20. LA NOCHE QUE NUNCA TERMINA
Ilya no recuerda exactamente en qué momento dejó de entender lo que estaba pasando. Solo sabe que, de un segundo a otro…ya estaba arriba sobre la carroza. Elevado por encima de una marea humana que no termina.
El aire es distinto ahí. Más caliente. Más denso. Cargado de perfume, sudor, humo, pólvora de luces… y algo más difícil de nombrar. Euforia. Ilya gira lentamente la cabeza.
A la izquierda, un mar de cuerpos brillando bajo luces imposibles.
Pieles cubiertas de escarcha, lentejuelas, piedras que reflejan cada destello como si cada persona fuera una pieza de joyería viva.
A la derecha, filas interminables de gente en las gradas. De pie. Gritando. Saltando. Miles de teléfonos apuntando hacia ellos como estrellas artificiales.
Más arriba, drones cruzando el cielo. Cámaras suspendidas. Pantallas gigantes repitiendo cada movimiento en tiempo real. Todo el mundo está mirando. Todo el mundo está capturando. Todo el mundo está ahí.
Y luego… las plumas. Dios. Las plumas. Enormes. Exageradas. Imposibles. Se abren detrás de los bailarines como alas de otro planeta. Colores que no deberían convivir… pero aquí funcionan. Verde con dorado. Fucsia con naranja. Azul eléctrico con plateado. Todo brilla. Todo se mueve. Todo respira.
Las carrozas avanzan lentas, pero no se sienten pesadas…
se sienten majestuosas. Cada una con su propio mundo encima. Figuras gigantes. Esculturas. Luces que cambian de color. Cuerpos danzando sin parar. Y el sonido, no viene de un solo lugar. Viene de todas partes. De adelante. De atrás. De abajo. De adentro.
PUM — PUM — pa-rán — pa-rán — PUM PUM PUM.
Ilya lo siente en la planta de los pies. Sube por las piernas. Le atraviesa el torso. Se le instala en el pecho como un segundo latido. No es música. Es una fuerza. Algo que no se escucha… se obedece. Ilya abre ligeramente la boca. Sin darse cuenta. Sus ojos no se quedan quietos. Van de un punto a otro sin poder decidir.
Un bailarín gira tan rápido que parece imposible. Una mujer levanta los brazos y las plumas detrás de ella se expanden como fuego. Un grupo entero se mueve en sincronía perfecta, como si fueran uno solo. Y la gente, la gente no solo mira. Responden. Gritan nombres. Lanzan flores. Besan el aire. Lloran. Ríen.
Es devoción. Es locura. Es vida en su forma más exagerada.
Ilya traga saliva. Por un segundo… piensa algo que no diría en voz alta. Esto no puede ser real. Parpadea. Pero nada cambia. No desaparece. No se apaga y sigue ahí. Más intenso. Más cercano. Más imposible. Y entonces lo entiende, no está viendo el carnaval. Está dentro de él.
El sonido no empieza… explota. Otra vez. Y otra.
PUM — PUM — pa-rán — pa-rán — PUM PUM PUM.
Pero aun así… Ilya empieza a sentir algo que no tiene nada que ver con la música. Algo más incómodo. Más silencioso. Más peligroso. Porque mientras todo el mundo está mirando a João… Ilya ya no está viendo el espectáculo. Está viendo a él. Y eso cambia todo. Su pecho sigue vibrando por la batucada, pero ahora hay otra cosa mezclándose ahí. Una presión. Una tensión que no encaja con la fiesta. João gira otra vez. Se inclina hacia el público. Sonríe.
Alguien le lanza una flor y él la atrapa en el aire como si lo hubiera hecho mil veces. Natural. Perfecto. Demasiado perfecto. Ilya aprieta la mandíbula. No es celos. No. No es eso… pero tampoco es indiferencia. Porque lo que está viendo no es solo talento. Es control. Es presencia. Dominio absoluto de un espacio donde todos quieren ser vistos… y aun así, João logra que todo gire alrededor de él. Y eso, eso le resulta familiar. Demasiado familiar. Porque Ilya conoce ese tipo de poder. Lo ha sentido. Lo ha usado.
En el hielo. En los juegos. En cada mirada que arrastra a Shane sin que nadie más lo note. Pero esto… esto es distinto. Aquí no hay hielo. No hay reglas. No hay estructura. Solo caos… y João lo controla como si fuera suyo.
Ilya traga saliva. Y por primera vez en toda la noche… no se siente en control. Intenta moverse otra vez. Se obliga. Marca el ritmo con el pie. Uno. Dos. Pierde el tiempo. Otra vez. Su cuerpo no responde como debería. No es que no pueda. Es que no sabe cómo soltarse. Cómo dejar de pensar. Cómo dejar de medir. Y eso lo irrita. Porque Ilya no falla en cosas físicas. Nunca. Pero esto no es físico. Es otra cosa. Algo que no puede dominar con disciplina.
Levanta la mirada otra vez hacia João. Y ahí está… riendo. Girando.
Con el sudor brillándole en la piel bajo las luces. Vivo. Libre. Sin filtro. Y de repente, Ilya siente el contraste. Brutal. Porque su mente… sin permiso… se desvía. A otro lugar. A otro cuerpo. A otro ritmo. A otro tipo de conexión. Shane. No como recuerdo dulce. No. Como golpe. Como interferencia. Como algo que no debería estar ahí… pero está. Ve flashes. Ve manos. Con respiración contenida. El peso de un cuerpo contra el suyo. El silencio entre ellos cuando no necesitan hablar. La forma en que Shane nunca intenta brillar… pero aun así lo llena todo. Ilya cierra los ojos un segundo. Error. Porque el sonido entra más fuerte. El cuerpo lo traiciona. Y ahora no es solo samba lo que siente. Es mezcla. Es confusión. Es algo que no logra separar. Abre los ojos otra vez. João está más cerca ahora. La carroza ha avanzado. El público está aún más eufórico.
—¡JOÃOOOO!
—¡COSTA!
—¡BRASIL!
La energía sube. Sube más. Sube demasiado. Y João responde con más intensidad. Más movimiento. Más fuego. Más conexión. Ilya lo observa… y entiende algo que no le gusta.
Esto, esto es lo que João es cuando no está contenido. Cuando no está filtrado. Cuando no está jugando a ser otra cosa. Esto es su versión más real. Y es… peligrosamente atractiva.
Ilya exhala lento. Como si quisiera estabilizarse. Pero no lo logra.
Porque ahora hay dos ritmos peleando dentro de él. El de afuera. Y el de adentro. El de la samba… y el de todo lo que dejó sin resolver. Aprieta los dedos. Se obliga a enfocarse. A volver al presente. A no perderse en eso. A no mezclar. Pero el problema no es pensar en Shane. El problema es lo que eso provoca cuando mira a João otra vez. Porque ahora no lo ve igual. Ahora lo compara. Y eso, eso es el inicio de algo peligroso.
João gira. Sus ojos recorren la multitud… y por un segundo, solo un segundo, se cruzan con los de Ilya. Y lo siente. No es imaginación. No es coincidencia. Lo siente. Ese microsegundo donde João deja de ser del público… y vuelve a ser de él. Y sonríe.
No la sonrisa del espectáculo. No la sonrisa del carnaval. Otra. Más pequeña. Más privada. Más directa. Como si dijera:
¿Lo ves ahora?
Ilya no responde. No puede. Porque en ese instante… todo el ruido, toda la música, toda la multitud, desaparece. Y lo único que queda es esa sensación incómoda en el pecho. Esa mezcla. Esa tensión. Esa certeza que no quería tener.
Esto no es solo un viaje. No es solo una experiencia. No es solo João. Y definitivamente… no es algo que pueda controlar como siempre. El ritmo sigue. El carnaval no se detiene. Pero Ilya ya no está solo viendo. Ahora está dentro. Y eso… eso cambia las reglas.
El carnaval no termina de golpe. Se va apagando… lentamente. Como si alguien bajara el volumen de un mundo entero. El ritmo sigue unos segundos más, pero ya no golpea igual. Las luces siguen encendidas, pero ya no ciegan. La gente sigue gritando, pero ya no es un rugido… es eco. Ilya apenas lo procesa. Su cuerpo está… agotado. Las piernas pesadas. La camisa pegada a la piel. La respiración todavía desacompasada, como si su cuerpo no hubiera entendido que todo ya terminó. Y, sin embargo, su cabeza sigue allá arriba. En la carroza. En ese momento suspendido donde todo era demasiado.
Siente una mano. Firme. Caliente. João. Lo toma del brazo sin pedir permiso.
—Esto no se acaba aquí —le dice, con una sonrisa que todavía trae restos de ese brillo del carnaval—. Apenas está empezando.
Ilya lo mira. No responde. No tiene energía para discutir. Ni para cuestionar. Ni siquiera para entender. Solo asiente… casi por inercia.
El trayecto de regreso es un borrón. Luces que pasan. Risas lejanas. Voces en portugués que no termina de descifrar. Y cuando se da cuenta, ya están dentro de la casa. Pero no es el mismo lugar que dejó. Ahora está lleno. No abarrotado… pero sí vivo. Gente que entra y sale. Voces mezcladas. Risas que rebotan en las paredes. Una mesa larga al fondo, llena de cosas: bocadillos, frutas, botellas abiertas, vasos a medio terminar. Música sonando desde un parlante que alguien ya conectó. No es formal. No es organizado. Es… natural. Como si todo esto simplemente sucediera.
—¡Ey! —dice alguien desde la sala.
—¡João!
Y de repente hay movimiento. Abrazos. Palmadas en la espalda. Comentarios rápidos en portugués que se enciman unos con otros.
João responde a todos. Rápido. Cómodo. En su ambiente. Y entonces:
—Él es Ilya.
Así, sin más. Sin introducción elaborada. Sin contexto. Solo su nombre… y basta. Las miradas cambian. Se enfocan en él. Pero no hay juicio. No hay distancia. Hay curiosidad… y calidez. Una chica se acerca primero. Le sonríe.
—Hola —dice en español—. Bienvenido.
Lo abraza como si lo conociera.
Otro le da una palmada en el hombro. Alguien más le ofrece un vaso.
—Vodka —dice João desde algún punto—. Del bueno.
Ilya lo toma. No pregunta. No mide. Solo bebe. El líquido quema. Baja. Y por primera vez en horas… su cuerpo empieza a soltar. No de golpe. Pero sí lo suficiente.
La música sube un poco más. Alguien cambia la canción. Ritmo otra vez. Diferente. Más relajado. Más cercano.
Las conversaciones se mezclan. Portugués. Español. Risas que no necesitan traducción. Ilya observa. No participa del todo… pero tampoco está fuera. Está en medio. En ese punto extraño donde no pertenece… pero tampoco desentona.
Y poco a poco, se deja llevar. Otro trago. Luego otro. Las voces se vuelven más suaves. Más cercanas. Menos ajenas.
Alguien se ríe demasiado fuerte. Otro ya está sin camisa. Una pareja corre hacia la piscina y salta sin avisar, levantando agua por todos lados. Gritos. Risas. Salpicaduras.
—¡Vamos! —dice alguien.
Y en cuestión de segundos, varios más hacen lo mismo. Zapatos fuera. Camisas al piso. Agua. Movimiento. Libertad sin explicación. Ilya observa eso… y no puede evitar pensar:
¿Qué es este lugar?
No lo dice en voz alta. Pero lo siente. Fuerte. Real. Porque nada de esto se parece a lo que conoce. No hay cálculo. No hay imagen que cuidar. No hay máscaras. Todos están ahí… siendo. Y eso, eso lo desarma más que cualquier otra cosa. Mira alrededor otra vez. La casa. La gente. La música. El calor. Y por un momento… realmente se le escapa todo lo demás. No porque lo haya decidido. No porque quiera. Simplemente, porque este lugar lo absorbe. Porque es demasiado.
En algún punto… todo se calma un poco. No se detiene. Pero baja. Se fragmenta. Grupos pequeños. Conversaciones más lentas. El aire cambia.
Ilya se aparta un poco. Necesita aire. Espacio y silencio. Y ahí está João. A unos pasos. Sin bailar ahora. Sin espectáculo. Sin el ruido del carnaval encima. Solo él. Más tranquilo. Más… real. Lo mira. Y esta vez no hay público. No hay luces. No hay nada que distraiga. Solo ese momento. João da un paso hacia él.
—¿Y? —pregunta, con una media sonrisa—. ¿Sigues pensando que esto no es real?
Ilya exhala. Lento. Mira alrededor una vez más… y luego vuelve a él.
—No sé qué es esto —dice, sincero—. Pero… no se parece a nada que haya vivido.
No hay sarcasmo. No hay defensa. Solo verdad.
João lo observa. Un segundo más de lo necesario. Como si estuviera evaluando algo que no dice. Como si entendiera más de lo que Ilya cree. El ruido de la piscina sigue de fondo. Risas lejanas. Música baja. La casa respira. Pero ahí, entre ellos hay otra cosa. Más contenida. Más quieta. Más peligrosa. Y por primera vez desde que empezó todo, no es el carnaval lo que importa. Es lo que viene después.
La fiesta sigue atrás. Risas. Agua. Música. Pero João no seguirían ahí. E Ilya tampoco.
João apenas le lanza una mirada de reojo. Sutil. Casi invisible. Pero suficiente. Ilya la entiende. Siempre entiende ese tipo de cosas. Sin decir nada, lo sigue. Cruzando el pasillo. Dejando atrás el ruido. La humedad. Las voces. Hasta que llegan a un espacio distinto. Más tranquilo. Más contenido. Una pequeña mesa. Vodka. Hielo. Vasos ya colocados. Una vela encendida que apenas ilumina lo suficiente. No queda claro si fue planeado… o si simplemente el momento decidió acomodarse así. João se apoya ligeramente en la mesa. Lo mira.
—Bueno… —dice con calma—. Creo que este es el momento en el que podemos abrirnos por completo.
Ilya arquea una ceja.
—No sé si debería asustarme… o marcar al 911 desde ya.
João suelta una risa corta.
—Siempre eres así.
Se acerca un poco más.
—Tranquilo. No pasará nada que tú no quieras.
Silencio.
Se quedan viéndose. Sin distracciones. Sin público. João toma la botella. Sirve.
—Ok… primero lo importante —dice—. Un trago.
Ilya lo detiene con la mano.
—No. A las rocas. Y con agua.
João lo mira, divertido.
—¿En serio?
Ilya sostiene la mirada.
—Un buen vodka se respeta.
João sonríe.
—No sabía que eras gallina.
Ilya niega con la cabeza, casi riéndose.
—Nada de eso. Vamos.
Chocan los vasos.
—Gracias por haber venido a Brasil —dice João.
Ilya no aparta la mirada.
—No hay nada que agradecer… gracias a ti por invitarme.
Beben.
El alcohol baja más fácil ahora. La tensión no. Empiezan a hablar. Ligero al principio. Superficial.
—¿Y? —pregunta João—. ¿Qué te ha parecido?
Ilya exhala. Mira alrededor, como si aún no lo terminara de procesar.
—Increíble… no, más que eso. Nunca había visto algo así. Nunca pensé que existiera algo así.
Hace una pausa.
—Ahora entiendo por qué le dicen ciudad maravillosa.
João sonríe.
—Y eso que apenas empezaste.
Otro trago. Más risas. Comentarios sueltos. Miradas que duran un segundo más de lo necesario. Hasta que, sin darse cuenta, terminan de pie. Recargados en la baranda. El aire fresco. La noche abierta. La luna reflejada a lo lejos. El mar… oscuro, inmenso. La casa atrás sigue viva, pero aquí, aquí es otra cosa. Más lento. Más íntimo.
João rompe el silencio.
—Me imagino que ya sabes a lo que me refería el otro día… ¿o quieres que te lo dibuje?
Ilya no responde de inmediato.
—No quiero decir algo de lo que luego me arrepienta.
João se gira hacia él.
—Tienes permiso.
Directo.
Ilya lo mira a los ojos.
—Me imagino que estás pasando por lo mismo que yo.
João inclina ligeramente la cabeza.
—No sé cuál es tu situación… dímelo tú.
Ilya suelta una pequeña risa.
—Tú ya lo sabes. ¿Para qué hacerlo más complicado?
Silencio.
João no insiste. En lugar de eso, se gira, conecta el teléfono al parlante cercano. Una música suave empieza a llenar el espacio. Bossa nova. Sutil. Casi un susurro.
Cuando Ilya vuelve a verlo, João ya está más cerca.
Demasiado cerca.
Se coloca a su lado.
Por un instante, parece que va a decir algo.
Pero no lo hace.
Aparta la mirada.
Aprieta la mandíbula.
João, que siempre parece saber qué hacer, esta vez no sabe dónde poner las manos.
Su voz baja.
Cerca del oído.
—Ilya… creo que me gustas.
Ilya no se mueve. Solo gira el rostro lo suficiente para verlo.
—¿Por qué piensas eso?
João baja la mirada un segundo.
Raro en él.
—No lo sé… me pongo nervioso contigo. No sé qué decir. Pero al mismo tiempo… me da miedo.
—¿Miedo de qué?
—De arruinarlo todo. Lo que ya hay… y lo que no debería pasar.
Ilya frunce ligeramente el ceño.
—¿Qué no debería pasar?
João respira hondo.
—No puedo fallarle a Dios.
Ilya se queda en silencio.
—No puedo hacer algo que sé que está mal… aunque lo quiera.
No hay drama.
No hay exageración.
Solo verdad.
Ilya lo observa.
Analiza.
—¿Dejarías ir algo que deseas… por tu Dios?
João lo mira directo.
—Es con lo que he luchado toda mi vida.
Ilya da un paso al frente.
Ahora están frente a frente.
Muy cerca.
Demasiado.
—¿Y si tu Dios no existiera?
João niega, casi de inmediato.
—No podría imaginarlo.
El aire cambia.
Se vuelve más pesado.
Más denso.
João baja la voz.
—La carne es débil…
Ilya no retrocede.
Ninguno lo hace.
La distancia entre ellos desaparece casi por completo.
Respiración contra respiración.
El momento—
se estira.
Se tensa.
Se rompe por dentro sin romperse afuera.
Y João susurra:
—Si pudiera cometer un error… sería contigo.
Ilya cierra los ojos un segundo.
Baja la mirada.
El silencio pesa.
Cuando vuelve a hablar, su voz es más baja.
Más firme.
Más real.
—Eres el tipo de persona que cualquiera querría tener.
Una pausa.
—Pero mi corazón ya le pertenece a alguien más.
El aire se detiene.
Algo se hunde dentro de João.
Tan rápido que por un instante se queda sin voz.
Baja la mirada.
Traga.
Tarda un segundo más de lo normal en volver a mirarlo.
—Ojalá algún día alguien me ame así… como tú lo amas a él.
Ilya se queda quieto.
Sorprendido.
No responde.
No sabe cómo.
No sabe cuánto sabe João.
No sabe qué decir.
João rompe el momento.
Levanta el vaso.
—Salud.
Ilya lo sigue.
Beben.
Otro.
Y otro.
La música sigue.
La noche avanza.
Y todo… se empieza a volver borroso.
Una carcajada imposible de contener.
Comentarios que ya no tienen demasiado sentido.
En algún momento, João intenta hablar en ruso.
Ilya no puede parar de reír.
—¿Qué carajo estás diciendo?
—Practico mi ruso. Es muy bueno.
Ilya vuelve a reír.
—Solo te digo que nada de lo que estás diciendo tiene sentido.
—Déjame practicar un poco más. Ya verás.
Otro trago.
Y, de repente, João pierde el equilibrio. Su cuerpo se inclina peligrosamente hacia el suelo.
Ilya estira la mano por reflejo, intentando sujetarlo.
Pero João recupera el equilibrio por sí solo.
—Estoy bien.
Otra risa.
Otro trago.
La mañana llega de repente.
Ilya abre los ojos lentamente.
Dolor.
En la cabeza.
En el cuerpo.
En todo.
Parpadea.
Pero no reconoce el techo.
Se incorpora apenas.
Y entonces—
Lo ve.
João.
A su lado.
En la misma cama.
En ropa interior.
Ilya se queda completamente inmóvil.
El tiempo se detiene.
Mira sus manos.
Su cuerpo.
Su ropa.
Su mente intenta reconstruir—
y no encuentra nada claro.
Solo fragmentos.
Risas.
Alcohol.
Miradas.
Después… nada.
Su respiración se corta.
—Mierda…
Se pasa la mano por la cara.
—Mierda…
Se levanta de golpe, mareado.
—¿Qué hice…?
El corazón se acelera.
El estómago se revuelve.
—No…
Mira otra vez.
A João.
Dormido.
Tranquilo.
Y el golpe llega completo.
—Shane…
El nombre no sale en voz alta.
Pero pesa igual.
—La cagué…
Se queda ahí.
De pie.
Sin saber si acercarse.
Si huir.
Si recordar.
Si olvidar.
Con una sola certeza atravesándole el pecho—
ya no hay forma de volver a como todo estaba antes.