14. LO QUE NUNCA DEBIO PASAR
Finalmente, Ottawa y Montreal se enfrentan.
El sonido seco del puck contra el hielo marcaba el ritmo del juego, pero Shane no lo estaba escuchando. No realmente. Su mundo estaba reducido a tres cosas: el hielo, su respiración…
y João Costa.
—¡Hollander! —gritó alguien desde la banca.
No respondió. No miró. Apenas si vio el pase venir hacia él. Lo controló por reflejo, giró sobre su eje y avanzó con velocidad, pero no estaba leyendo la jugada… estaba buscando algo más. O a alguien.
Costa apareció frente a él. Como si lo hubiera estado esperando. El choque fue inmediato. Hombro contra hombro. Violento. Seco. El sonido retumbó contra las tablas.
—Suave, capitán —murmuró Costa, apenas audible, con una media sonrisa que no tenía nada de amable. Hollander no contestó. Empujó de nuevo. Más fuerte. El árbitro levantó la mirada. Primera advertencia silenciosa.
El puck ya no estaba ahí, pero a Hollander no le importaba. Costa lo sabía. Y no reaccionó. Retrocedió apenas un paso, tomó el puck con limpieza y lo sacó de la zona como si nada hubiera pasado. Control absoluto. Hollander apretó la mandíbula.
Minutos después. Otra jugada. Otro cruce. Esta vez Hollander no disimuló. Se lanzó.
El stick de Costa voló por un segundo cuando Hollander lo levantó con fuerza, pero el brasileño reaccionó rápido, recuperando el control con una precisión casi irritante.
—¿Eso es todo? —soltó Costa, sin mirarlo directamente.
Provocación limpia. Medida. Y calculada.
Shane fue por él otra vez. Más rápido. Más agresivo. El contacto llegó tarde. Demasiado tarde. El silbato cortó el aire.
—¡Hollander, dos minutos!
El referee no dudó. Shane ni siquiera protestó. Se quedó mirando a João. Fijo. Frío. Como si quisiera atravesarlo.
Costa sostuvo la mirada un segundo… y luego simplemente se dio la vuelta. Eso fue peor.
En la banca, el coach no se molestó en disimular.
—¿Qué demonios te pasa hoy?
Hollander no respondió. Se quitó el casco apenas un segundo, pasó la mano por su cabello húmedo… y volvió a colocárselo.
—Concéntrate o te saco del juego —añadió el coach.
No hubo respuesta. Pero en cuanto volvió al hielo… todo siguió igual.
Rozanov lo estaba viendo. Desde el otro lado. Y no le gustaba nada. Sabía exactamente qué era eso. No era frustración de juego. No era presión. Era personal. Muy personal.
Tercer periodo. El ambiente ya estaba cargado. El marcador ajustado. Ottawa arriba por uno. Hollander volvió a coincidir con Costa en la zona ofensiva. Esta vez no esperó. Fue directo al cuerpo. El impacto lo empujó contra el vidrio. El público reaccionó.
—¡HEY!
Costa giró, firme sobre los patines. Y ahí sí. Se acercó. Demasiado.
—Si quieres pelear, dímelo de frente —dijo bajo, mirándolo directo—. No necesitas excusas.
Eso fue todo. Hollander soltó el stick. Los guantes cayeron al hielo. El sonido fue claro. Inevitable.
—¡VAMOS! —gritó alguien desde la grada.
Costa no se movió. Ni un centímetro. Solo lo miró. Tranquilo. Como si no valiera la pena. Y eso… eso fue lo que terminó de encender a Hollander.
—¡Shane! —la voz de Ilya cortó el momento.
Fuerte. Autoritaria. No era un grito cualquiera. Hollander dudó. Solo un segundo. Pero fue suficiente. Los linesmen ya estaban encima. Separándolos. Empujándolos hacia atrás. El momento se rompió. Pero la tensión no.
El resto del juego fue una extensión de lo mismo. Hollander jugando al límite. Llegando tarde. Forzando cada contacto. Mientras Costa… jugaba mejor. Más limpio. Más preciso. Más efectivo. Como si nada de eso lo afectara. Últimos segundos. Ottawa recupera el puck. Transición rápida. João lidera. Pase cruzado. Gol. El sonido de la red fue definitivo. El marcador se cerró ahí.
Silbato final. Victoria de Ottawa. Hollander se quitó el casco de golpe. No celebró nadie cerca de él. No miró a su equipo. Solo respiró. Pesado. Controlándose. O intentándolo.
—Hollander.
La voz lo alcanzó antes de que pudiera salir del hielo. Ilya. Cerca. Demasiado cerca.
—Tenemos que hablar.
Directo. Sin rodeos. Shane soltó una risa corta. Sin humor.
—No —respondió—. No tenemos nada de qué hablar.
Ni siquiera lo miró. Pasó de largo. Como si no existiera. Ilya dio medio paso tras él.
—Shane, espera.
No se detuvo.
—Ayer… —alcanzó a decir Ilya—. No te llamé porque me quedé hablando con João. Una empresa brasileña quiere llevarnos a Brasil a los dos, querían que…
Shane se frenó en seco. Se giró. Por fin lo miró. Pero no como antes.
—¿Y eso qué? —lo interrumpió, cortante.
Ilya abrió la boca, intentando explicarse.
—Solo estoy diciéndote que por eso llegué tarde y no—
—Vete a la mierda, Rozanov.
Silencio seco. Sin volumen. Esta vez, Ilya no lo siguió. Costa iba pasando justo a su lado, cuando…
—¿Siempre eres así? —preguntó Ilya, con esa calma que no era realmente calma.
João levantó la mirada apenas lo suficiente para sostenerle el gesto.
—¿Así cómo?
—Como si todo fuera un juego… mientras todos los demás están intentando no cruzar ciertas líneas.
Hubo un silencio breve. No incómodo. Pero sí… cargado. João soltó una risa corta, sin humor.
—Si no quieres cruzarlas, no las cruces.
La respuesta salió limpia. Demasiado limpia. Ilya dio un paso más cerca.
—No se trata de querer.
—Entonces se trata de control —cortó João, esta vez sin suavizar el tono.
Ahí fue donde algo cambió. Porque ya no sonaba ligero. Ni relajado. Sonaba personal. Ilya lo notó. Y no retrocedió.
—No todo el mundo necesita jugar a eso —respondió, firme.
João lo miró unos segundos más de lo normal. Y esta vez… no apartó la mirada.
—No es un juego —dijo al final.
Más bajo. Más sincero de lo que quería. El silencio que siguió fue distinto. Más pesado. Más honesto. João desvió la mirada primero. Y eso… no era habitual en él. Se pasó una mano por el cabello, exhalando lento.
—Olvídalo —añadió, casi como si quisiera cerrar algo que él mismo había abierto.
Pero ya era tarde. Porque por primera vez… no había sonado como alguien que tenía todo bajo control.
La calle ya estaba en silencio cuando Rozanov salió. El eco del partido todavía le retumbaba en su cuerpo, pero ya no era por el juego. Era otra cosa. Más incómoda. Más persistente. Sacó el teléfono. Miró la pantalla unos segundos. Y marcó.
—…¿Ilya?
La voz llegó baja, somnolienta.
—¿Estás despierta?
—Ahora sí —respondió ella, moviéndose entre las sábanas—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Ilya apoyó la espalda contra la pared.
Exhaló lento.
—No sé ni qué hora es allá… lo siento. Perdí el control.
—No importa —dijo ella, más clara ahora—. Cuéntame.
Hubo una pausa. No breve. No cómoda.
—Shane está molesto conmigo —dijo finalmente.
—¿Qué pasó?
Ilya miró al frente, como si pudiera ver la escena otra vez.
—Ayer… habíamos quedado en que le iba a escribir cuando llegara a casa. Siempre lo hago. Se detuvo un segundo.
—Pero no lo hice.
Svetlana no habló. Lo dejó seguir.
—Me quedé hablando con João en su apartamento después del brunch con el equipo —continuó Ilya—. Era su cumpleaños de hecho. Pero el asunto es que una empresa brasileña quiere invitarnos a los dos a Brasil, sobre una revista, es como un patrocino… no sé. Nos quedamos revisando detalles, hablando… —frunció el ceño—. Se hizo tarde.
Pausa.
—Y cuando llegué… simplemente no le escribí.
Bajó la mirada.
—Se me pasó.
Otra pausa. Más corta.
—O no le di importancia.
Svetlana se acomodó mejor.
—¿Y hoy, han hablado?
Ilya dejó escapar una pequeña risa sin humor.
—Hoy fue un desastre. Ottawa se enfrentó a Montreal. Él estaba ahí. Enojado. Fuera de control.
Caminó un par de pasos.
—No me miraba. No me habló. Jugó como si quisiera romperle la cara a alguien… —hizo una pausa—. A João Costa, específicamente.
Respiró hondo.
—Y sí… sé por qué.
Silencio.
—Está celoso.
Svetlana no reaccionó de inmediato.
—¿Y tú qué piensas de eso?
Ilya levantó ligeramente los hombros.
—Que está exagerando. Pero no sonó tan firme.
—¿Por qué?
La pregunta llegó suave. Sin juicio. Ilya se tomó su tiempo.
—Porque no pasó nada —dijo—. Literalmente nada. Solo… hablamos. Fue interesante, sí, pero… —negó con la cabeza—. No hay nada ahí.
Se detuvo.
—Y él actúa como si… —no terminó la frase.
Svetlana habló entonces.
—¿Como si qué?
Ilya apretó la mandíbula.
—Como si lo hubiera traicionado.
El silencio cayó pesado.
—Ilya —dijo ella con calma—… si tú estuvieras en su lugar, ¿cómo lo verías?
Ilya no respondió de inmediato. Miró al suelo.
—No es lo mismo.
—Explícame por qué.
Suspiró.
—Porque yo sé lo que pasó.
—Pero él no.
Esa sí lo detuvo.
—Para él —continuó Svetlana—, tú quedaste de escribirle… no lo hiciste… y al día siguiente ve jugando con quien te quedaste hasta tarde. Y no en un lugar público. En su jodido apartamento.
Pausa.
—No es difícil de interpretar.
Ilya cerró los ojos un segundo.
—No lo había pensado así.
—Lo sé.
Exhaló.
—No es solo celos —añadió ella—. Es cómo se sintió.
—¿Y cómo se sintió?
—Desplazado e inseguro.
La palabra cayó directa. Ilya tragó saliva.
—Y cuando alguien se siente así —continuó ella—, no está reaccionando a lo que hiciste… sino a lo que cree que eso significa.
Ilya apoyó la cabeza contra la pared.
—No era mi intención.
—Eso no cambia cómo lo vivió él.
Otra pausa. Más larga.
—Ahora dime algo —añadió Svetlana, más suave—. Y respóndeme bien.
Ilya abrió los ojos.
—Dime.
—¿Qué es João para ti?
Ilya dudó.
—Es… —buscó las palabras—. Es bueno. Es diferente. Me reta.
—¿Te gusta?
Ilya exhaló.
—No de esa forma.
—¿Estás seguro?
Ilya pensó un segundo.
Luego negó.
—No. O sea… no de la manera en que amo a Shane… —frunció el ceño—. Su personalidad es distinta. Solo eso.
—¿Qué no es lo mismo?
Ilya levantó la mirada. Y esta vez respondió sin rodeos.
—No me importa cómo me importa Shane.
Ahí estaba. Svetlana no dijo nada. Lo dejó asentarse.
—Con João es… curiosidad —continuó Ilya, más claro ahora—. Es alguien nuevo. E diferente. Es competencia. Es incluso… interesante, sí.
Pausa.
—Pero con Shane…
Se quedó en silencio. Buscando.
—Con Shane es otra cosa —dijo finalmente, más bajo—. Es… —se detuvo, frustrado—. No sé cómo explicarlo.
—No lo expliques —dijo ella—. Descríbelo.
Ilya cerró los ojos. Y esta vez no dudó tanto.
—Shane es… todo lo que no parece a simple vista —murmuró—. Puede ser aburrido, terco, lento en el hielo y con el peor carro que he visto en mi vida… pero cuando estoy con él, todo se calma. No tengo que fingir, no tengo que competir, no tengo que demostrar nada. Con él es fácil… incluso cuando no lo es. Y lo nuestro no es solo costumbre o historia… es real, incluso en lo físico, en cómo nos entendemos sin tener que decirlo todo. Con él hay conexión, hay algo que no tengo que forzar ni cuestionar. Y al final… aunque todo eso suene poco impresionante para cualquiera más… para mí, él lo es todo.
Pausa.
—Alguien que ya está ahí.
Svetlana sonrió levemente, aunque él no podía verla.
—¿Y quieres perder eso?
Ilya abrió los ojos de golpe.
—No.
Sin dudar.
—Entonces no lo minimices —dijo ella—. Ni a él… ni a lo que siente.
Silencio.
—Porque lo que pasó… —añadió—, sí se puede malinterpretar.
Ilya no discutió.
—Y tú tampoco estás siendo completamente honesto contigo mismo —continuó ella—. Te gusta la atención. Te gusta el reto. Te gusta que alguien como João te mire de frente.
Pausa.
—Pero eso no es amor.
Ilya bajó la mirada.
—Lo de Shane sí —remató ella.
Silencio largo y profundo.
—No quiero perderlo —dijo Ilya finalmente.
Su voz ya no era la misma.
—No por esto. No por una estupidez. Ni siquiera sé si a João le atraen los hombres… —soltó una pequeña risa seca—. Y mírame… aquí, complicando todo.
—Entonces deja de complicarlo —respondió ella.
Ilya asintió, aunque ella no pudiera verlo.
—Tienes razón.
—Siempre.
Pequeña pausa.
—Gracias.
—Siempre, Ilya.
La llamada terminó. Pero esta vez… no había confusión. Solo una decisión clara.
Más tarde, el apartamento de Hollander estaba en calma. Una calma artificial. La televisión encendida iluminaba la sala con cambios constantes de luz azul y blanca. El sonido bajo. Un programa cualquiera… irrelevante. Shane estaba tirado en el sofá, una pierna estirada, la otra doblada, la caja de pizza abierta sobre la mesa frente a él. Una rebanada en la mano. Otra olvidada. El control en la otra. Cambiando canales sin ver nada.
El teléfono vibró. Lily. Shane lo miró. No contestó. La pantalla se apagó.
Volvió a vibrar. Otra vez. Lily. Shane apretó la mandíbula. Desvió la mirada. Dejó que sonara. Hasta que se detuvo.
Silencio otra vez. Televisión. Luz azul. Volvió a vibrar. Shane suspiró, molesto.
—Ya…
Tomó el teléfono sin ganas. Listo para ignorarlo otra vez. Pero no era Lily. Era otro nombre.
Rose Landry
Shane se quedó quieto un segundo. Sorprendido. Contestó.
—Hey…
—Hola… —la voz de Rose llegó suave, cálida, pero con un hilo de cansancio—. ¿Te agarro mal?
Shane se incorporó un poco.
—No… no, para nada. ¿Todo bien?
Una pequeña pausa.
—Estoy en Montreal.
—¿En serio?
—Sí… —una leve risa—. Tenía una cena… pero creo que ya no.
Shane frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
Rose exhaló.
—Nada dramático… simplemente no llegó.
No había enojo. No había escándalo. Solo… decepción contenida. Eso la hacía más real.
—Lo siento —dijo Shane, genuino.
—Está bien… —respondió ella—. Solo… no quería irme directo al hotel.
Pausa.
—Y pensé en ti.
Shane miró la sala. La pizza. El desorden leve. La noche vacía.
—¿Quieres venir? —dijo finalmente.
Rose dudó apenas.
—¿Seguro?
—Sí.
Pausa.
—Estoy en casa, sabes que siempre serás bienvenida.
—Ok… dame unos minutos.
La llamada terminó. Shane dejó el teléfono sobre la mesa. Se quedó mirando al frente. Pensando.
Entró al baño. Abrió la ducha. El agua cayó fuerte. Constante. Se quedó ahí. Quieto. Sin moverse. El agua corriendo sobre su rostro.
Ilya. La pelea. João. La mirada. El partido.
“Vete a la mierda, Rozanov.”
Cerró los ojos.
—Mierda…
Apoyó las manos contra la pared.
Se quedó más tiempo del necesario. Pensando. Repitiendo la escena. Buscando una forma de arreglarlo. De volver atrás. De decir algo distinto.
Nada funcionaba. Hasta que recordó. Rose.
Abrió los ojos.
—Joder…
Cerró el agua. Se vistió rápido. Sin pensar demasiado en qué ponerse. Solo… en salir.
El timbre sonó. Shane abrió. Rose estaba ahí. Y sonrió.
—Hoooola…
—Eeeeey…
No lo pensaron. Solo se abrazaron. Fuerte. Natural.
—Te extrañé —dijo Shane, sin filtro.
Rose cerró los ojos un segundo.
—Yo te extrañé más.
Se separaron despacio. Pero no del todo.
Entraron al apartamento. La luz de la televisión seguía cambiando el ambiente. Sombras suaves. Reflejos en las paredes. La pizza aún abierta. El olor aún ahí.
—Vaya… —dijo Rose, mirando alrededor—. Nada ha cambiado.
—No demasiado.
—Me gusta.
Se sentaron. Más cerca que antes. Más cómodos. Shane tomó una rebanada de pizza y le ofreció otra a Rose.
—Siempre tan atento.
—Cuéntame… ahora sí, ¿qué pasó?
Rose suspiró. Tomó su vaso. Lo giró entre los dedos.
—Creo que elegí al hombre equivocado… otra vez.
Lo dijo sin drama. Pero con peso.
—¿Qué hizo? —preguntó Shane.
Rose miró al frente.
—Todo iba bien… o eso pensé.
Pausa.
—Hablábamos seguido… era atento… presente…
Bajó la mirada.
—Y de repente… desapareció.
Exhaló.
—¿Puedo saber quién es? —preguntó Shane, suave.
Rose dudó.
Luego sonrió apenas.
—Sí… ¿por qué no?
Pausa leve.
—Robert Carls.
Shane levantó ligeramente las cejas. Reconocía el nombre. Actor canadiense. Nivel alto. Joven. Fama. Presencia.
—Wow…
—Sí… —rio suave—. Suena mejor de lo que fue.
Silencio incómodo.
—Pero bueno… —añadió Rose—. Ya hablamos mucho de mí.
Lo miró.
—Ahora tú… ¿cómo estás?
Ahí cambió todo. Shane bajó la mirada. Tragó saliva.
—No sé…
Callo por un momento.
—No sé si estoy bien o mal.
Rose no lo interrumpió.
—Creo que… —continuó— metí la pata.
Levantó la mirada. Los ojos ligeramente brillosos.
—Me puse celoso.
Rose lo observó con calma.
—¿De alguien importante?
Shane exhaló. Miró hacia la televisión. Casualmente, João apareció en pantalla. Un anuncio de televisión. Una marca costosa. Perfecto. Seguro. Presente. Shane soltó una risa sin humor.
—Ahí está…
Rose siguió su mirada.
—¿Él?
Shane negó.
—Él es parte del problema… creo.
Pausa.
—O quizás no.
Se pasó la mano por la cara.
—La verdad… fui yo.
Nervioso.
—Creo que exageré.
Rose asintió despacio.
—Eso pasa cuando alguien te importa de verdad.
Shane movió la mano de los nervios sin control. El vaso se inclinó sin culpa. El líquido cayó sobre su blusa.
—Lo siento—
Shane reaccionó.
—Espera—
Fue corriendo por una toalla. Cuando regresó… Rose ya se había quitado la blusa. Natural. Sin intención.
—No quería manchar más —dijo.
Shane se acercó. Le dio la toalla. Demasiado cerca.
De repente. La manecilla de la puerta giró. La puerta se abrió. Ilya entró. Se detuvo. Y en ese instante… su mente se quedó en blanco. No procesó detalles. No contexto. No lógica. Solo imagen.
Shane.
Cerca de Rose.
Sin blusa.
El espacio con luz tenue.
La intimidad aparente.
Suficiente.
—¿Qué mierda estás haciendo, Hollander?
Shane se levantó de golpe.
—Ilya— espera—
Pero Ilya ya estaba retrocediendo.
Dolor.
Rabia.
Decepción.
Todo mezclado.
—No es lo que parece—
Ilya negó.
—Claro que lo es.
Y se fue.
—¡ILYA!
Shane salió corriendo. Tratando de alcanzarlo. Para hablar con él. El pasillo vacío.
—¡ILYA!
Nada.
Lo llamó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Sin respuesta.
No lo logró.
Volvió. Pálido. Respirando rápido. Perdido. Rose lo miró. En silencio.
—Dale un momento —dijo suave—. Necesita respirar.
Shane negó.
—No… tengo que arreglar esto—
—Y lo vas a hacer —respondió ella—. Pero no así.
Silencio nervioso.
—¿Entonces Ilya Rozanov era el chico misterioso? —preguntó.
Shane cerró los ojos un segundo.
—No te puedo mentir más. Siento que todo esto ya se salió de control. Cada vez más personas lo saben. No sé qué pensar. No sé qué decir. Solo sé que tengo mucho miedo. Mierda.
Pausa.
—Y ahora… creo que lo voy a perder.
Rose lo miró con esa misma calidez intacta.
—Si él te ama… no lo perdiste. Te dará una oportunidad para aclarar las cosas. Aquí no ha pasado nada entre nosotros.
Shane no respondió.
Pero en su mente… ya lo estaba viendo irse. Para siempre. Y eso… fue lo que realmente lo asustó.