15. LA TIERRA CALIENTE
El vestidor estaba en silencio. No era el silencio cómodo después de un entrenamiento, ni el ruido apagado de conversaciones lejanas. Era un silencio raro, denso, como si el aire mismo estuviera esperando algo.
Ilya estaba sentado, inclinado ligeramente hacia adelante, los antebrazos apoyados sobre sus piernas, mirando al suelo… hasta que levantó la vista. João estaba frente a él. No había nadie más. Por un segundo, ninguno dijo nada. Solo se miraron. João no sonreía, pero tampoco parecía incómodo. Estaba tranquilo, como si ese momento no le pesara. Como si supiera exactamente lo que estaba pasando… o como si no necesitara ponerle nombre.
Ilya frunció apenas el ceño, confundido más por lo que sentía que por lo que veía. Se puso de pie. Un paso. Luego otro. No había prisa, pero tampoco duda.
Se detuvo justo frente a él. Demasiado cerca. João no retrocedió.
Sus rodillas casi se tocaron cuando Ilya bajó la mirada un segundo, como si evaluara algo dentro de sí mismo… y luego, sin decir una sola palabra, se sentó sobre sus piernas. El movimiento fue lento. Firme. Natural. Como si no fuera la primera vez.
João reaccionó apenas, solo lo suficiente para sostenerlo por la cintura, instintivamente, sin tensión. Sus manos se acomodaron ahí como si pertenecieran a ese lugar. Ilya levantó la mirada. Sus ojos se encontraron otra vez. Ahora más cerca. Ahora más peligrosamente cerca. Respiraban distinto. No había música, no había ruido… pero había algo que empujaba el momento hacia adelante.
Ilya lo observó con detenimiento, como si estuviera tratando de entenderlo… o de entenderse a sí mismo a través de él. Sus dedos se apoyaron en el hombro de João. Un gesto leve. Un ancla. João no dijo nada. Solo sostuvo la mirada. Y entonces, sin anuncio, sin transición clara, Ilya inclinó apenas el rostro. El beso no fue brusco. Fue… contenido. Lento. Como si estuviera probando algo que no debería estar probando. Como si no estuviera seguro de querer detenerse.
—¡Nooooooooooooooooo!
Shane se incorporó de golpe.
El aire le faltó en el pecho como si hubiera estado bajo el agua demasiado tiempo. Su respiración era irregular, entrecortada. El corazón le golpeaba fuerte, desordenado, como si quisiera salirse.
Oscuridad. Su cuarto. Su cama. Tardó unos segundos en entender dónde estaba. Pasó una mano por su cara, sudada, y se quedó sentado, mirando al vacío, tratando de recomponer lo que acababa de ver… o de sentir.
—¿Qué mierda…? —susurró, más para sí mismo que para alguien más.
No fue el beso. Fue lo real que se sintió. Demasiado real. Tragó saliva. Su garganta estaba seca. Sin pensarlo demasiado, tomó el teléfono. Ni siquiera dudó en a quién llamar. Marcó. Sonó una vez. Dos. Tres.
—¿Shane? —la voz de su madre llegó al otro lado, suave, alerta—. ¿Qué pasó, hijo?
Y ahí se le quebró algo.
—Mamá… —respiró hondo, intentando controlarse, pero no lo logró del todo—. Necesito… no sé, necesitaba hablar con alguien. Me siento… —cerró los ojos— me siento fatal.
Del otro lado hubo silencio. No incómodo. Pero presente.
—Estoy aquí —dijo ella con calma—. Cuéntame.
Shane pasó una mano por su cabello.
—Soñé algo… —se detuvo— no, no es solo el sueño. Es… todo.
Yuna no lo interrumpió.
—Ilya… —continuó él—. Discutimos, bueno, no discutimos como tal, pero… vio algo que no era lo que parecía. Y ahora no me contesta. No responde mensajes, llamadas… nada.
Su voz se tensó.
—Y sé que no hice nada malo, lo sé, pero… —negó con la cabeza— se sintió mal, se vio mal, y ahora… no sé dónde estoy parado. No sé qué está pensando. Y yo estoy aquí, como un idiota, imaginando lo peor.
Respiró hondo, pero esta vez el aire no le alcanzó.
—Acabo de soñarlo con alguien más —dijo, más bajo—. Y se sintió tan real que… —se detuvo, apretando los labios— me desperté con esta sensación horrible, como si ya lo hubiera perdido.
Silencio otra vez. Pero no vacío. Yuna exhaló suavemente antes de hablar.
—Shane… —su tono era firme, pero cálido—. Escúchame bien.
Él no respondió, pero estaba escuchando.
—No hiciste nada malo.
Shane cerró los ojos.
—Pero—
—No hiciste nada malo —repitió ella, con más claridad—. Y sí, se vio mal. Claro que se vio mal. Si yo hubiera visto a tu papá en una situación así, ni te imaginas cómo habría reaccionado.
Eso le arrancó una pequeña exhalación, casi una risa sin humor.
—Pero eso no significa que lo que vio sea la verdad completa —continuó—. Significa que fue un momento malinterpretado.
Shane apretó el teléfono contra su oído.
—Entonces, ¿por qué no responde?
—Porque es Ilya.
La respuesta fue simple y directa.
—No todos reaccionamos igual —añadió ella—. Hay personas que necesitan hablar de inmediato… y hay otras que necesitan alejarse para poder ordenar lo que sienten.
Shane se quedó en silencio.
—Y tú sabes cómo es él —dijo Yuna—. No es alguien que procese las cosas en medio del ruido.
Él tragó saliva.
—Pero duele —admitió, más bajo.
—Claro que duele —respondió ella sin dudar—. Porque te importa.
Otra pequeña pausa.
—Pero no conviertas el silencio en una historia que no existe —añadió con suavidad—. No llenes los espacios con miedo.
Shane bajó la mirada.
—Dale tiempo —continuó—. Aunque te cueste. Aunque sientas que no puedes. Es lo más difícil… pero también es lo más correcto ahora mismo.
Respiró hondo.
—Y cuando esté listo, te va a buscar.
Shane no respondió de inmediato. Su respiración ya no estaba tan descontrolada, pero el peso seguía ahí.
—No sé si voy a poder esperar tranquilo —admitió.
—No tienes que estar tranquilo —dijo ella—. Solo tienes que no arruinarlo por desesperación.
Eso lo hizo quedarse quieto.
Procesándolo.
—Confía en lo que sabes de él, no en lo que te hace sentir el miedo —añadió.
Silencio largo y real.
—Gracias, mamá… Te amo. —murmuró finalmente.
—Siempre, hijo. Sabes que yo te amo más.
Colgó.
El cuarto volvió a quedarse en silencio. Shane dejó el teléfono a su lado, pero no se recostó. Se quedó sentado en la cama, mirando hacia la nada. Esperando. Sin saber exactamente qué. Pero sintiéndolo todo.
En Ottawa, el aeropuerto estaba inusualmente silencioso. No por falta de gente, sino por esa tensión previa que se instala cuando todos saben que algo viene. En las pantallas, los anuncios de posibles retrasos comenzaban a aparecer uno tras otro. Posible tormenta de nieve. Advertencias. Pero ellos no se quedarían ahí.
Ilya caminaba con paso firme, una sola maleta en la mano, sin mirar demasiado a su alrededor. No había avisado a nadie. No había explicado nada. Simplemente… se fue.
João iba unos pasos delante, hablando en portugués con alguien por teléfono, relajado, como si todo esto fuera parte de su rutina. Como si cruzar continentes en un jet privado fuera algo normal.
Ilya lo observó un segundo. Esa facilidad. Esa ligereza. Era… extraña.
—Todo listo —dijo João, colgando la llamada mientras se giraba hacia él—. Nos estaban esperando.
Ilya asintió apenas. No preguntó mucho más. Tal vez porque no quería pensar demasiado.
El jet no era ostentoso de forma exagerada. Era peor. Era discreto. Elegante. Todo estaba donde debía estar, sin esfuerzo. Asientos amplios de cuero claro, iluminación cálida, detalles en madera pulida. Nada gritaba lujo… pero todo lo era.
Una mujer se acercó apenas subieron.
—Bem-vindos —dijo con una sonrisa suave—. Bienvenidos.
Su acento era ligero, musical. Ilya respondió con un asentimiento corto. João, en cambio, cambió inmediatamente al portugués. Fluido y natural.
Ilya no entendía una sola palabra, pero podía notar el tono. Cercano. Amable. Familiar. Era su mundo. Y él estaba entrando en él. Se acomodaron en sus asientos.
Ilya dejó su maleta a un lado y se sentó junto a la ventana. João frente a él, relajado, como si el espacio le perteneciera. Por unos minutos, no hablaron. Solo el sonido suave de los preparativos, pasos, voces bajas en portugués. Ilya apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos un segundo.
No había mensajes.
No había llamadas.
No había nada.
Y eso, por primera vez en días… no le molestó.
Bajó la vista hacia el teléfono una vez más.
Pantalla vacía.
Durante un instante estuvo a punto de escribirle. No para discutir. Ni siquiera para pedir explicaciones. Solo... para preguntarle cómo estaba. Sus dedos alcanzaron el borde de la pantalla. Pero se detuvieron. Cerró el teléfono lentamente. Shane siempre había sido el primero en ocupar sus pensamientos cuando despertaba. Resultaba extraño obligarse, por primera desde que lo conoció.
—¿Primera vez en Brasil? —preguntó João, rompiendo finalmente el silencio.
Ilya abrió los ojos.
—Sí.
—Te va a gustar.
La seguridad en su tono no era arrogante. Era… tranquilo.
Ilya lo miró un segundo.
—¿Por qué?
João sonrió apenas.
—Porque no se parece a nada de lo que conoces.
Eso lo hizo pensar.
Ilya giró la mirada hacia la ventana. Afuera, el cielo estaba gris, pesado. La pista comenzaba a cubrirse con una capa fina de nieve.
—Eso no siempre es bueno —murmuró.
João se inclinó un poco hacia adelante.
—Depende de lo que quieras olvidar.
Exclamó.
Ilya no respondió. Pero tampoco apartó la mirada.
El avión comenzó a moverse. Lento al principio. Luego más firme. El ruido de los motores llenó el espacio, vibrando en el cuerpo más que en los oídos. Ilya observó cómo la nieve quedaba atrás. Cómo el gris se convertía en blanco difuso. Cómo todo lo que estaba allá abajo… se iba haciendo pequeño. Lejos.
Durante el vuelo, el tiempo se volvió extraño. No había prisa. No había interrupciones. Solo momentos.
La tripulación pasaba de vez en cuando, ofreciendo bebidas, comida. Siempre con esa misma calidez que Ilya no terminaba de entender, pero que no le resultaba incómoda.
João hablaba con ellos en portugués. A veces reía. A veces traducía.
—Dicen que, si no pruebas la feijoada, no estuviste en Brasil —comentó en un momento.
Ilya frunció levemente el ceño.
—¿Qué es eso?
João se acomodó mejor en su asiento.
—Un plato… fuerte. Carne, frijoles, especias. Muy… brasileño.
—¿Pesado?
—Mucho.
Ilya asintió.
—Bien.
João lo miró con una pequeña sonrisa.
—Te va a gustar entonces.
Hubo pausas largas entre conversaciones. No incómodas. Pero tampoco completamente neutras. Ilya se descubría observando a João más de lo necesario. La forma en que hablaba. La facilidad con la que se movía en ese espacio. La seguridad sin esfuerzo. No era arrogancia. Era… pertenencia.
En algún punto, João se inclinó ligeramente hacia él.
—Cuando lleguemos, va a ser un poco… intenso.
—¿Intenso cómo?
—Gente. Música. Mucho movimiento.
Ilya soltó una exhalación leve.
—Perfecto.
João alzó una ceja.
—¿Sí?
Ilya se encogió apenas de hombros.
—Es mejor que pensar.
No lo dijo con dramatismo. Lo dijo como un hecho. João no respondió de inmediato. Solo lo observó. Como si entendiera más de lo que Ilya estaba diciendo.
El resto del vuelo pasó entre silencios cómodos y conversaciones sueltas. Sin profundidad. Y eso, curiosamente, fue lo que más alivio le dio a Ilya. No tener que explicar. No tener que sentir todo al mismo tiempo. Horas después, la luz cambió. El gris desapareció. El azul apareció. Intenso. Brillante. El avión comenzó el descenso. Ilya miró por la ventana. Y lo vio. El mar. Extenso. Vivo. Y más allá… la ciudad. Diferente a todo. El color. El movimiento. El calor. Incluso desde arriba, podía sentirse.
—Bienvenido a Río —dijo João, con una media sonrisa.
Ilya no respondió de inmediato. Seguía mirando. Procesando. Como si su mente todavía estuviera en otro lugar… pero su cuerpo ya hubiera llegado.
—Sí… —murmuró finalmente—. Creo que sí es diferente.
Y por primera vez desde que se fue… No pensó en Shane.
El cambio se sintió antes de que el avión tocara tierra. No fue solo la luz. Fue el color. El cielo ya no era ese gris pesado que habían dejado atrás. Era un azul limpio, abierto, casi agresivo en su intensidad. El mar aparecía como una extensión infinita, brillante, moviéndose con una vida que Ilya no estaba acostumbrado a ver desde arriba. Y la ciudad… No era ordenada. No era silenciosa. Era… viva. Demasiado viva.
El avión descendió con suavidad, y en cuanto las ruedas tocaron la pista, algo cambió. Como si hubiera cruzado una línea invisible.
Desde el momento en que salieron del jet, el aire fue distinto. Más denso. Más cálido. Más… presente.
Ilya aflojó apenas la mandíbula, inhalando sin darse cuenta.
—Bienvenido —dijo João a su lado, con una media sonrisa que esta vez no era discreta—. Ahora sí.
Ilya no respondió de inmediato. Estaba mirando alrededor. El movimiento. La gente. El sonido. Y no fue hasta que cruzaron hacia la zona de recepción que lo escuchó claramente. Los tambores. El ritmo constante. Y luego la música. Una base que se repetía, que avanzaba, que empujaba el ambiente hacia adelante. Algo que no entendía, pero que se sentía en el cuerpo más que en los oídos. João lo miró de reojo.
—Marchinha —dijo—. Carnaval.
Ilya giró apenas la cabeza. Gente bailando. Colores intensos. Plumas. Risas. Movimiento sin vergüenza. No era espectáculo para turistas. Era… natural. Como si nadie estuviera actuando.
Caminaron unos pasos más. Y entonces João se detuvo de golpe.
Ilya lo miró.
—¿Qué?
João bajó la mirada hacia sus zapatos.
Luego volvió a mirarlo.
—Primera regla.
Ilya frunció levemente el ceño.
—¿Cuál?
João se inclinó un poco, abrió una pequeña bolsa que llevaba colgada al hombro y sacó un par de sandalias hawaianas.
—Aquí no andamos así.
Ilya lo miró. Luego miró las sandalias.
—¿Hablas en serio?
—Muy en serio.
Se las extendió. Ilya soltó una pequeña exhalación por la nariz.
—No.
João no sonrió. Solo sostuvo la mirada.
—Sí.
Un segundo. Dos.
Ilya negó apenas con la cabeza, pero… se inclinó. Se quitó los zapatos. Se quitó los calcetines. El piso estaba tibio. Extrañamente agradable.
João dejó las sandalias frente a él.
—Prueba.
Ilya las tomó con una leve desconfianza y deslizó primero un pie.
Luego el otro. Encajaron. Perfecto. Miró hacia abajo. Sus pies, pálidos, de piel clara, marcados por el frío constante de su entorno habitual, contrastaban con el suelo cálido.
No eran particularmente grandes, pero firmes, delgados, bien cuidados, con esa apariencia limpia de alguien disciplinado incluso en los detalles más pequeños. Flexionó los dedos apenas. Raro. Pero no incómodo.
—¿Ves? —dijo João.
Ilya levantó la mirada.
—No significa que me guste.
João sonrió, ahora sí.
—Te va a gustar.
João ya se había adelantado. Cuando Ilya volvió a mirarlo, notó que él también había cambiado sus zapatos. Llevaba unas sandalias simples, oscuras, perfectamente acomodadas a sus pies. Sus pies eran distintos. Más tostados por el sol, con una piel que no parecía conocer el invierno. Las venas apenas marcadas, sus pies relajados, naturales, como si estuvieran hechos para moverse libres, sin rigidez. Muy suyos. Muy… brasileños.
Ilya bajó la mirada un segundo más de lo necesario, como si intentara entender por qué ese detalle le parecía relevante.
Un grupo de personas se acercó a ellos con rapidez, pero sin invadir. Bien vestidos. Relajados. Sonrientes. Uno de ellos extendió la mano.
—Bienvenido a Rio, Ilya. Es un honor tenerte acá.
Ilya respondió el saludo con firmeza.
—Gracias.
Mientras hablaban, el resto del grupo mantenía esa energía cálida, cercana. No había rigidez, no había distancia excesiva. Todo era más… humano. Más directo.
João se integró naturalmente a la conversación, alternando entre portugués e inglés sin esfuerzo. Ilya entendía lo suficiente. No se sentía fuera de lugar. Pero tampoco estaba completamente dentro.
Mientras caminaban hacia la salida, Ilya miraba alrededor sin disimular. La gente. Los rostros. Las formas. Había algo en ellos. En la manera en que se movían. En la forma en que se miraban entre sí. Una seguridad distinta. Una belleza… distinta. No era perfección fría. Era vida y salieron.
El golpe de calor fue inmediato. Pero no agresivo. Más bien… envolvente. Ilya entrecerró los ojos un segundo, adaptándose. Y entonces lo pensó. Sin decirlo.
¿Por qué antes no había venido aquí?
No era una pregunta lógica. Era más bien una realización tardía.
Una pareja pasó caminando frente a ellos. Reían por alguna tontería. Él dijo algo. El otro respondió empujándole el hombro con suavidad. Sin darse cuenta, Ilya sonrió. La imagen duró apenas un segundo. Pero bastó. Recordó una noche en Montreal. Shane intentando enseñarle a comer una hamburguesa "como la gente normal". Terminó con salsa en la nariz. Él no dejó de reír durante algunos minutos. Pero luego la sonrisa desapareció sola. El pecho volvió a sentirse pesado. Bajó la mirada. Respiró despacio. No ahora. Se repitió esas dos palabras como si fueran suficientes.
—Tenemos un pequeño recibimiento preparado —dijo uno de los hombres, guiándolos hacia un vehículo negro estacionado cerca—. Y después, si les parece bien, iremos a comer. Sabemos que el viaje fue largo.
Ilya asintió.
—Perfecto.
Subieron.
El trayecto fue corto, pero suficiente para que Ilya siguiera absorbiendo todo. Las calles. El movimiento. La cercanía entre las personas. Nada se sentía distante.
En un semáforo, el vehículo se detuvo junto a un vendedor que cargaba una hielera azul entre los coches. Ofrecía botellas de agua, refrescos y cocos abiertos con una rapidez que parecía ensayada desde siempre.
Más adelante, dos niños jugaban fútbol descalzos sobre la acera, esquivando peatones con una pelota descolorida. Uno falló un tiro y la pelota rodó hasta los pies de una mujer que barría frente a su negocio. Ella la detuvo con la punta de la sandalia y se la devolvió de un golpe preciso, sin dejar de cantar.
Desde algún balcón llegaba una canción distinta a la que sonaba en la radio del conductor. Las dos melodías se mezclaban con las bocinas, las voces de los vendedores y el golpe lejano de unos tambores.
El aire que entraba por la ventana olía a sal, gasolina, fruta madura y algo asándose en una esquina. Ilya respiró más hondo. Todo parecía ocurrir al mismo tiempo. Y, de alguna manera, todo encontraba su propio lugar.
El restaurante era elegante, pero no rígido. Abierto. Con luz natural. Con sonidos de fondo que no se escondían. Se sentaron. Menú frente a él. Ilya lo abrió. Y se detuvo. No entendía nada. Frunció levemente el ceño.
—¿Qué es esto?
João se inclinó hacia él.
—Brasil.
Ilya soltó una exhalación leve.
—No ayuda.
João señaló algunos platos.
—Esto tienes que probarlo. Y esto… depende qué tan valiente te sientas.
Ilya lo miró.
—¿Valiente?
—Confía en mí.
Ilya sostuvo su mirada un segundo más.
Luego cerró el menú.
—Está bien.
Mientras la conversación seguía a su alrededor —inglés, portugués, risas, propuestas, planes—, Ilya se recostó apenas en su silla. Observando. Escuchando. Sintiendo. Todo era distinto. Todo era… más ligero. Y por un momento, solo un momento, su mente se quedó en blanco. Sin Shane. Sin conflicto. Sin ruido. Solo ahí.
Pero no porque estuviera resuelto. Sino porque había decidido… no pensar más en ello.