
Caminó hacia la puerta.
—Te vas a acostumbrar.
Se detuvo un segundo. Lo miró por encima del hombro.
—Y te va a gustar.
Ilya lo observó salir. En silencio. Luego miró la luz entrando por la ventana. Respiró hondo. Y antes de que Ilya terminara de procesar la mañana… ya estaban camino a la playa.
El calor llegó antes que el ruido. No era pesado. Era envolvente. De esos que se pegan a la piel… pero no incomodan. Cuando bajaron del vehículo, la arena ya estaba tibia y el aire cargado de sal.
—Llegamos temprano —dijo João, mirando alrededor.
Pero el equipo ya estaba ahí. Cámaras. Reflectores. Gente moviéndose con precisión. Nada improvisado.
—Buenos días —saludó una mujer hermosa acercándose—. Soy Mariana, de VORAZZA Sports.
Apretón de manos. Beso en una mejilla. Luego en la otra. Seguro. Profesional.
—Gracias por estar aquí.
—Un gusto —respondió João, natural.
Ilya asintió. Observando más que hablando.
—Vamos a trabajar con dos líneas —explicó ella mientras caminaban—: swimwear técnico y lifestyle urbano. La idea es mostrar rendimiento… fuera del hielo.
Les entregaron los cambios. Minimalistas. Limpios. Pensados para el cuerpo.
Minutos después, salieron. Tanga. Lentes de sol. Piel ligeramente húmeda por la crema bronceadora. Y ahí fue donde el ambiente cambió. Porque ya no eran dos jugadores. Eran imagen. Presencia.
Los cuerpos hablaban por sí solos. No exagerados. No artificiales. Construidos. Hombros definidos. Abdomen marcado con precisión. Curvas más pronunciadas de lo habitual… resultado de años de disciplina, no de estética.
Ilya, más pálido al inicio… pero el sol no tardó en hacer lo suyo. Una capa cálida empezaba a asentarse sobre su piel.
—Perfecto, Ilya —dijo el fotógrafo—. Quédate ahí.
João, a su lado, ajustó apenas su postura. Sin esfuerzo. Como si entendiera las cámaras de manera natural.
—Más cerca.
—Ahora caminen.
—Mírense un segundo—
Clic.
Clic.
Clic.
A unos metros, una cámara distinta. Menos estética. Más directa.
—Canal local —dijo Mariana—. Hablan español.
João asintió.
—Perfecto.
El presentador se acercó con una sonrisa amplia.
—Bienvenidos a Río. ¿Listos?
—Siempre —respondió João.
Ilya solo inclinó la cabeza.
—Estamos aquí con dos jugadores internacionales que están causando sensación… ¿Cómo se sienten estando en Brasil?
João tomó la palabra primero.
—Es casa para mí. Siempre es especial volver.
Miró a Ilya.
—Y compartirlo… lo hace mejor.
—¿Y tú, Ilya? ¿Cómo ha sido la experiencia?
Ilya se acomodó las gafas ligeramente.
—Diferente.
Pausa.
—Pero… buena.
No adornó más. Y eso… funcionó.
—¿Qué los motivó a aceptar esta campaña?
—La visión —respondió João—. No es solo imagen, es expansión del deporte. Nuevos mercados, nuevas audiencias.
Profesional y claro. Luego, la pregunta.
—¿Cómo se ven en el futuro?
Ilya no respondió de inmediato. Algo pasó. Un segundo apenas. Pero suficiente. Porque en ese segundo, pensó en Shane. En todo lo que habían hablado. En lo que no estaba resuelto. Bajó la mirada un instante. Luego respondió.
—Estoy trabajando en algo… —dijo—. Un proyecto de caridad.
Pausa.
—Con Shane Hollander.
El nombre quedó en el aire.
—Todavía le estamos dando forma.
Miró al frente.
—Pero en cuanto al futuro…
Se encogió ligeramente de hombros.
—No sé ni siquiera si mañana voy a estar vivo.
Silencio breve. Real. Sin dramatismo. Solo… verdad. João intervino, suave.
—Lo que sí sabemos… es que estamos construyendo.
Y cerró la idea. Como alguien que sabe manejar cámara. Al principio fue uno. Luego dos. Luego cinco.
—¿Foto?
—Claro.
João se acercó. Natural. Ilya dudó medio segundo. Luego lo siguió.
—¿Quiénes son ellos?
—Busca en Instagram…
—¡Mira, sí son famosos!
Los teléfonos empezaron a salir. Las búsquedas. Los nombres: Ilya Rozanov y João Costa. Y entonces, el cambio. Ya no era curiosidad. Era reconocimiento.
—¡Ilya!
—¡João!
Más gente. Más cerca. Más rápido. Algunos se acercaban con respeto. Otros… con más confianza. Besos en la mejilla. Uno.
Luego el otro. Sonrisas. Halagos. En portugués. En español.
—Gatinhos de mais. You’re amazing.
—Qué guapos.
—Increíble cuerpo—
João respondía con facilidad. Educado. Cálido. Sabía exactamente hasta dónde llegar. Ilya… más contenido. Pero no distante. Aprendiendo en tiempo real.
Y alrededor, todo se estaba grabando. Teléfonos. Videos. Historias. TikTok. La marca Vorazza Sports. Mientras tanto, Mariana observaba. Satisfecha.
—Esto… es exactamente lo que queríamos.
Se acercó a João en un momento de pausa.
—El engagement ya está subiendo.
Le mostró el teléfono. Miles. Subiendo. Rápido.
—El contrato incluye tres publicaciones principales —recordó ella—, pero con esto… vamos a renegociar exposición.
João asintió.
—Lo imaginé.
—Y si la tendencia sigue así… —miró a Ilya— vamos a extender la campaña.
Ilya levantó una ceja.
—¿Más días aquí?
—Si ustedes aceptan.
João sonrió apenas.
—Podría ser peor.
El sol seguía alto. La sesión continuaba. Pero en otra parte del mundo, ya no era solo una sesión. Era contenido. Era tendencia. Era ruido. Porque en cuestión de minutos… se volvió conversación. Y en cuestión de horas, nuevamente se volvió viral.
Y mientras Río seguía respirando música, calor y movimiento… al otro lado del continente, alguien estaba viendo todo derrumbarse en tiempo real. Porque en Boston, el teléfono no dejó de vibrar. Las notificaciones no llegaron solas. Llegaron todas. Una tras otra. Videos. Etiquetas. Mensajes. El nombre de Ilya repetido en todas partes. Shane desbloqueó el teléfono. Reproducir. Ilya. Brasil. Sol. Risas. Gente alrededor. João. Cercanos. Demasiado cercanos. Otro video. Una mujer besando a Ilya en la mejilla. Otro. João riéndose con alguien, tocándole el brazo. Otro. Ilya… relajado. Como si nada. Como si él no existiera. Shane dejó de respirar un segundo. No por celos. Por algo más profundo. Desconexión.
—Mierda…
Se pasó la mano por el rostro. El celular de Shane no dejo de sonar.
Pero ninguna de los mensajes de textos ni esas llamadas era la que necesitaba. Shane apretó la mandíbula. Y marcó a alguien.
—¿Shane? —respondió Hayden.
No hubo saludo.
—La cagué.
Silencio al otro lado.
—Ok rarito… —dijo Hayden con calma—. Empecemos por ahí.
Shane caminaba de un lado a otro.
Nervioso.
—Me puse celoso.
—¿De qué?
—De nada… —se corrigió—. Bueno, de algo que ni siquiera sé si pasó.
Se pasó la mano por el cabello.
—Vi a Ilya con João. Cercanos. Demasiado cómodos.
—¿Y?
—Y reaccioné mal —soltó—. Me cerré. Me puse… frío.
Pausa.
—Y después…
Dudó. Y eso sí pesaba.
—Después él me vio a mí con Rose.
Silencio más pesado.
—¿Qué tanto “vio”? —preguntó Hayden.
—Suficiente.
No necesitaba explicarlo.
—Estábamos cerca. Hablando… pero desde afuera no se veía así. Porque Rose estaba sin camisa.
Respiró hondo.
—Y lo peor no es eso.
Hayden no interrumpió.
—Lo peor es que él trató de decirme que se iba a Brasil.
Pausa.
—Y yo… no lo dejé hablar.
Eso sí dolía.
—No le di importancia. Pensé que era otra cosa… otro tema… otra discusión. No me imagine que sería tan pronto o que sería una realidad. Lo esquive. Se rio, sin humor.
—Y ahora está allá.
Miró el teléfono. Las fotos. Los videos.
—Y yo aquí viendo cómo todo el mundo lo está viendo en ropa interior.
—¿Lo llamaste? —preguntó Hayden.
—Sí.
—¿Contestó?
—No.
—¿Cuántas veces?
Shane no respondió de inmediato.
—Las suficientes para que se note que me está ignorando. Se que esta enojado y que no me quiere ver.
Silencio. Pero no vacío. Cargando todo.
—¿Pasó algo con Rose? —preguntó Hayden, directo.
Shane cerró los ojos.
—No.
Pausa.
—Pero no importa.
Los abrió.
—Para él si… por lo que vio.
Hayden soltó aire.
—Claro que es suficiente. Estás hablando de Ilya, no de cualquiera.
Shane se detuvo.
Por fin.
—Lo amo.
No hubo pausa. No hubo duda.
—Lo amo, Hayden. No es… no es opcional. No es algo que pueda manejar o controlar.
Su voz bajó.
—Es todo.
Silencio breve.
Y entonces, Hayden cambió el tono. Más firme. Más directo.
—Entonces, ¿qué haces ahí parado?
Shane no respondió.
—¿Qué estás esperando?
Pausa breve.
—Ve a buscar a tu hombre.
Más fuerte.
—¡VE!
Shane apretó el teléfono. Y colgó.
La decisión que no llega. Lo intentó. De verdad lo intentó. Maleta.
Abrigo. Llaves. Todo en minutos. Se detuvo un segundo. Sacó el teléfono. Las manos frías. La respiración rápida. Buscó vuelos. Montreal → Río de Janeiro. Cargando… Un segundo. Dos.
—Gracias…
Ni siquiera sabía a quién le hablaba. Entró en la página web. Seleccionó. Confirmar. Pantalla de pago. Dudó medio segundo. No por el dinero. Por todo lo demás. Luego, clic.
“Vuelo confirmado.”
Shane cerró los ojos.
—Voy en camino…
Murmuró más para él que para Ilya. Tomó la maleta. Y salió.
Pero la nieve… no estaba cayendo. Estaba atacando. El viento empujaba con fuerza. La visibilidad… casi nula.
Al mismo tiempo en Brasil, el coche avanzaba lento. Demasiado lento. Luces. Colores. Gente.
—¿Qué pasa? —preguntó Ilya.
—Tráfico de carnaval —respondió João—
Ilya miró por la ventana.
—Se siente como si toda la ciudad estuviera… viva.
João sonrió.
—Lo está.
El teléfono vibró en la mano de João. Leyó rápido la tormenta en Canadá… fuerte.
Ilya giró.
—¿Qué tan fuerte?
—Pararon vuelos.
Liga suspendida.
Silencio.
Ilya miró hacia adelante. Pensativo. Lejos. João lo observó un segundo.
Luego—
—Oye…
Ilya giró apenas.
—¿Sí?
João habló con naturalidad. Pero con intención.
—Podríamos quedarnos unos días más.
Pausa.
—El carnaval empieza en dos días.
Sonrió leve.
—Sería perfecto si no nos lo perdemos.
Ilya no respondió de inmediato.
João agregó, más suave:
—Y quiero enseñarte más mi ciudad.
Eso cambió el peso. No era logística. Era personal. Ilya lo miró. Evaluando. Luego asintió.
—Creo que sí. Probablemente.
Simple. Pero suficiente.
El teléfono vibró. Ilya lo miró. Jane. Dejó que sonara.
Otra vez. Jane. Lo volteó. Pantalla abajo.
Otra.
Otra.
Otra.
Respiró hondo. Cerró los ojos. Un segundo.
Y lo vio: Shane. Rose sin camisa. Cerca. Demasiado cerca.
Abrió los ojos. Tomó el teléfono. Lo miró. El nombre. Otra vez. Y eligió. No contestar.
Río seguía despierto. La música salía desde las calles, desde los balcones, desde coches detenidos en medio del tráfico. Y aunque Ilya seguía mirando el teléfono de vez en cuando… terminó dejándolo boca abajo una vez más. Porque por unas horas… no quería pensar en Canadá.
La casa de Rafael tenía ese tipo de desorden que solo existe cuando la gente se conoce demasiado bien. Música baja, platos sobre la mesa sin orden. Bruno riéndose más fuerte de lo necesario desde la cocina mientras Lía terminaba de servir algo que nadie había pedido, pero todos iban a comer igual.
—Llegaron tarde —dijo Rafael apenas los vio entrar—. Eso ya es sospechoso.
Ilya soltó una risa corta.
—No todo gira alrededor tuyo.
—Debería —respondió Bruno desde atrás—. Haría todo más fácil.
João saludó con un gesto leve, sin esfuerzo. Les presento a Ilya. Y todo le resultaba familiar. Demasiado. Porque eran amistades de casi toda una vida.
La conversación fluyó rápido. Historias viejas, bromas internas, comentarios que iban y venían sin necesidad de explicación. João participaba. Respondía cuando tocaba. Sonreía en los momentos correctos. Pero no estaba liderando. No como antes. Lía lo miró un par de segundos más de lo normal antes de soltarlo, sin drama:
—¿Qué te pasa, João?
Él levantó la vista, medio sorprendido.
—¿Nada?
Rafael soltó una risa corta.
—Sí, claro… “nada”.
Bruno negó con la cabeza, sonriendo.
—Te conocemos, viejo. No tienes que fingir aquí.
Algunas risas suaves se mezclaron, pero no rompieron del todo el momento. João se apoyó en la silla, relajando los hombros como si no le importara.
—No estoy fingiendo.
—Ajá —dijo Lía, cruzándose de brazos—. Entonces explícanos por qué estás más callado que de costumbre.
—Estoy tranquilo.
—No —respondió Bruno sin pensarlo mucho—. Estás raro.
Rafael entrecerró los ojos apenas, como si acabara de conectar algo.
—No me digas que esto tiene que ver con algo tipo Bad Romance…
Bruno soltó una carcajada inmediata.
—Rah-rah-ah-ah-ah… roma-roma-ma… —empezó a cantar exageradamente mientras movía una mano en el aire.
Lía casi se atragantó de la risa.
—No, espérate… —añadió entre risas—. I want your love and I want your revenge…
—¡Ya cállense! —soltó João, completamente rojo mientras negaba con la cabeza—. No tiene nada que ver con eso.
—Ajáaaa… —murmuró Bruno, todavía riéndose—. Claro que no.
Ilya bajó la mirada apenas, escondiendo una sonrisa corta detrás del vaso. Y eso solo empeoró todo.
—Míralo —dijo Rafael señalando a João—. Está sonrojado. Ya perdimos al hombre.
—Se fue —confirmó Bruno dramáticamente—. Gaga tenía razón todo este tiempo.
Las risas explotaron alrededor de la mesa. João soltó una exhalación derrotada, cubriéndose parte del rostro con una mano.
—Ustedes son insoportables.
—Pero tenemos razón —respondió Lía sin dejar de sonreír.
El celular vibró sobre la mesa. João lo miró. Pantalla encendida. Su hermana. Se quedó un segundo más de lo normal viéndolo… como si le hubiera dado justo en el momento que no quería.
—¿Todo bien? —preguntó Rafael.
João tomó el celular.
—Sí… ya vengo.
Se levantó sin hacer ruido.
El aire afuera estaba más fresco. João apoyó la espalda contra la pared mientras contestaba.
—¿Sí?
—¿Te interrumpo? —preguntó su hermana, tranquila.
—No… todo bien. ¿Y tú? —respondió él casi de inmediato, cambiando el ritmo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo va todo por allá?
Ella soltó una risa suave.
—Mira quién pregunta.
—En serio —insistió João, más relajado—. ¿Cómo va el cambio? ¿Cómo va todo… la vida?
—Bien… no me puedo quejar —respondió ella—. Ya sabes, adaptándome. Pero bueno… los Costa somos adaptables todo el tiempo.
João sonrió, bajando la mirada.
—Eso sí.
—¿Viste? —añadió ella—. Sobrevivimos a todo.
—A todo.
Ambos soltaron una risa ligera.
Hubo un pequeño silencio. No incómodo. Pero suficiente.
—Oye… —dijo ella al final, con otro tono—. ¿estás bien?
João se quedó callado un segundo más de lo normal.
—Sí… —respondió—. Todo bien.
—No —dijo ella, suave—. No estás “todo bien”.
João exhaló lento.
—Estoy… pensando mucho.
—Ajá —respondió ella—. Eso ya me dice bastante.
Otra pausa.
—Hermano… te escucho como perdido. ¿Qué pasa? Sabes que puedes contar conmigo.
João miró al frente, sin enfocar nada en particular.
—No sé exactamente qué está pasando —admitió—. Solo… no se siente como debería.
—¿Es esta situación sobre ‘’alguien’’?
Directa. Sin presión. João dudó apenas.
—Creo que sí.
Pequeño silencio. Más pesado ahora.
—Quiero hacerte una pregunta importante —dijo ella—. Esa ‘’persona’’… ¿está allá en Brasil contigo?
João tragó saliva. Y esta vez no lo esquivó.
—Sí.
Nada más.
Del otro lado, no hubo juicio. Solo calma.
—Entonces piensa bien —dijo ella—. Piensa en lo positivo y en lo negativo. Piensa quién te merece… y qué estás buscando tú.
João escuchó en silencio.
—Si eso es para ti… lo vas a saber —continuó—. Y lo que decidas, yo te voy a apoyar.
João asintió, aunque ella no podía verlo.
—Gracias.
El silencio que siguió fue distinto. Más liviano. Más claro.
—Te amo, hermanito —dijo ella al final.
João cerró los ojos un segundo.
—Yo te amo más.
—Nunca lo olvides —añadió ella—. Aquí estoy para ti.
João respiró hondo, más estable.
—Lo sé.
—Cuídate.
—Tú también.
La llamada terminó.
Mientras tanto en Boston. La decisión ya estaba tomada. No necesitaba pensarlo más.
Shane tomó las llaves, cerró la puerta del apartamento y salió casi corriendo. El viento le golpeó el rostro apenas cruzó el edificio. La nieve seguía cayendo con fuerza, cubriendo el parabrisas en cuestión de segundos.
Encendió el motor. Las escobillas apenas alcanzaban a despejar el vidrio antes de que otra capa blanca volviera a cubrirlo.
—Vamos... vamos...
No le hablaba al coche. Se hablaba a sí mismo.
Durante todo el trayecto no dejó de mirar la hora en el tablero. El tráfico avanzaba lento. Demasiado lento. Cada semáforo parecía durar una eternidad. Cada camión de limpieza bloqueando un carril se convertía en un obstáculo más. Pero seguía convencido de que iba a lograrlo. Cuando por fin apareció el aeropuerto entre la tormenta, sintió alivio.
Entró directamente al estacionamiento. El primer nivel estaba completamente lleno. Luego el segundo. Dio dos vueltas antes de encontrar un espacio libre, mucho más lejos de la terminal de lo que habría querido. Ni siquiera apagó la radio. Tomó la maleta del asiento trasero, cerró el coche con el control remoto y empezó a correr.
El frío le cortaba la cara. La nieve crujía bajo sus zapatos. Las puertas automáticas se abrieron. El calor del edificio lo envolvió de golpe. Respiró hondo. Miró las pantallas. Buscó su vuelo. Seguía apareciendo. Todavía no decía "Cancelado". Sintió cómo el pecho se aflojaba un poco. Todavía había esperanza. Se colocó en la fila de la aerolínea. Había mucha gente. Familias. Viajeros de negocios. Niños dormidos sobre las maletas. Todos mirando las mismas pantallas.
La fila avanzaba con desesperante lentitud. Shane revisó el teléfono.
Ninguna respuesta de Ilya.
Volvió a marcar.
Llamando...
Nada.
Guardó el teléfono justo cuando escuchó un murmullo recorrer toda la terminal.
Alzó la vista.
Una a una...
Las pantallas empezaron a cambiar.
Primero un vuelo.
Luego otro.
Después otro más.
CANCELADO.
CANCELADO.
CANCELADO.
Sintió un vacío en el estómago. No. No el suyo. No podía ser. La fila avanzó un poco más. Cuando finalmente llegó al mostrador, apenas necesitó hablar.
—Necesito salir. A Río de Janeiro.
La agente levantó la vista con una expresión que ya había repetido demasiadas veces esa mañana.
—Lo siento, señor.
Shane tragó saliva.
—Tiene que haber algo más. ¿Alguna otra conexión?
Ella negó lentamente.
—No la hay.
Miró la pantalla unos segundos más, como si quisiera encontrar una alternativa. No encontró ninguna.
—Todos los vuelos internacionales fueron suspendidos hace unos minutos.
Shane permaneció inmóvil.
Con la maleta en una mano.
El teléfono en la otra.
Sin poder avanzar.
Sin poder retroceder.
Volvió a marcar otra vez.
Ilya.
Llamando…
Nada.
Shane. En medio de la tormenta. Intentando llegar.
Ilya. En medio del calor. Eligiendo no escuchar.
Y entre la nieve y el calor… la distancia nunca se había sentido tan real.