9. ENTRE LOS ARBOLES
—Si alguien olvidó algo, este es el momento de decirlo —anunció María, con las llaves en la mano—. No voy a regresar por cargadores, chaquetas ni crisis existenciales.
—¿Crisis existenciales tampoco? —preguntó Elena, cruzándose de brazos junto al carro—. Entonces Scott no puede venir.
—Tranquila —respondió Scott sin perder el ritmo—. Ya las resolví todas. Ahora solo tengo problemas de salud.
Kip soltó una risa baja.
—Confirmo. Son muchos.
—Qué bonito, me encanta el apoyo que recibo en esta relación —murmuró Scott.
—Es lo mejor que vas a tener —añadió María—. Disfrútalo.
El ambiente ya estaba encendido antes de arrancar. Ligero. Fácil. Como si salir de la ciudad fuera suficiente para que todo lo demás dejara de importar por un rato.
Kip se acercó a Scott mientras los demás terminaban de acomodar las cosas.
—¿Listo? —preguntó en voz baja.
Scott lo miró. De cerca, todo se sentía más tranquilo.
—Sí… —respondió—. Creo que lo necesitaba.
Kip sostuvo su mirada un instante… y se inclinó apenas lo suficiente para rozar sus labios en un beso corto. Sin tensión. Sin esconderse. Natural.
Scott no se apartó de inmediato. Se quedó ahí un segundo más, como si ese pequeño gesto le acomodara algo por dentro.
—Ey —gritó María—. ¿Van a subir o les damos privacidad oficial?
—Cinco minutos más —añadió Elena—. Respetemos el momento.
—Ya vamos —respondió Kip, girándose.
Scott negó con una sonrisa leve y subió al auto. Se acomodaron rápido. María adelante. Kip al volante. Atrás, Scott junto a Elena.
—Ok —dijo María—. Regla número uno: el DJ soy yo.
—Objeción inmediata —respondió Elena—. Tu música es una agresión.
—Mi música es cultura.
—Tu música es un trauma colectivo.
Kip arrancó el auto riéndose.
—Esto va a ser un desastre.
—Aún no salimos y ya me arrepentí —dijo Scott, recostándose.
—No puedes —respondió Elena—. Ya eres parte del grupo.
Scott giró la cabeza hacia ella.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace rato. Solo no te habíamos avisado.
—Firmaste contrato invisible —añadió María.
—¿Con cláusulas? —preguntó Scott.
—Muchas. No puedes ser aburrido, tienes que reírte de mis chistes y estás obligado a venir a futuros planes.
Scott bajó la cabeza con total seriedad.
El auto tomó la carretera. Durante los primeros minutos, todo fue ruido: música cambiando cada treinta segundos, discusiones absurdas, comentarios cruzados, risas que salían sin esfuerzo. Scott no hablaba tanto. Pero estaba ahí. Mirando.
A Kip, sobre todo. A la forma en que manejaba tranquilo, como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado. A cómo se reía sin pensarlo demasiado. A cómo encajaba con ellos sin tener que probar nada. Después miró al resto. María exagerando historias como si estuviera en un escenario. Elena lanzando comentarios precisos, siempre en el momento justo. La confianza entre ellos. La facilidad. Nadie estaba compitiendo. Nadie estaba midiendo nada. Scott bajó la mirada un momento, apoyando los antebrazos sobre sus piernas. No estaba acostumbrado a esto. No así. Su mundo siempre había sido otro. Más tenso. Más… vigilado. Todo tenía un peso que nunca se iba del todo. Aquí no. Aquí todo se sentía ligero. Y, aun así… más real.
—Hey.
Scott levantó la mirada.
Kip lo estaba mirando por el espejo retrovisor.
—¿Sigues con nosotros o ya te fuiste mentalmente?
Scott sostuvo su mirada un segundo.
—Sigo aquí.
—Más te vale —dijo María—. No vamos a detener el carro por ti.
—Te dejamos en medio del bosque —añadió Elena.
—Perfecto —respondió Scott—. Suena tranquilo.
—Ay, por favor —dijo María—. En cinco minutos estarías llorando.
Scott sonrió, pero no respondió de inmediato. Porque, por primera vez… no estaba tan seguro de eso. Se recostó contra el asiento. Dejó que las voces llenaran el espacio. Que la música siguiera cambiando. Que el camino avanzara sin presión. Y en medio de todo eso… algo se acomodó. No de golpe. No con intensidad. De manera sutil. Como si encajara en un lugar que no sabía que estaba buscando. Miró hacia adelante, encontrando a Kip otra vez, aunque fuera solo de perfil. Tranquilo. Presente. Real. Y una idea le cruzó la mente. Rápida. Casi peligrosa. No la dijo. Ni siquiera la terminó. Pero se quedó ahí. Como una posibilidad.
—Por cierto —dijo Elena de pronto—. ¿Hay señal allá o vamos a desaparecer del mundo?
—Casi nada —respondió María—. Pero es parte del plan.
—Perfecto —murmuró Scott, más para sí mismo que para los demás.
Y esta vez… lo decía en serio.
El auto se detuvo con un leve crujido sobre la grava. Durante un segundo… nadie dijo nada. Era ese tipo de silencio que no incomoda. El que aparece cuando algo te sorprende lo suficiente.
—Ok… —murmuró María, abriendo la puerta—. Esto sí parece sacado de una película.
El aire era distinto. Más frío. Más limpio. La cabaña se levantaba frente a ellos, completamente de madera oscura, con marcas del tiempo visibles en cada tabla. No tenía nada de elegante. Ni de moderno. Era rústica, casi áspera… y rodeada por un bosque que parecía no tener fin. Pero lo que realmente atrapaba la vista… Era el lago. Enorme. Tranquilo. Extendiéndose como un espejo interminable frente a la cabaña.
—Wow… —dijo Elena, avanzando unos pasos—. Ok… esto sí vale la pena.
Kip bajó del auto, cerrando la puerta.
—Está bien.
María giró de inmediato.
—¿“Está bien”? ¿Eso es todo?
—Estoy siendo moderado.
—Eres aburrido.
—Y tú exagerada.
Scott bajó más despacio. Miró la cabaña. Luego el lago. Luego el bosque. Y por un momento… todo lo demás desapareció.
—Me gusta —dijo, simplemente.
Kip lo miró de reojo.
—Lo sabía.
Adentro, la cabaña era incluso más simple. Todo madera. La cocina pequeña, pero funcional. Una mesa central con sillas desiguales. Un sofá viejo, ligeramente hundido. Y un olor tenue a madera húmeda y tiempo.
—Ok, esto tiene vibra de “si escuchamos un ruido, corremos” —dijo Elena, dejando su mochila.
—Gracias por tranquilizarnos —respondió Scott.
María ya estaba abriendo puertas.
—A ver… ¿cuántos cuartos hay aquí?
—Tres —dijo Kip, mirando alrededor—. Creo.
—Perfecto —respondió ella—. Yo quiero el más grande.
—Qué sorpresa —murmuró Elena.
—Lo dije primero.
—Eso no significa nada.
Scott caminó hacia el pasillo, abriendo una de las puertas.
—Este está decente.
—Ese es el pequeño —dijo Kip detrás de él.
—Entonces es mío.
—¿Seguro?
Scott se encogió de hombros.
—No necesito más.
Elena apareció en la otra puerta.
—Ok, este sí está mejor.
—Ese era el mío —dijo María de inmediato.
—Llegué primero.
—No, yo lo vi primero.
—No funciona así.
—Sí funciona así.
—No funciona así.
Kip soltó una risa.
—¿Quieren que lo resolvamos como adultos o como ustedes normalmente hacen?
—Como siempre —respondieron ambas al mismo tiempo.
Scott negó con la cabeza, apoyándose contra la pared.
—Esto va a ser divertido.
Unos minutos después, ya todo estaba medio decidido. Elena con el cuarto grande. María en el otro. Scott levantó a Kip… y se lo llevo cargando entre sus brazos al cuarto, sin discutirlo demasiado.
Viéndose fijamente a los ojos. Sin decir mucho. Solo sintiendo esa sensación de amor que habían escuchado antes en las películas de Disney.
—Oigan —dijo Elena desde la sala—. Vengan a ver esto.
Scott salió del pasillo, seguido por los demás. Elena estaba agachada frente a una de las paredes, tocando lo que parecía una parte irregular de la madera.
—Esto no es normal —dijo.
Kip se acercó.
—¿Qué es?
—No sé… pero mira esto.
Presionó ligeramente… y una pequeña sección de la pared se abrió con un clic suave.
—No… —murmuró María.
—Ok, esto ya me gusta —dijo Scott.
Era un compartimento escondido. Pequeño. Antiguo. Dentro había algunas cosas olvidadas: un libro viejo, una linterna, un par de objetos que probablemente llevaban años ahí.
—Esto sí parece película de miedo —dijo María—. ¿Y si hay algo más?
—Relájate —respondió Kip—. Es solo una cabaña vieja.
—Eso es lo que dicen antes de que algo pase.
Scott tomó el libro, hojeándolo por encima.
—Tranquila. Si pasa algo… yo voy primero.
—Gracias, qué considerado —respondió Elena.
—Siempre.
Más tarde, el ambiente cambió. Las maletas ya estaban abiertas. Los espacios ocupados. Todo empezaba a sentirse… habitado.
—Ok —dijo María, sacando una caja—. Traje esto.
—¿Qué es? —preguntó Kip.
—Cartas.
Elena sonrió.
—Perfecto.
Se sentaron alrededor de la mesa. El juego empezó simple. Reglas rápidas. Rondas cortas. Comentarios cada vez más sueltos.
—No puedes hacer eso —dijo Kip.
—Claro que puedo —respondió María—. Está en las reglas.
—No está.
—Lo acabo de inventar.
—Entonces no cuenta.
—Cuenta porque soy yo.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene todo el sentido.
Scott observaba más que jugaba. Pero cada vez intervenía más. Cada vez se reía más. Cada vez… estaba más adentro.
—Ok, esto está arreglado —dijo Elena—. María está haciendo trampa.
—No estoy haciendo trampa.
—Estás haciendo lo que quieres.
—Es diferente.
—No lo es.
Scott apoyó los codos sobre la mesa, sonriendo.
—Me gusta este grupo.
Kip lo miró.
Y por un segundo… no dijo nada.
Solo lo sostuvo.
El tiempo pasó sin que nadie lo notara.
Hasta que…
—Tengo hambre —dijo María, dejando las cartas.
—Yo también —añadió Elena.
Scott se estiró ligeramente.
—Perfecto. Vamos a cocinar antes de que alguien se coma los snacks.
—Ya es tarde —respondió Elena—.
—Se nota.
Kip se levantó.
—Ok, hagamos algo simple.
—Simple es la palabra clave —dijo María—. No esperen milagros.
Scott tomó aire, levantándose.
—Yo me encargo de la carne.
—Confianza nivel alto —respondió Elena.
—No te preocupes —añadió Kip—. Lo hace bien.
Scott lo miró.
—Gracias por el voto de confianza.
—Siempre.
La cocina se llenó otra vez de movimiento.
—Ok, pero esto no es una ensalada —dijo María, mirando el bowl—. Esto es… un caos.
—Es una ensalada moderna —respondió Elena sin levantar la vista—. Evoluciona.
—Tiene fresas.
—Sí.
—¿Y queso?
—Sí.
—¿Y nueces?
—Sí.
María la miró fijamente.
—Esto no tiene sentido.
—Tiene todo el sentido. Es balance.
—Esto es confusión.
Kip, apoyado en la barra de la cocina, soltó una risa.
—Déjala. Si sabe bien, funciona.
—Exacto —añadió Elena.
—No, no, no —insistió María—. La cocina tiene reglas.
Scott, apoyado cerca de la puerta, intervino:
—Ese es el problema. Creer que todo tiene que seguir reglas.
María giró.
—¿Estás de su lado?
—Estoy del lado de comer.
Elena levantó el cuchillo como si hubiera ganado algo.
—Gracias.
—Traidor —murmuró María.
—Siempre.
El ambiente seguía ligero. Cómodo. Alguien más abría otra bolsa de snacks sin permiso. Las conversaciones se cruzaban sin orden, pero sin perderse. Kip se movía entre ellos, ayudando aquí y allá, con esa facilidad que parecía natural en él. Llevaba una gorra que apenas le cubría el cabello… y le quedaba ridículamente bien. Scott lo notó.
—Voy afuera —dijo finalmente, tomando la bandeja de carne—. Antes de que alguien la toque.
—Nadie quiere arruinarla —respondió Elena.
—Eso espero.
Afuera, el aire era más frío. El tipo de frío que no molesta… pero se siente. Aun así, Scott no parecía afectado. Short corto. Chanclas. Nada más. Como si el clima no tuviera nada que ver con él.
Encendió la parrilla con calma. El fuego comenzó a tomar forma, iluminando ligeramente el espacio frente al lago. El agua reflejaba destellos suaves, moviéndose apenas. Scott colocó la carne. El sonido inmediato. Ese chisporroteo limpio. Respiró hondo. Por un segundo… solo eso.
Adentro, María dejó de cortar.
Miró a Kip.
Luego miró a Elena.
—Amigo…
Kip levantó la vista.
—¿Qué?
Elena se cruzó de brazos, sonriendo apenas.
—Estás en un problema enorme.
Kip frunció levemente el ceño.
—¿Qué problema?
María negó con la cabeza, como si fuera obvio.
—Estás demasiado enamorado de ese hombre.
El silencio cayó por un instante. Kip no respondió. No se defendió. No lo negó. Solo… miró hacia la puerta. Hacia afuera. Donde Scott estaba, concentrado, girando la carne con calma, completamente ajeno a la conversación. Sus ojos se quedaron ahí. Fijos. Su expresión cambió apenas. Algo más suave. Más honesto. Y entonces, casi en un susurro:
—Era todo lo que había pedido en mi vida…
Exhaló.
—…y la vida me dio más de lo que podía imaginar.
María lo miró. Elena también. Pero ninguna dijo nada. Porque no hacía falta.
Un rato después, los cuatro estaban afuera. Platos en mano. Comida sencilla. Sin orden, sin formalidad. Comieron entre comentarios sueltos, pequeñas bromas, silencio cómodo. Nada forzado. Nada pesado. Solo… bien.
Cuando terminaron, nadie se movió de inmediato. El fuego seguía encendido. El lago tranquilo. El cielo completamente oscuro ahora.
—Ok… —dijo Scott, mirando alrededor—. ¿Quién encontró este lugar?
Elena levantó una mano, orgullosa.
—Obviamente yo. Hola.
—Tenía que ser —añadió María.
—Lo vi y dije: esto es perfecto. Medio aislado, medio sospechoso, pero con vista increíble.
—Definitivamente tiene vibra de “algo pasa aquí” —dijo Scott.
—Exacto. Eso le da encanto.
—Buen trabajo —murmuró Kip.
Elena sonrió.
—Lo sé.
Scott dejó escapar un bostezo. Pequeño. Pero suficiente. María lo captó de inmediato. Miró a Elena.
—Oye…
—¿Qué?
—Vamos adentro.
—¿A qué?
—Rutina para el cuidado de nuestra piel.
Elena la miró un segundo… y luego entendió.
—Ah. Claro.
Se levantaron casi al mismo tiempo.
—Chicos —dijo María—. No hagan nada raro.
—No prometemos nada —respondió Scott.
—Nunca lo hacen —añadió Elena.
—Está muy bonito aquí afuera… —dijo María, ya caminando— pero vamos.
—Sí, mejor —respondió Elena.
Entraron. La puerta se cerró.
Silencio. Otra vez. Pero distinto. Más profundo.
Scott se recostó sobre las piernas de Kip, mirando el fuego. Kip se quedó quieto, observándolo. Sobando suavemente su cabeza. Por unos segundos… ninguno habló.
—Oye… —dijo Scott finalmente.
Kip bajó la mirada.
—¿Sí?
Scott dudó. No mucho. Pero lo suficiente.
—¿Alguna vez pensaste… que ibas a tener esto?
Kip volteó a ver hacia arriba. Miró de un lado a otro. Y respondió.
—¿Esto?
Scott hizo un gesto vago.
—Esto. Tranquilidad. Estabilidad. Algo… real.
Kip bajó la mirada al fuego.
—No —respondió después de unos segundos—. No así.
Explicó.
—Yo tampoco —murmuró Scott.
El fuego crujió suavemente.
—Cuando era más joven… —continuó Scott, más bajo—, todo era distinto.
Kip no interrumpió.
—Perdí a mis padres muy temprano —añadió—. Y desde ahí… todo se volvió más rápido. Más… frío.
Pausa.
—Aprendes a no depender de nadie.
Kip lo miró. Con atención.
—Y funciona —continuó Scott—. Hasta que un día… ya no quieres que funcione así.
El silencio se instaló entre ellos. Pero no pesaba. Se sostenía.
—¿Y ahora? —preguntó Kip.
Scott levantó la mirada.
Lo miró directo.
—Ahora… no quiero hacer nada solo.
Kip no respondió de inmediato. Pero algo en su expresión cambió. Se suavizó.
—No tienes que hacerlo —dijo finalmente.
Scott dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Eso parece.
Pausa.
—¿Y tú? —preguntó Scott—. ¿Qué querías cuando eras niño?
Kip pensó un momento.
—Algo simple —respondió—. Estar bien. Tener a alguien. No complicarme.
Scott inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y ahora?
Kip lo miró directo.
—Lo tengo.
Silencio largo. Scott sostuvo su mirada. Y esta vez… no hubo duda.
El fuego seguía ardiendo. El lago seguía en calma. Pero algo entre ellos… había cambiado.