13. LA PREGUNTA
Ilya no tocó dos veces. Una sola vez. Precisa.
—La puerta se abrió casi de inmediato.
João apareció con la misma camisa, el primer botón abierto, el cabello ligeramente desordenado… como si ya no estuviera en modo público.
—Pensé que no vendrías —dijo, con una sonrisa leve.
Ilya alzó la caja.
—No tuve tiempo para algo mejor.
João miró el pastel.
Y por un segundo…
no dijo nada.
—Muchas gracias —murmuró.
Se hizo a un lado.
—Pasa.
El apartamento estaba en silencio. No frío. Había un silencio cómodo. La luz cálida. Un orden impecable. Un par de cuadros en la pared… fotos. Familia. Ilya las notó sin querer. Una mujer sonriendo —su madre. Un hombre más serio. Una chica joven muy hermosa… parecida a él.
—¿Tu familia? —preguntó Ilya, casi sin pensarlo.
João asintió desde la cocina.
—Sí.
—No me sorprende. Ustedes son muy cercanos.
João no respondió de inmediato.
—Lo somos.
Ilya asintió.
No dijo nada más.
—¿Vodka? —preguntó João, sacando dos vasos.
—Claro.
—No muy fuerte —añadió João—. No quiero que arruines tu carrera por una estupidez.
Ilya soltó una risa leve, caminando hacia la ventana. La vista era distinta desde ahí. Más alta. Más privada.
—No vine manejando —respondió.
João lo miró.
—¿No?
—Uber —dijo Ilya, apoyándose en el vidrio—.
Ofreciste vodka… no voy a perder todo por algo así. João asintió, aprobando. Sirvió las copas. Se acercó. Por un segundo… sus manos casi se rozaron al entregar el vaso. Ambos lo notaron. Ninguno dijo nada. Se sentaron.
—¿Siempre eres así de… organizado? —preguntó Ilya, mirando alrededor.
João sonrió apenas.
—¿Te incomoda?
—No —respondió Ilya—. Solo… no es lo que esperaba.
—¿Y qué esperabas?
Ilya se encogió de hombros.
—No sé… menos perfecto.
João soltó una pequeña risa.
—Eso es lo que ves.
Se callaron por un momento.
—Conecta tu celular —dijo João, señalando el speaker—.
Pon música.
—Está bien así.
—No.
João lo miró directo.
Sin presión… pero firme.
—Prefiero que pongas lo que te gusta.
—Es tu cumpleaños.
—Por eso.
Una pausa leve.
—Ese sería un buen regalo.
Ilya lo miró un segundo más de lo necesario.
—Eres raro.
—Lo sé.
Ilya soltó una risa corta. Y conectó el teléfono. La música cambió.
Más lenta. Más profunda. El ambiente se cerró.
—¿Siempre celebras así? —preguntó Ilya.
João negó.
—No celebro.
—¿Nunca?
—No me gusta la atención —respondió—.
Se vuelve… demasiado.
Ilya lo observó.
—No parece.
—Es diferente cuando no lo eliges.
Se miraron. Un poco más de lo normal.
La comida llegó más rápido de lo que Ilya había esperado. Nada sofisticado. Nada ceremonioso. João había pedido algo simple —un par de entradas, pasta para compartir, pan caliente y una tabla pequeña con quesos, aceitunas y algo de bocadillos que Ilya no reconoció de inmediato—, pero todo estaba bien presentado, como si incluso en lo cotidiano necesitara que las cosas tuvieran cierto orden, cierta intención.
—No me mires así —dijo João al notar su expresión—. No cocino mal, pero en mi cumpleaños no pienso lavar nada.
Ilya soltó una risa nasal.
—Sabia decisión.
—Gracias. Intento tomar al menos una al año.
Ilya negó con la cabeza, divertido, mientras se sentaba otra vez.
La música seguía sonando a un volumen bajo. Afuera, la ciudad brillaba detrás de los ventanales. Adentro, el apartamento se sentía cada vez más pequeño. No por falta de espacio, sino por otra cosa. Por la atención. Por la forma en que el silencio entre frases ya no pesaba raro. João le sirvió un poco más de vodka.
—Te estoy consintiendo demasiado —dijo Ilya, levantando apenas la copa.
—Es mi cumpleaños. Me toca decidir.
—Eso suena peligroso. No te acostumbres.
João sonrió. No fue una sonrisa grande. Fue peor. De esas pequeñas, contenidas, casi privadas, que parecían durar más de lo normal porque no desaparecían del todo. Comieron tranquilos al principio. Sin prisa. Sin necesidad de llenar cada segundo con palabras. Ilya probó un bocado de la pasta y lo miró.
—Ok. Esto está bueno.
—¿Solo bueno?
—No arruines el momento.
—Quiero que quede claro que podrías haber celebrado mi cumpleaños con alguien menos difícil.
Ilya soltó una risa corta.
—Podrías haber invitado a alguien más fácil, entonces.
—Podría —dijo João, tomando un sorbo—. Pero no quise.
La frase cayó entre los dos con una suavidad extraña. No fue directa. No sonó cargada. Y aun así, Ilya levantó la mirada. João ya estaba viéndolo. No como en la pista. No como en el brunch. No como rival. Lo estaba mirando de verdad.
Ilya sostuvo la mirada un segundo más de lo prudente antes de bajar la vista al plato.
—Tienes una manera rara de hablar —murmuró.
—¿Eso es algo ruso o algo tuyo?
—Las dos.
João dejó escapar una risa.
—Bien. Entonces todavía estoy a tiempo de aprender a descifrarte.
—Buena suerte con eso.
—Nunca me ha ido tan mal con los retos.
—Sí, eso ya lo noté —dijo Ilya, esta vez sin esconder el tono seco—. En el hielo. Bailando. Posando como si te hubieran diseñado en un laboratorio.
João se rio de verdad esta vez. Una risa limpia. Bastante sorprendido.
—¿Posando como si me hubieran diseñado en un laboratorio?
Ilya se encogió de hombros, bebiendo un poco.
—Sabes exactamente a qué me refiero.
—No. Pero quiero seguir escuchándolo.
—No te emociones.
—Ya es tarde.
Hubo otro pequeño silencio.
João se recargó un poco más en la silla, observándolo con una curiosidad apenas disimulada.
—¿Siempre eres así con todo el mundo?
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras defendiéndote, aunque nadie te esté atacando.
Ilya dejó la copa sobre la mesa. La pregunta no lo molestó. Lo desarmó un poco.
—No eres como pensé —dijo Ilya después, más tranquilo.
João ladeó un poco la cabeza.
—¿Y cómo pensaste que era?
Ilya se limpió los dedos con una servilleta antes de responder.
—Más presumido. Más… insoportable.
—¿Y ahora?
Ilya lo miró. Podría haber esquivado la pregunta. Podría haber hecho una broma. No lo hizo.
—Ahora creo que eres peor.
João soltó una risa baja.
—Eso no sonó muy alentador.
—No lo era.
—¿Por qué peor?
Ilya sostuvo la copa entre los dedos, girándola apenas. Pensó en no decirlo. En dejarlo pasar. Pero el alcohol, la música, la noche… o tal vez João mismo, le habían bajado un poco la guardia.
—Porque pensé que eras solo talento, ego y suerte.
João no dijo nada. Solo lo dejó seguir. Ilya alzó la mirada.
—Y resulta que también eres agradable.
La sonrisa de João cambió apenas. Se volvió más suave. Más real.
—Vaya. Eso sí que parece un regalo.
—No te acostumbres tampoco a eso.
—Demasiado tarde otra vez.
Ilya negó con la cabeza, pero ya no estaba peleando el gesto. Había algo absurdamente fácil en esa conversación. Algo que lo descolocaba más que cualquier tensión evidente. Porque no había que empujar nada. No había que fingir interés. No había que sostener una imagen. Simplemente estaba ahí. Sentado con él. Comiendo, tomando, hablando de cosas pequeñas que en otro contexto habrían sido insignificantes. Hablaron de tonterías. De ciudades feas con buenos equipos. De comidas que no parecían de atletas profesionales. De canciones ridículas que ambos conocían y fingieron odiar. De supersticiones absurdas antes de los partidos. Y de a poco, casi sin darse cuenta, dejaron de hablar del hockey.
João le preguntó cuál había sido el peor apartamento en el que había vivido. Ilya le contó, entre gestos secos y frases cortadas, de uno en el que la calefacción se rompió en pleno invierno y donde el vecino de arriba parecía arrastrar muebles a las tres de la mañana. João terminó riéndose tanto que tuvo que dejar la copa sobre la mesa.
—No te rías, fue una pesadilla.
—La forma en que lo cuentas lo mejora muchísimo.
—Eres fácil de entretener.
—Y tú eres mejor narrador de lo que aparentas.
—No aparento nada.
—Exacto —dijo João, mirándolo con esa media sonrisa otra vez—. Ese es tu truco.
Ilya frunció el ceño, pero no logró sostenerlo. La risa se le escapó igual. Después João le habló un poco de Brasil. No como quien vende una postal. No como quien presume. Lo habló como quien recuerda algo que le pertenece de verdad. La música en las calles. La gente metiéndose en tu vida sin pedir permiso. Los cumpleaños que no eran solo cumpleaños, sino excusa para llenar una casa, hacer ruido, cocinar demasiado y obligarte a sentirte acompañado.
—Allá es más difícil estar solo sin que alguien se dé cuenta —dijo, llevándose la copa a los labios—. Para bien o para mal.
Ilya lo observó. Bajó la vista a la mesa por un instante. Cuando volvió a levantarla, João seguía ahí, mirándolo. Sin apurarlo. Sin exigir nada. Solo presente.
Ilya extendió la mano hacia la tabla para tomar un trozo de pan al mismo tiempo que João hizo lo mismo. Sus dedos se rozaron. Apenas. Un toque mínimo. Ridículo, incluso. Y sin embargo, los dos se detuvieron. Solo un segundo.
João fue el primero en apartarse.
—Perdón.
—No pasa nada.
Pero sí había pasado. Porque Ilya sintió el roce quedarse más de la cuenta. Porque João bajó la mirada, como si también lo hubiera sentido. Porque de pronto ninguno de los dos pareció tener tanta urgencia por seguir comiendo.
La música siguió llenando el fondo. La ciudad seguía allá afuera. Pero adentro… algo había cambiado de temperatura.
—¿Sabes qué es lo más irritante de ti? —preguntó Ilya al cabo de un momento.
João alzó una ceja.
—Me encantaría escucharlo.
—Que todo te sale bien.
João soltó aire por la nariz.
—Eso no es verdad.
—Anotas. Bailas. Te ves como portada de revista sin proponértelo. Eres agradable cuando uno esperaría que fueras insoportable. Tienes una familia que te adora. Y encima hoy cumples veintitrés.
João lo miró con atención renovada.
—Eso sonó casi personal.
Ilya se encogió de hombros, incómodo consigo mismo.
João no respondió enseguida. Bajó la vista hacia la copa. La hizo girar apenas entre los dedos. El hielo chocó contra el cristal.
—Eso cree la gente.
Ilya soltó una sonrisa escéptica.
—¿No es verdad?
João negó despacio.
—Es más fácil pensar eso.
Silencio.
—Cuando alguien mete un gol importante... nadie pregunta cuántos falló antes.
Ilya no dijo nada.
João levantó apenas la mirada.
No sonreía.
—Ni cuántas horas pasó solo entrenando cuando el resto ya estaba en casa.
La música siguió sonando de fondo. Suave. Casi como si también esperara.
—El talento existe —dijo Ilya al fin—. No todo puede aprenderse.
João apoyó los codos sobre la mesa.
Pensó un instante antes de responder.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Pero a veces la palabra "talento" es una forma elegante de no mirar el trabajo de alguien.
Ilya sostuvo la copa sin beber. No esperaba esa respuesta.
João dejó escapar una risa pequeña, casi avergonzada.
—Perdón.
A veces me gana ese tema.
Ilya ladeó apenas la cabeza.
—¿Te molesta?
João respiró por la nariz.
—Un poco.
Miró un instante hacia la ventana.
—No porque piense que soy mejor que nadie.
Sino porque hubo mucha gente que estuvo conmigo cuando nadie estaba mirando.
Mi familia.
Mis entrenadores.
Mis amigos.
Ellos también están en cada gol.
Pero la gente solo ve...
—...al que celebra.
Los dos se quedaron callados.
João levantó la vista.
Una sonrisa muy pequeña apareció en la comisura de sus labios.
—Exactamente.
Ilya bebió un poco de vodka.
—Supongo que nosotros hacemos lo mismo.
—¿Con quién?
—Con todos.
Vemos cinco minutos y creemos conocer toda una vida.
Ninguno volvió a hablar durante unos segundos.
La conversación no había terminado mal pero tampoco había dejado a ninguno exactamente donde empezó.
—Ya —dijo Ilya al fin, más bajo—. Bueno… no pareces alguien que se rompa fácil.
—Tú tampoco.
La respuesta fue inmediata. Demasiado inmediata. Se quedaron viendo otra vez. Esta vez sin bromas. Sin escapar enseguida. Ilya sintió algo extraño. No exactamente paz. Pero sí una especie de descanso mental. Como si, por un rato, pudiera dejar de cargar ciertas cosas encima. Como si no tuviera que ser el de siempre. Como si no tuviera que pensar en hockey, ni en secretos, ni en lo que debía hacer o no hacer. Solo estar ahí. Con otro hombre que, por alguna razón, tampoco parecía querer que el momento terminara. Fue entonces cuando Ilya se dio cuenta de algo inquietante: hacía rato que no pensaba en el tiempo. Y eso, en él, era rarísimo.
—Tu cumpleaños está siendo mucho más decente de lo que esperaba —dijo, rompiendo al fin el silencio.
João sonrió.
—¿Ese es otro cumplido ruso?
—No abuses.
—Lo intento, pero me lo estás poniendo fácil.
Ilya negó con la cabeza, sonriendo apenas. Y justo en ese momento, cuando el ambiente ya se había ablandado lo suficiente como para volverse peligroso… el celular vibró sobre la mesa. Boca abajo. Ilya exhaló.
—Un segundo.
Se levantó. Caminó unos pasos. Contestó.
—¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? —repitió Shane, alterado—.
Dime tú qué pasa.
Ilya frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—Del video.
—¿Qué video?
—No te hagas —la voz subió—.
El maldito video en una terraza donde estás cerca de él. Muy cerca de él. Ilya se quedó en silencio.
—¿Dónde viste eso?
—Lo vi en TikTok —respondió Shane—.
¿En dónde estás?
—Shane—
—No, contéstame —insistió—.
¿Son cercanos? ¿Hablan más de lo normal? ¿Desde cuándo?
Ilya miró de reojo hacia João.
—No puedo hablar ahora.
—Claro que puedes —la voz tembló—.
¿Por qué no puedes?
Ilya apretó la mandíbula.
—Estoy con él.
Silencio.
—¿Con quién?
—Con João.
Otro silencio.
Más pesado.
—¿Dónde?
Ilya dudó.
Un segundo.
—En su apartamento.
—¿Qué?
—Es su cumpleaños —dijo Ilya, rápido—.
Estaba solo.
—¿Estás solo con él?
—Sí.
La respiración de Shane cambió.
—Ilya… —su voz bajó—.
Eso no está bien.
—No es lo que crees.
—¿Qué quieres que crea? —respondió—.
No me avisas que irías, ni tampoco que eran tan cercanos.
Siempre que te pregunto me evades el tema.
Ilya cerró los ojos un segundo.
—Te llamo luego.
—No. Hablemos ahora.
—Shane—
—¿Te gusta? —soltó de golpe.
Ilya abrió los ojos.
—¿Qué?
—¿Te gusta?
Otro silencio, de esos que no se explican.
—Estás diciendo tonterías.
—Entonces dime qué haces ahí.
Ilya respiró hondo.
—Te llamo luego.
—Ilya, no—
Cortó. Se quedó quieto. Respirando.
Cuando regresó, João lo miró.
—¿Todo bien?
Ilya asintió.
—Sí… perdón.
Tomó el vaso. Bebió.
—¿El baño?
João señaló.
—Ahí.
Ilya caminó sin mirar atrás. La puerta del baño se cerró… y el sonido del agua quedó como un murmullo lejano. El teléfono quedó sobre la mesa. Pantalla encendida. João lo miró. No debería. Pero lo hizo. Lo tomó.
Última llamada:
Jane.
Algo no encajó.
Abrió los mensajes.
Corazones.
“Te extraño.”
“¿Llegaste bien?”
“Llámame cuando puedas.”
Su respiración se tensó.
Entró a mensajes:
Grupo llamado Familia.
Deslizó.
Fotos.
Ilya.
Shane.
Juntos.
Una donde Shane dormía, sin camisa, boca abajo.
Otra donde Ilya lo abrazaba por detrás.
Otra… un beso.
No había duda.
João tragó saliva.
Abrió la galería.
Más.
Demasiado.
Momentos íntimos.
Reales.
Privados.
Está con él.
Y no era algo pasajero.
Era… serio.
João dejó el teléfono inmóvil entre las manos.
No volvió a deslizar la pantalla.
Ya había visto suficiente.
Su mente empezó a hacer algo que no podía detener.
El estacionamiento.
Las veces que Ilya mencionó a Shane sin detenerse demasiado en el nombre.
La llamada de hacía apenas unos minutos.
El silencio al otro lado del teléfono.
La forma en que Ilya había evitado responder algunas preguntas...
y la rapidez con la que había defendido aquella invitación.
Nada de eso había significado nada por separado.
Ahora... todo parecía pertenecer a la misma historia.
João respiró despacio.
No era que hubiera descubierto algo imposible.
Era peor.
Había descubierto algo que siempre había estado frente a él... y nunca había sabido mirar.
João no se movió de inmediato. No de inmediato. Seguía de pie, frente a la mesa… mirando el celular como si no fuera suyo. Como si lo que acababa de ver no le perteneciera a la realidad. No tiene sentido. Pero lo tenía. Y eso era peor.
Las imágenes no se iban.
No eran borrosas.
No eran dudosas.
Eran claras.
Demasiado claras.
Ilya Rozanov…
y Shane Hollander.
No en público.
No en rumores.
En privado.
Reales.
João pasó una mano por su cara, despacio, como si con eso pudiera ordenar algo. Pero no había nada que ordenar. Porque por primera vez en mucho tiempo… no tenía una respuesta. Él siempre tenía una. Para todo. En la cancha. En entrevistas. En discusiones. En casa. Sabía cuándo hablar. Cuándo callar. Cuándo avanzar. Cuándo retirarse. Sabía leer a las personas. Sabía anticiparse. Siempre un paso adelante. Y ahora… Nada.
Su mente no iba adelante.
No iba atrás.
No iba a ningún lado.
Estaba… en blanco.
¿Qué hago con esto?
La pregunta apareció… y no tuvo respuesta.
Recordó la gala.
El momento exacto en que se topó con Shane.
Lo había notado.
Claro que lo había notado.
Sabía quién era Shane Hollander.
No era ningún desconocido.
Había visto su juego.
Su presencia.
Su carácter.
También había notado algo en el tono de Ilya ese día.
Algo mínimo.
Algo que en su momento decidió ignorar.
Porque no encajaba.
Y João no perdía tiempo en cosas que no encajaban.
Pero ahora… todo encajaba demasiado bien.
Demasiado.
Soltó aire por la nariz.
Seco.
Está con él.
No era una suposición.
No era una posibilidad.
Era un hecho.
Y no solo eso.
Estaba involucrado.
De verdad.
Las fotos no mentían.
Los mensajes no mentían.
João apoyó ambas manos sobre la mesa.
Bajó la cabeza un segundo.
Y ahí fue donde lo sintió.
No celos.
No exactamente.
Algo más incómodo.
Algo que no sabía nombrar.
Una especie de golpe interno.
Silencioso.
Porque entonces otra pregunta apareció.
Más peligrosa.
¿Por qué me importa?
Esa sí lo descolocó.
Porque no tenía lógica.
No tenía contexto.
Y sin embargo… estaba ahí.
Persistente.
El sonido del agua se detuvo. João levantó la cabeza de inmediato. Demasiado rápido. Se obligó a moverse. A hacer algo. Enderezó el celular exactamente dónde estaba. Tomó su copa. Se apoyó en la mesa. Postura normal. Respiración normal. Todo normal. Pero no lo era. No tenía idea de qué decir. No tenía idea de cómo mirarlo. No tenía idea de qué hacer con lo que acababa de descubrir… ni con lo que, sin darse cuenta, había empezado a sentir.
La puerta del baño se abrió. Y por primera vez… João Costa no estaba listo.
—¿Todo bien?
—Sí.
Pero algo ya no era igual. Ilya lo sintió.
—¿Puedo preguntarte algo?
João lo miró.
—Sí.
Ilya dio un paso más cerca.
—¿Cómo jodido aprendiste a bailar así?
Una pequeña risa.
—Nunca había visto algo así.
Bajó la voz.
—Tan preciso… tan natural…
La música empezó. Suave. Lenta. Con un ritmo que no empujaba… que envolvía.
“A Gira - Trio Ternura.”
João no lo miró de inmediato. Primero dejó que el ritmo entrara en él. En sus hombros. En su respiración. En su forma de pararse. Un paso. Luego otro. Nada exagerado. Nada forzado. Era un movimiento distinto. Más bajo. Más fluido. Más… sentido que pensado.
Ilya lo observó en silencio. Y algo no le cuadraba. No entendía si debía escuchar la música… o seguirlo a él.
—Vamos —dijo João, extendiendo la mano.
Ilya negó, casi con una sonrisa nerviosa.
—No.
—Sí.
—No bailo.
—Eso lo vamos a cambiar.
Ilya soltó aire.
—Esto es una mala idea.
—Probablemente.
Un segundo.
Y entonces—
Ilya tomó su mano. Fue automático. Casi sin darse cuenta. João no apretó. No forzó. Solo lo acercó un poco.
—Escucha primero —murmuró—. No a mí… a la música.
Ilya lo intentó. Pero no sabía dónde poner la atención. El ritmo era distinto. No era rígido. No era exacto. Era… vivo.
—No pienses tanto —añadió João, más cerca ahora—.
Déjate llevar.
Ilya soltó una risa corta.
—No funciona así conmigo.
—Hoy sí.
Y entonces empezó. Un paso a la derecha. Otro a la izquierda. João guio. Sin apuro. Sin imponer. Y algo pasó. Los pies de Ilya… respondieron. No perfectos. Pero naturales. Como si su cuerpo entendiera algo que su mente no.
—Eso es —susurró João—. No lo pelees.
Ilya frunció el ceño, confundido. Porque no sabía qué estaba siguiendo.
¿El ritmo?
¿Los pasos?
¿A él?
Todo se mezclaba. Y João tomó sus manos.
—Aquí.
Las llevó con suavidad a su cintura. Ilya dudó apenas… pero no las quitó. João subió las suyas. A sus hombros. Cerca del cuello. La distancia se acortó. Y con eso… todo cambió. El ritmo se sintió diferente. Más lento. Más cercano. Ilya dejó de intentar entenderlo. Y empezó a sentirlo. El movimiento fluía. De un lado a otro. Y entonces, João lo giró. Un giro limpio. Sobre un solo pie. Ilya reaccionó tarde, pero no se cayó. Se sostuvo. Y cuando volvió al frente… lo miró sorprendido.
—¿Qué fue eso…?
João sonrió apenas.
—Confía en tu cuerpo.
Ilya exhaló, todavía procesando. Porque eso… no era él. Nunca en su vida había bailado así. Ni con una mujer. Ni con nadie. Ni siquiera con Shane. Y eso lo golpeó distinto.
Porque entonces, ¿qué era esto? ¿La música? ¿El momento? ¿João? No sabía. Pero no quería detenerlo. Se sentía… bien. Extrañamente bien. Seguro. Como si, por un segundo, no tuviera que controlar nada. João lo notó. Y bajó un poco más el ritmo. Más cerca. Más íntimo.
—Eso es —murmuró—. Ya lo tienes.
Ilya soltó una risa baja.
—No sé qué estoy haciendo.
—No necesitas saberlo.
Solo el ritmo. Solo la cercanía. Solo esa sensación eléctrica… que ninguno de los dos sabía nombrar. Ilya inclinó apenas la cabeza. Se acercó lo suficiente.
—Esto es peligroso.
João sostuvo su mirada.
—Me gusta el peligro.
Y ahí, Ilya sintió el golpe. Directo. Porque no era solo el baile. Era todo. La música siguió unos segundos más… pero ya ninguno de los dos la estaba escuchando.
El movimiento se fue apagando solo. Y cuando se separaron, Ilya seguía sintiendo el ritmo… pero ya no en los pies. En el pecho. La música seguía. Pero ya no importaba. El tiempo tampoco. Solo ese momento. Esa cercanía. Esa electricidad absurda que ninguno de los dos había planeado… ni sabía cómo detener.
João lo miró diferente. No como rival. Ya no como curiosidad. Como algo más. Algo que llevaba tiempo sin entender… y que ahora estaba ahí. Frente a él. Ilya también lo sintió. Y eso lo descolocó aún más.
El movimiento se fue apagando solo. Ninguno se separó de inmediato. Pero eventualmente… lo hicieron. Un paso atrás. Ilya bajó la mirada un segundo. Respiró. Todavía se sentía… extraño.
Caliente. Expuesto. João lo observó. Y por primera vez, desde que salió del baño se sintió pleno.
—Ilya.
Ilya levantó la mirada.
—¿Irías conmigo a Brasil?
El silencio fue inmediato.
—¿Qué?
—Brasil.
Ilya parpadeó procesando.
—No entiendo.
João se acercó a la mesa. Tomó su vaso. Pero no bebió.
—Antes de venir hoy… recibí una llamada.
Ilya no dijo nada.
—Una marca grande. De Brasil.
Una pausa.
—Quieren que sea la portada de su revista.
Ilya arqueó una ceja.
—¿Y?
João lo miró directo.
—Dije que sí.
Silencio.
—Pero con una condición.
Ilya sintió algo raro en el pecho.
—¿Cuál?
João no dudó.
—Que fueras conmigo.
El aire se quedó quieto.
—¿Qué?
—Que aparezcamos los dos.
Ilya lo miró, completamente descolocado.
—Pero… te quieren a ti.
—Sí.
—Entonces ¿por qué…?
João sostuvo su mirada.
—Porque quiero.
Silencio.
—Y dijeron que sí.
Ilya no respondió.
No pudo. Su mente no estaba procesando. Brasil. João.
Él. Todo junto. Demasiado. João dio un paso más cerca.
—¿Irías conmigo?
Y ahí—
Ilya Rozanov no tuvo respuesta.