8. LO QUE NUNCA SE DIJO
El ventilador del techo daba vueltas despacio, moviendo el aire caliente sin cambiar mucho las cosas. La luz entraba por los vitrales y caía en franjas de colores sobre las bancas de madera, sobre los hombros de la gente, sobre las manos juntas de quienes oraban en silencio.
João estaba sentado entre su abuela y su hermana. Recto. Quieto. Como siempre.
Su abuela seguía el sermón con atención. Su hermana, en cambio, ya empezaba a moverse de un lado a otro, aburrida, mirando a la gente, cruzando y descruzando los pies.
—Fica quieta, menina —murmuró la abuela sin alzar mucho la voz.
Y continuarían hablando en portugués.
La niña hizo una mueca, pero se quedó más tranquila. João no dijo nada.
Desde esa banca, el ángulo era el correcto. Siempre intentaba sentarse ahí. No porque estuviera más cerca del frente. No porque escuchara mejor. Simplemente desde ahí podía mirar con claridad hacia el lugar donde su atención terminaba yéndose una y otra vez, casi sin darse cuenta. Y cuando otra familia ocupaba ese lugar antes que ellos, algo en él no terminaba de acomodarse. Permanecía intranquilo. Entonces buscaba la manera de acomodarse, de inclinarse apenas, de encontrar otra vez el ángulo exacto de visión. Quizás era una tontería. O al menos eso se decía a sí mismo. Aun así, lo hacía cada vez.
Su mirada volvió a quedarse fija. No parpadeaba mucho. No se movía. Se quedaba ahí, como si algo en ese punto le resultara imposible ignorar.
—João.
La voz de su abuela lo hizo reaccionar. Él giró un poco la cabeza.
Ella lo estaba viendo con calma. No seria. No dura. Solo atenta.
—Meu filho, tá tudo certo?
Y continuarían hablando en portugués.
João tardó un segundo en responder.
—Sí, abuela. ¿Por qué preguntas eso?
La abuela lo siguió mirando unos segundos más y le murmuró:
—Hijo, mira: la vida siempre tiene dos lados.
—¿Cómo así?
—Un lado bueno… y el otro.
—¿Y siempre es así?
—Casi. Pero a veces uno puede escoger a cuál ponerle más atención.
—¿Y la gente puede hacer eso?
— De algún modo… pero no siempre es tan fácil.
—Creo que entendí. Pero si la gente puede escoger el lado bueno, ¿por qué escogería el otro?
—Tienes razón… es complicado de entender, ¿verdad? Y para mí también es difícil de explicar… y a veces, de identificar.
Ella bajó la voz todavía más, con esa forma tranquila de hablar que no asustaba a nadie.
—¿Hay algo de lo que quisieras hablar? ¿Algo que no estás entendiendo?
—¿De la escuela?
—No exactamente.
—¿Algo sobre ti… sobre la vida… algo que te pueda inquietar en este momento?
João se quedó pensando, sin responder.
—Si algún día hay algo importante que quieras platicar conmigo, algo que no estés entendiendo del todo… sabes que puedes hacerlo con confianza, ¿verdad?
João levantó levemente la cabeza.
—Sí, abuela… así será.
Ella le acarició una vez el brazo, apenas. Nada exagerado. Un gesto corto, pero lleno de mucho amor. Después volvieron la vista al frente.
João, con tan solo once años, no entendió casi nada de lo que su abuela quería decir. Pero le tomó un poco más volver a encontrar ese mismo ángulo. Y cuando lo hizo, se quedó ahí otra vez. Quieto. Sin mirar a otro lado. Sin parpadear.
Esa noche, la casa ya estaba en silencio. Su hermana dormía. Sus padres también. La televisión estaba apagada. Solo se oía, a lo lejos, el sonido de algún carro pasando por la calle y el crujido suave de la casa acomodándose en la noche.
João se arrodilló al lado de la cama. Apoyó los brazos sobre el colchón y bajó la cabeza. Se quedó callado unos segundos antes de empezar, como si estuviera acomodando sus ideas.
—Dios…
Respiró hondo.
—Gracias por este día.
Hizo una pausa.
—Gracias por la comida. Gracias porque a mis papás no les falta trabajo. Gracias por mi mamá… por la paciencia que siempre tiene conmigo.
Tragó saliva y siguió, en voz baja.
—Gracias por mi abuela… porque me quiere mucho. Y gracias por mi hermana también… aunque a veces sea necia.
Una sonrisa pequeña, apenas visible, le cruzó la cara por un segundo.
—Pero yo la amo.
Volvió a ponerse serio.
—Gracias por la casa. Por lo que tenemos. Porque no nos falta comida. Porque estamos juntos.
Se quedó callado unos segundos más. Ahí fue donde cambió su tono. No mucho. Solo un poco. Más lento. Más cuidadoso.
—Y… también quería pedirte algo.
Miró un punto fijo del colchón.
—Hay cosas que todavía no entiendo.
Sus dedos se juntaron con más fuerza.
— No sé si estoy pensando de más. No sé si estoy viendo bien las cosas o no.
Respiró hondo.
—Solo quiero que me muestres el camino correcto.
Su voz salió más baja al decir lo siguiente.
—No quiero pecar contra ti. No quiero hacer algo que esté mal delante de tus ojos. Pero hay cosas dentro de mí que no sé cómo acomodar… y no quiero equivocarme.
Se quedó en silencio. Cerró los ojos con fuerza por un instante.
—Pero por favor… no me dejes solo con esto.
Después de eso no dijo nada más.
Años más tarde, en Ottawa. João estaba en su cuarto, sentado en el borde de la cama, todavía con la camiseta de entrenamiento. El celular vibró. Sofía.
—¿Qué pasó?
—Oye, idiota… ¿vas a venir o me voy a tener que regresar sin verte?
João se sorprendió.
—¿De qué hablas?
—Estoy en Ottawa.
Volteó a ver hacia la calle, por la ventana.
—¿Qué?
—Estoy en Ottawa —repitió, riéndose—. Y hace frío. Así que muévete.
João se puso de pie de inmediato.
—¿Cómo que estás aquí? ¿Por qué no me dijiste?
—Porque te conozco.
—¿Dónde estás?
—Te mandé la ubicación. Y ven con hambre.
Colgó.
João negó con la cabeza, pero ya estaba buscando una chaqueta.
—Idiota… —murmuró, sonriendo.
El restaurante era pequeño, pero lleno de vida. Luz cálida, mesas de madera, música brasileña suave de fondo. El olor era inconfundible. Carne, ajo, algo tostado… algo que se sentía como casa.
Sofía estaba sentada al fondo, revisando el menú.
João la vio un segundo antes de acercarse. Ella no necesitaba maquillaje para verse bien. Su piel era limpia, uniforme, y el cabello oscuro caía con naturalidad sobre los hombros, como si no necesitara esfuerzo para acomodarse. Llevaba algo sencillo —un abrigo claro, unos aretes pequeños—, pero en ella todo se veía fino sin intentar serlo.
Habían personas que llamaban la atención. Y luego estaba Sofía. De alguna manera, en esa familia, eso era normal.
—Llegaste.
—Obviamente —respondió él, acercándose—. ¿Qué haces aquí?
Se inclinaron apenas para saludarse.
—¿Ni un abrazo?
—Ya te vi. Eso cuenta. Y se rio.
—Qué frío eres.
—Y tú muy dramática.
Ella sonrió.
Se abrazaron muy fuerte.
Con doble beso en la mejía.
—Siéntate. Ya ordené.
—¿Qué pediste?
—Confía en mí.
João miró alrededor.
—¿Desde cuándo hay un lugar así aquí?
—Desde que no sales de tu rutina.
Llegaron los platos.
Una picanha jugosa, arroz, farofa, frijoles negros. Y dos vasos altos.
—Guaraná —dijo ella—. No me mires así.
João soltó una risa.
—Tenía años sin tomar esto.
—Exacto.
Chocaron los vasos.
—Salud.
—Por mí —dijo ella.
Comieron unos minutos. Tranquilos. Saboreando la carne y el sabor de la bebida.
—Entonces —dijo João—. ¿Qué haces aquí de verdad?
Ella dejó el tenedor.
—Me voy.
João levantó la vista.
—¿A dónde?
—Me aprobaron la beca.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Dónde?
—Tokio.
João sonrió, sorprendido.
—¿Japón?
—Japón.
—Wow…
—Lo sé.
—¿Cuándo?
—La próxima semana.
João bajó la cabeza.
—Te lo mereces.
—Obvio.
—Papá ya debe estar moviendo contactos.
—Desde ayer.
—Y mamá organizando tu vida espiritual sin que se lo pidas.
—Literal.
Ambos rieron.
—Pero tú tranquilo —dijo ella—. Tú nunca te vas a quedar sin opciones.
João negó con la cabeza.
—No es tan simple.
—Para nosotros sí… pero tú nunca has sido de escoger lo fácil.
Un camarero se acercó.
—¿Todo bien por aquí?
—Sí, todo perfecto —respondió Sofía—. Gracias.
—¿Algo más de tomar?
—Por ahora no.
El camarero se retiró.
En ese momento, una chica pasó cerca de la mesa. Sofía la siguió con la mirada.
—Oh mi Dios…
João levantó una ceja.
—¿Qué?
—Qué linda esa menina…
João miró de reojo, sin mucho interés.
—Te apuesto lo que quieras a que es brasileña.
—¿Por qué?
—No sé… se le nota.
João soltó una risa leve.
—Tú ves brasileños en todos lados.
—Porque estamos en todos lados.
Se quedaron en silencio un segundo. Más ligero. Más suelto.
—¿Te acuerdas cuando querías regresarte a Brasil? —dijo ella de repente.
João soltó una risa inmediata.
—¡Cállate!
—Compraste un boleto con la tarjeta de papá.
—Tenía catorce años.
—¡Y armaste la maleta!
—Porque me iba.
—Le dijiste: “llévame al aeropuerto, me voy con la abuela”.
João negó con la cabeza, riéndose.
—Lo decía en serio.
—Lo sé.
La risa bajó.
—No fue fácil —dijo João, más tranquilo.
Ella negó.
—Nada fácil.
—No entendía nada… el idioma, la gente…
—Y los niños.
João apretó un poco la mandíbula.
—Sí.
—Me acuerdo de que llegabas callado.
Él no respondió.
—Pero te quedaste.
João levantó la vista.
—No tenía opción.
—Sí tenías —respondió ella—. Pero te quedaste.
Silencio leve.
—Y mírate ahora.
João soltó aire.
—Supongo.
—No. Lo hiciste bien.
Pequeña pausa.
—Muy bien.
Ella lo miró.
Esta vez más directo.
—¿Y tú?
João levantó la vista.
—¿Yo qué?
—¿Estás bien?
—Sí.
Ella no dijo nada. Esperó.
—Estoy bien —repitió él.
—¿Y… hay alguien más en tu vida?
João bajó la mirada.
Sofía apoyó el tenedor sobre el plato.
—Espera.
João siguió mirando el menú sin necesidad alguna de seguir leyéndolo.
—¿Qué?
—Hay alguien.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Demasiado automática.
Sofía sonrió.
—João.
—No hay nadie.
Tomó un sorbo de agua. Se atragantó apenas.
Nada grave. Pero suficiente para que ella levantara una ceja.
—Claro.
—Estoy hablando en serio.
—Y yo también.
João bajó la mirada hacia la mesa. Por primera vez desde que habían llegado parecía no saber exactamente qué hacer con las manos.
Las juntó. Luego las separó. Terminó acomodando una servilleta que ya estaba perfectamente acomodada.
—No sé de qué hablas.
—Mentiroso.
João soltó una risa corta nerviosa. Inusual.
Miró hacia una mesa cercana. Luego hacia la ventana. Luego volvió a ella. Como si estuviera buscando una salida. Y eso fue precisamente lo que llamó la atención de Sofía.
—Dios mío... —murmuró ella.
João cerró los ojos un segundo.
—No empieces.
—No puedo creerlo.
—Sofía.
—¿Quién es?
—Nadie.
—Entonces ¿por qué actúas tan raro?
João abrió la boca para responder.
Y se quedó en silencio.
Un segundo.
Dos.
Demasiado tiempo.
La sonrisa de Sofía desapareció lentamente. No porque estuviera preocupada. Sino porque estaba sorprendida. De verdad sorprendida. Conocía a su hermano desde que tenía memoria. Lo había visto ganar campeonatos. Lesionarse. Superar momentos difíciles. Pero aquello... Aquello era distinto. Porque no parecía miedo. No parecía vergüenza. Parecía confusión.
João bajó la vista. Una pequeña sonrisa apareció en el borde de sus labios antes de desaparecer otra vez.
—Ni siquiera sé qué piensa de mí.
Y esa respuesta. Más que cualquier nombre. Fue la que terminó de confirmar todo.
Sofía lo observó unos segundos. Curiosa. Pensativa. Preguntándose quién podía estar provocando algo así en él. Porque fuera quien fuera... ya ocupaba más espacio en la cabeza de João del que él estaba dispuesto a admitir.
Mientras tanto en el grupo familiar…
Ilya:
(Imagen)
(Imagen)
(Imagen)
Ilya:
Firmado.
Yuna:
😱😱😱
¡Ilya!
David:
¿Ese es el nuevo apartamento?
Ilya:
Sí.
Shane:
…
Ilya:
Di algo, Hollander.
Shane:
Estoy procesando.
Ilya:
No es tan difícil.
Shane:
Sí lo es cuando todas las opciones estaban feas.
Ilya:
😂
Shane:
Este…
—pausa—
es el menos peor.
Ilya:
Gracias por tu apoyo.
Yuna:
A mí me encanta.
Se ve muy acogedor.
David:
Buen espacio.
Ilya:
(Imagen)
Sala.
Yuna:
¡Qué bonita!
David:
Ese sillón reclinable… ese es mío.
Ilya:
😂
Cuando quieras.
Shane:
Ni se te ocurra.
Ilya:
¿?
Shane:
Ese sillón es mío.
David:
No, estas muy joven. Eso es para un señor mayor.
Yuna:
😂😂😂
Ilya:
Vamos a tener que comprar otro.
Shane:
Exacto.
Ilya:
(Imagen)
Vista.
Yuna:
😱
¡Qué lindo!
David:
Tiene buena vista.
Shane:
Está decente.
Ilya:
“Decente”.
Shane:
Para estándares tuyos.
Ilya:
(Imagen)
Cuarto extra.
Yuna:
¿Tiene dos habitaciones?
Ilya:
Sí.
Ilya:
Para cuando vengan a visitarnos.
Yuna:
😱
David:
Perfecto.
Shane:
¿Para nosotros o para tu colección de cosas inútiles?
Ilya:
Para nosotros.
Pausa.
Ilya:
Y también hay espacio suficiente para un perro.
Shane:
Ni se te ocurra.
Ilya:
😂
Yuna:
¿Van a tener un perrito?
Shane:
NO.
Ilya:
Sí.
Shane:
No.
Ilya:
Sí.
David:
Esto lo deberían discutir en privado.
Yuna:
Sí, por favor 😂
Yuna:
Por cierto… ese jugador nuevo.
David:
¿Quién?
Yuna:
El rookie. João Costa.
David:
Ah, sí.
Yuna:
Se está destacando mucho.
Shane:
Está solo teniendo una buena racha.
Yuna:
No sé… tiene algo. Su manera de jugar es muy buena. No quiero decirlo de esta manera, pero puede superarlos a ustedes. No se dejen. Por favor. Que se joda.
David:
Amor, nunca quieres perder. Ni una sola vez.
Yuna:
Hijo, ¿Cómo es él en los entrenamientos?
Ilya:
Bien.
Pausa.
Yuna:
¿Te agrada?
Ilya:
Es un tipo más del equipo.
Shane:
Parecieran ser cercanos ahora.
Yuna:
Entonces sí es tan bueno como dicen.
Ilya:
Sí.
Yuna:
¿Y es buena persona?
Hubo una pausa breve.
Más larga de lo normal para una pregunta tan simple.
Ilya:
A veces no habla mucho. Pero a veces habla mucho.
Creo que sí, es buena persona.
Yuna:
Me alegra que se lleven bien.
David:
Con talento y disciplina ya tiene media carrera hecha.
Ilya:
Tiene más que eso.
Es muy bueno, aunque nunca se lo diré, pero él ya lo sabe.
El mensaje apareció en la pantalla. Y por un segundo, nadie respondió. Ni siquiera Shane. Porque no era la frase. Era quién la había escrito.
Durante años, Shane había escuchado a Ilya hablar de entrenadores, de sistemas de juego, de estadísticas, de partidos y de rivales. Pero casi nunca de personas. Mucho menos de compañeros de equipo.
El teléfono vibró nuevamente. La conversación siguió avanzando. Yuna preguntando otra cosa. David haciendo algún comentario. Ilya respondiendo con normalidad. Pero Shane ya no estaba leyendo realmente.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando la pantalla apagada unos segundos más. Volvió a tomar el teléfono.
Shane bloqueó la pantalla.
Y por primera vez en mucho tiempo, se preguntó qué era exactamente lo que Ilya no estaba diciendo.