19. DETRAS DE CAMARAS
El sueño no empezó como una pesadilla. Empezó lento… casi hermoso. Había hielo. Silencio. El eco lejano de cuchillas deslizándose con precisión. Ilya se veía a sí mismo en la pista, solo, respirando con calma, sintiendo el control en cada movimiento. Todo estaba en su lugar. Hasta que dejó de estarlo.
El hielo se agrietó. Primero un sonido seco… casi imperceptible. Luego otro. Y otro. Las líneas bajo sus pies comenzaron a abrirse, como si algo desde abajo estuviera empujando, rompiendo, reclamando espacio. Ilya se detuvo.
—Shane… —su voz salió más baja de lo que esperaba.
No hubo respuesta. Giró. Y ahí estaba. Al otro lado. Shane Hollander. De pie… pero distante. Demasiado distante. No había hielo entre ellos ahora. Había agua negra. Oscura. Profunda. Inmóvil.
—No te muevas —dijo Ilya, firme, intentando mantener el control que ya no tenía—. Voy hacia ti.
Pero cuando dio el primer paso, el hielo cedió. El agua lo tragó hasta las rodillas. Fría. Demasiado fría.
—Ilya… —la voz de Shane sonó lejana, distorsionada—. Ya es tarde.
—No. —Ilya negó, respirando más rápido—. No lo es.
Intentó avanzar. Pero el agua subía. Las piernas pesaban. El cuerpo no respondía como debía. Y entonces… otra voz. Cerca de su oído. Demasiado cerca.
—Ya lo sabes, ¿no? —susurró João.
Ilya no lo vio… pero lo sintió.
—Eso que te hace perfecto… —continuó la voz, suave, casi provocadora—… también es lo que te rompe.
Ilya apretó la mandíbula.
—Cállate.
—No necesitas que te lo diga —insistió João—. Tú ya sabes cuál es tu debilidad.
El agua le llegó al pecho. Shane estaba más lejos ahora. O tal vez él se estaba hundiendo más rápido.
—Ilya… —la voz de Shane tembló—. No puedo esperarte.
—¡Sí puedes! —gritó Ilya, desesperado por primera vez—. ¡No te muevas!
Pero Shane no avanzó. No luchó. Solo… se quedó ahí. Mirándolo. Como si ya lo hubiera soltado.
El agua subió hasta su cuello. Ilya intentó moverse. Intentó nadar. Intentó llegar. Pero su cuerpo ya no respondía. Y justo antes de hundirse por completo: despertó.
El aire le faltaba. Su pecho subía y bajaba con violencia. La piel… caliente. Sudorosa. El corazón golpeando con fuerza, como si quisiera salirse.
Ilya abrió los ojos de golpe. Techo blanco. Inmóvil. Real. Parpadeó. Una vez. Otra. Pero la sensación no se iba. Seguía ahí. Clavada. Ese vacío en el pecho… ese peso en la garganta… esa presión que no sabía cómo nombrar. Giró la cabeza. Oscuridad suave. El cuarto en silencio. No estaba en Ottawa. No estaba con Shane. Y eso… se sintió más real que cualquier otra cosa. Exhaló. Largo. Pero no alivió nada.
Se pasó una mano por el rostro. Cerró los ojos. Intentó volver a dormir. Se acomodó de lado. Luego del otro. Se cubrió. Se descubrió. Nada.
Su mente no se apagaba. Las imágenes seguían ahí. Shane. El agua. La distancia. Y, como una interferencia constante… João “Eso que te hace perfecto… también es lo que te rompe.” Ilya apretó los dientes.
—Joder…
Abrió los ojos otra vez. Miró el techo. Contando segundos. Esperando que el cuerpo se calmara. Pero no pasó. No estaba tranquilo. No estaba claro. No estaba… en control. Se incorporó ligeramente. Alargó la mano. Tomó el celular. La pantalla iluminó el cuarto. Y entonces lo vio. Un mensaje de Shane. Su pulgar se detuvo un segundo antes de abrirlo. Como si, de alguna forma, ya supiera que lo que estaba ahí… iba a mover algo. Lo abrió. Lo leyó.
Ilya.
Eres lo más importante de mi vida.
Y siento que te estoy perdiendo, y es el miedo más grande que tengo.
No me imagino una vida sin ti.
No me imagino despertarme un día y saber que no te tengo cerca.
No confiarte mi vida, mis días, mis pensamientos como siempre lo he hecho.
Sé lo que puedes estar pensando de mí.
Sé que, desde tu lugar, todo puede verse mal, incluso
imperdonable.
Y créeme, si yo estuviera en tu lugar, también lo pensaría.
Pero Ilya Rozanov, te lo juro con todo lo que soy.
Nunca te he traicionado con Rose Landry.
Nunca.
Sé que esto parece un desastre, sé que hay cosas que no tienen sentido ahora mismo.
Pero te prometo que hay una explicación.
Y necesito que me escuches.
Necesito que hablemos.
Porque siento que me estoy hundiendo,
Y te necesito.
Por favor, déjame explicarte.
Ilya no se movió. No inmediatamente. El celular seguía en su mano. La pantalla aún encendida. Pero su mirada… ya no estaba ahí. Se había quedado fija. Perdida. Procesando. Sintiendo. Sin saber exactamente qué hacer con todo eso. Tragó saliva. Lento.
El mensaje había llegado. Directo. Sin rodeos. Sin máscaras. Y eso… lo complicaba todo más. Porque lo sintió. Claro que lo sintió. Pero al mismo tiempo… las imágenes no desaparecieron. Rose. Shane. La cercanía. La duda. El ruido. Exhaló. Apagó la pantalla. Dejó el celular a un lado. Volvió a mirar el techo. Silencio. Largo. Pesado.
No sabía qué responder. No sabía qué creer. No sabía… qué era verdad. Pero lo que sí sabía, es que no podía decir nada todavía. No así. No en ese estado. Cerró los ojos. No para dormir. Solo… para intentar entender qué demonios estaba pasando dentro de él. Y por primera vez en mucho tiempo… Ilya Rozanov no tenía el control.
Algunas horas después, el estudio de grabación estaba vivo. Luces blancas rebotando en todas direcciones. Pantallas mostrando tomas en tiempo real. Gente entrando y saliendo con ropa, equipos, cables, instrucciones. Nada se detenía.
—¡Listos en tres! —gritó alguien desde el fondo.
Ilya ya estaba de pie frente al set. Ropa deportiva. Oscura. Marcando cada línea de su cuerpo.
—Mírame directo —indicó el fotógrafo—. Sin sonrisa. Dame control.
Ilya no tuvo que pensarlo. Solo lo hizo. Mirada fija. Fría. Exacta.
Clic.
—Eso… —murmuró el fotógrafo—. Ese es el problema… y la solución al mismo tiempo.
João, a un lado, lo observaba con media sonrisa.
—Siempre tan dramático —soltó.
—Siempre tan innecesario —respondió Ilya sin mirarlo.
Clic.
Cambio rápido. Uniforme de hockey. Postura firme. Hombros tensos.
—Quiero rivalidad —dijo el director creativo—. Como si estuvieran a punto de romperse la cara.
João se acercó un poco más. Invadiendo espacio.
—Eso sí se me da bien —murmuró.
Ilya giró apenas el rostro.
—No me provoques.
—¿Y si quiero?
Clic.
Clic.
La tensión… real. Perfecta para cámara.
Horas después, el ritmo seguía igual. Sin descanso. Sin pausa. Hasta que:
—¡Descanso de quince!
El ambiente bajó apenas. Lo suficiente. Una mesa larga al fondo. Emparedados. Frutas. Bebidas frías. Gente respirando. Riendo. Soltando tensión. João tomó un emparedado sin preguntar.
—Si no comes, te vas a caer en la siguiente toma —dijo, dándole uno a Ilya.
Ilya lo tomó. Sin discutir.
—Gracias.
Silencio breve.
El primero en horas. Y entonces… el celular de Ilya vibró sobre la mesa. Pantalla encendida. Nombre visible. Jane. João lo vio primero. No dijo nada. Solo… lo miró. Un segundo. Dos. Ilya estaba distraído tomando agua. Levantando la mirada hacia el equipo. No lo había visto aún.
El celular vibró otra vez. Más insistente. João lo tomó. Natural. Como si fuera lo más normal del mundo. Miró la pantalla. Y con una calma fría… deslizó el dedo.
Rechazar llamada.
Pantalla negra.
Dejó el celular exactamente dónde estaba. Como si nada.
Del otro lado… Shane bajó lentamente el teléfono. Mirándolo. Procesando. Una vez más. Sin respuesta. Sin intento de devolver la llamada. Nada. Tragó saliva.
—…ok —murmuró para sí mismo.
El pecho apretado. La cabeza llena. Y una conclusión rápida… pero inevitable.
No quiere hablar conmigo.
De regreso en el estudio, Ilya finalmente vio su celular. Lo tomó.
Revisó. Una llamada perdida. De Jane. Su mandíbula se tensó apenas. El pulgar se quedó suspendido sobre la pantalla. Pensando. Sintiendo. Pero no hizo nada. Aún no. Lo dejó otra vez sobre la mesa.
—¿Todo bien? —preguntó João, dando un sorbo a su bebida.
Ilya asintió.
—Sí.
Mentira corta. Convincente. João lo sostuvo con la mirada un segundo más. Como si supiera. Como si hubiera sido él quien movió esa pieza. Pero no dijo nada. Solo sonrió levemente.
—¡Volvemos en cinco! —gritaron desde producción.
Y volvieron.
Último bloque del día. Ropa casual. Más relajado. Más cercano. Pero la energía… ya no era la misma. Ilya estaba ahí. Presente. Pero con algo corriendo por debajo. João también lo notaba. Y eso… le interesaba más de lo que debería.
Cuando todo terminó, el estudio quedó en ese punto medio entre caos y cierre. Gente recogiendo. Otros celebrando.
—Buen trabajo hoy —dijo uno de los ejecutivos, acercándose con otra persona—. Pero esto… esto puede ser mucho más grande.
João levantó la ceja.
—Habla.
El hombre sonrió. De esos que saben que traen algo fuerte.
—No es una propuesta cualquiera —dijo—. Es una oportunidad única.
Ilya cruzó los brazos. Escuchando.
—Los queremos en el carnaval.
Silencio breve.
—No como invitados —continuó—. No como espectadores.
Pausa.
—En la carroza principal.
Otra pausa.
—Al frente.
—¿Qué? —Ilya frunció el ceño.
—Vestuario completo —añadió el otro—. Samba. Producción de alto nivel. Exposición internacional. Millones de personas.
João soltó una risa incrédula.
—¿Hablan en serio?
—Completamente —respondieron—. Esto no le pasa a cualquiera.
—¿Y el pago? —preguntó João, directo.
Los hombres se miraron.
—Más de lo que están ganando hoy.
Eso bastó.
João giró hacia Ilya. Los ojos brillándole.
—¿Escuchaste eso?
Ilya negó de inmediato.
—No.
—¿Cómo qué no?
—No —repitió Ilya—. Yo no voy a hacer eso.
—¿Por qué no? —João dio un paso hacia él.
—Porque no —respondió Ilya, más firme—. No es lo mío.
—¿Qué no es lo tuyo? —insistió João—. ¿Estar arriba, con miles de personas mirando, con toda esa energía?
—No sé bailar samba.
João soltó aire, casi riéndose.
—Otra vez con eso…
Se acercó más.
Bajó la voz.
—No necesitas saber bailar.
Ilya lo miró serio.
—¿Entonces qué?
João sostuvo su mirada. Sin juego esta vez.
—Solo necesitas dejarte ver.
Pausa.
—Y sentirlo.
Ilya apretó la mandíbula.
—No es tan simple.
—Claro que lo es —respondió João—. Te están poniendo enfrente una oportunidad que la gente mataría por tener.
—No me interesa.
—Mentira.
Eso lo detuvo. Ilya lo miró más fijo.
—No sabes lo que me interesa.
João no retrocedió.
—Sí sé.
Silencio pesado.
—Te interesa sentir algo —continuó João, más bajo—. Porque llevas todo el día… como si estuvieras en otra parte.
Golpe directo. Ilya no respondió. Pero tampoco se movió.
—Esto —añadió João, señalando alrededor— no es solo dinero. Es experiencia. Es vida.
Pausa.
—Es ahora.
Ilya desvió la mirada. Un segundo. Solo uno. Pero suficiente. Porque ahí… estaba todo. Shane. La llamada. El mensaje. La duda. Y ahora… esto. Otra cosa que no entendía. Otra cosa que lo movía.
—Vamos, Ilya —dijo João, más suave esta vez—. Hazlo conmigo.
Ese “conmigo”… Pesó. Más de lo que debía.
Ilya cerró los ojos un segundo. Respiró lento. Como si supiera que lo que iba a decir… no era del todo correcto.
—…mierda.
Abrió los ojos. Los miró a todos. A João. A los ejecutivos. A sí mismo.
—Me voy a arrepentir de esto.
Pausa.
—Pero sí.
Silencio.
Y luego: sonrisas. Satisfacción. Movimiento. João sonrió de lado. Victorioso. Pero no por el contrato.
Y Ilya… No sabía exactamente por qué había dicho que sí. Pero sabía algo peor. Que ya no podía echarse atrás.
De un momento para otro, el ruido del estudio ya no estaba sobre él. Por primera vez en todo el día… Ilya estaba solo. O al menos, lo suficiente. Se apoyó contra una pared lateral, lejos de las cámaras, lejos de las voces, lejos de todo. Exhaló lento. Pesado. Como si por fin su cuerpo se permitiera sentir.
Sacó el celular. Lo sostuvo unos segundos sin hacer nada. Solo… mirándolo. Y entonces… lo desbloqueó. Galería. La primera foto que apareció fue cualquiera. Pero no tardó en deslizar. Una. Otra. Otra más. Hasta que llegó a ellas. A las que importaban.
Shane.
Shane riéndose con la cabeza hacia atrás.
Shane con esa sonrisa torpe… honesta… que siempre le parecía ridícula y perfecta al mismo tiempo.
Shane dormido.
Ahí a su lado.
Con el cabello desordenado.
Las pecas marcándole la cara.
Como si no existiera nada más en el mundo.
Ilya soltó una pequeña exhalación por la nariz.
Casi una risa.
—Idiota… —murmuró en voz baja.
Ese estúpido jugador de hockey lento.
Con esas pecas absurdamente perfectas.
Siguió deslizando.
Videos.
Fotos borrosas.
Capturas sin sentido.
Momentos que en su momento parecían nada… y ahora lo eran todo.
Abrió la conversación.
Mensajes estúpidos.
Ridículos.
Aburridos.
Llenos de cosas sin importancia.
Memes.
Comentarios sin sentido.
Discusión por cualquier tontería.
Y luego…
“Llegué bien.”
“Te extraño.”
“Duerme.”
“Te amo.”
Ilya tragó saliva.
Lento.
Se pasó la lengua por los labios.
Pensando.
Sintiendo.
Ordenando.
Por primera vez… sin rabia.
Sin impulso.
Sin ese ruido que no lo dejaba ver.
João.
Las palabras.
La duda.
Rose.
Las imágenes.
Y luego…
Shane.
La constancia.
La forma en la que siempre había estado.
Sin juegos.
Sin máscaras.
Ilya cerró los ojos un segundo.
Respiró.
Y ahí… Lo entendió.
No todo.
Pero lo suficiente.
No sabía si creerle completamente. No era tan ingenuo. No después de lo que había visto. Pero… sí sabía algo. Algo que no podía negar. Lo extrañaba. Lo pensaba. Lo necesitaba. Y más allá de todo eso… lo amaba.
Abrió los ojos.
Miró el teléfono.
Determinación.
Por fin.
—…tenemos que hablar.
Sus dedos se movieron.
Entró al contacto.
Jane.
Listo para llamar.
Y justo cuando iba a presionar—
—¡Ilya!
La voz lo sacó de golpe.
—Te necesitamos ya —dijo una asistente, acercándose rápido—. Tenemos que prepararte. Vamos tarde.
Ilya bajó el teléfono.
Un segundo.
Molesto.
Interrumpido.
—Dame un minuto.
—No hay minuto —respondió ella—. Es ahora.
Y el momento… Se rompió.
—Ven —insistió—. Ya están todos listos.
Ilya apretó la mandíbula. Miró el celular una vez más. Dudó. Y luego… lo guardó.
—Vamos.
El siguiente espacio era otro mundo. Luces cálidas. Espejos gigantes. Gente moviéndose con precisión. Brochas. Brillos. Colores.
—Siéntate —indicó alguien.
Y sin más… empezaron. Pintura sobre la piel. Ligera. Pero visible. Brillos extendiéndose por sus hombros. Por su pecho. Por sus brazos.
—Relaja —dijo una maquillista—. Esto tiene que verse natural.
Ilya soltó aire. Le ajustaron el vestuario. O lo poco que había de él. Tela mínima. Diseñado pensado para mostrar, no para cubrir. Sintió el aire sobre la piel. Diferente. Expuesto.
—Perfecto —murmuró alguien—. Este cuerpo es una locura.
Ilya ignoró el comentario. Pero lo sintió.
Luego… el penacho. Plumas. Altas. Imponentes. Colores vivos. Se lo colocaron con cuidado. Ajustando. Midiendo.
—Mírate.
Ilya levantó la mirada hacia el espejo. Y por un segundo… no se reconoció.
No era el hielo.
No era el uniforme.
No era Boston.
No era Ottawa.
Era otra cosa.
Algo más salvaje.
Más visible.
Más… vulnerable.
Y justo en ese momento, Un celular cercano grababa. Transmisión en vivo. Miles conectándose. Comentarios subiendo. Y a miles de kilómetros, la tormenta ya no estaba tan intensa. Shane. Sentado en la sala de espera del aeropuerto. Con el teléfono en la mano. Mirando la pantalla sin realmente verla. Hasta que, un video. En vivo. Frunció el ceño. Lo abrió. Y lo vio. Ilya. Con brillo en la piel. Su cuerpo expuesto. Plumas elevándose detrás de él. Gente tocándolo. Acomodándolo. Preparándolo. Shane se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué mierda es esto…?
El pecho se le cerró. La mandíbula se tensó. No lo pensó. No lo procesó. No lo analizó. Solo actuó. Llamó. Lily.
Mientras tanto—
—¡Vamos, vamos! —gritaban—. ¡Nos están esperando!
Ilya ya caminaba hacia la carroza. Rodeado de gente. Ruido. Música empezando a filtrarse a lo lejos.
Su celular en la mano. Vibró. Otra vez, Jane.
Ilya lo vio. Un segundo. Solo uno. Y entonces, un empujón. Alguien pasando rápido. Otro jalándolo del brazo. El celular resbaló. Cayó.
—¡Espera! —Ilya giró.
Miró al suelo. Pero ya no estaba. Demasiados pies. Demasiado movimiento. Demasiada gente.
—¡Ilya! —lo llamaron—. ¡Sigue! ¡No podemos parar!
Miró atrás una vez más. Nada.
—¡Vamos!
Lo jalaron. Y él… tuvo que avanzar.
Sin llamada.
Sin respuesta.
Sin cierre.
Y justo ahí, todo… empezaba a romperse.