21. EL ATARDECER
El avión aterrizó con un golpe seco que le sacudió el cuerpo más de lo necesario. Shane no durmió. Ni un minuto. No fue el asiento incómodo, ni el ruido constante del motor, ni siquiera la luz intermitente del pasillo. Fue su cabeza. Su maldita cabeza, que no se apagaba. Que no le daba tregua. Ilya. Siempre Ilya.
Cuando el avión comenzó a desacelerar en la pista del Aeropuerto Internacional de Galeão, Shane ya estaba con el cinturón desabrochado antes de que la señal se apagara. Impaciente. Tenso. Con el pecho cargado. Brasil. No sabía qué estaba haciendo ahí. Pero al mismo tiempo… sí lo sabía perfectamente.
El calor lo golpeó apenas cruzó las puertas del aeropuerto. No era un calor suave. Era denso. Húmedo. Pegajoso. Como si el aire tuviera peso. Shane se detuvo un segundo. Miró a su alrededor. Portugués por todos lados. Voces rápidas, fluidas, casi cantadas. Señales que no entendía. Gente moviéndose con seguridad, como si todo tuviera un orden que él no podía descifrar.
—Bien… —murmuró para sí mismo.
Sacó el celular. Sin señal estable. Perfecto. Respiró hondo. No entres en pánico. Solo muévete.
El área de taxis fue su primera batalla.
—¿Copacabana? —preguntó, arrastrando la maleta.
El conductor lo miró un segundo, evaluándolo.
—Si, si… Copacabana.
Shane asintió, aunque no estaba seguro de nada. Se subió. La puerta se cerró. Y ahí, por primera vez desde que bajó del avión… se quedó quieto. Mirando por la ventana.
Río de Janeiro no le dio tiempo para adaptarse. Le cayó encima. Tráfico caótico. Motocicletas pasando entre carros. Música saliendo de algún lugar invisible. Edificios viejos mezclados con modernos.
Gente caminando sin prisa, como si el tiempo funcionara diferente ahí. Shane no entendía nada. Pero no podía dejar de mirar. Y aun así… su mente no estaba ahí.
Ilya. Su cara. Su voz. Su forma de mirarlo como si todo fuera un juego… hasta que dejaba de serlo. Apretó la mandíbula.
—Qué diablos estás haciendo… —susurró, más para sí mismo que como pregunta real.
No tenía plan.
No tenía dirección.
Solo una certeza absurda: lo iba a encontrar.
El taxi frenó frente a un edificio en Copacabana. El conductor dijo algo rápido. Shane no entendió ni una palabra. Pagó. Bajó. Y se quedó mirando la entrada del hotel como si fuera una pausa en medio de todo el caos. Adentro… era otro mundo. Aire acondicionado. Silencio relativo.
El recepcionista levantó la mirada.
—Buenas tardes, joven.
Gracias a Dios.
—Hola… Tengo una reservación. Shane Hollander.
El proceso fue rápido, pero para Shane… se sintió eterno. Cada segundo pesaba. Cada pequeño retraso le generaba una ansiedad que no podía explicar. No era el viaje. No era el idioma. Era todo lo que lo había traído hasta ahí.
Llave.
Elevador.
Pasillo.
Puerta.
Cuando la cerró detrás de él… el silencio fue absoluto.
Shane dejó la maleta caer sin cuidado.
Se pasó ambas manos por la cara.
Y por un momento… solo respiró.
La habitación era amplia. Limpia. Con una ventana que dejaba ver apenas una parte del mar. Pero él no estaba ahí para disfrutar nada de eso. Abrió la maleta. Sacó ropa sin pensar demasiado. Camisa.
Short. Nada elegante. Nada calculado. No le importaba.
Sacó el celular. Sin señal estable.
Miró la pantalla otra vez. Como si estuviera esperando algún nuevo mensaje.
No había nada.
Guardó el teléfono.
Respiró hondo.
No entres en pánico. Solo muévete.
Se metió al baño.
Abrió la ducha.
El agua cayó fuerte.
Constante.
Se apoyó con ambas manos en la pared.
Bajó la cabeza.
El agua le golpeaba la espalda, el cuello, la cabeza… pero no lograba apagar el ruido interno.
Ilya.
Otra vez.
Siempre.
Las imágenes se mezclaban.
Recuerdos.
Risas.
Silencios incómodos.
Miradas que decían demasiado.
Cosas que no se dijeron.
Cosas que sí… y que dolieron más.
—Eres un idiota… —murmuró, cerrando los ojos.
No sabía si se lo decía a Ilya. O a él mismo.
El agua seguía cayendo.
Y por primera vez en todo el viaje… dejó de intentar controlar lo que sentía.
El miedo.
La ansiedad.
La necesidad.
Cerró los ojos bajo el agua.
Había cruzado medio mundo.
Ya estaba ahí.
No iba a irse sin intentarlo.
Levantó la cabeza.
Abrió los ojos.
Respiró.
—Te voy a encontrar.
No fue una promesa dramática. Fue algo más peligroso que eso.
Fue una decisión. Y eso… ya cambiaba todo.
En otro lado de la ciudad. Ilya abrió los ojos con dificultad. La luz que entraba por la ventana le molestó más de lo que debería. La cabeza le latía. La garganta seca. El cuerpo pesado. La cruda. Pero no solo de alcohol.
Giró el rostro lentamente.
João ya no estaba.
No reaccionó de inmediato.
No preguntó.
No pensó demasiado.
Simplemente se incorporó, con esa lentitud torpe de alguien que todavía no termina de volver al mundo… y caminó hacia el baño sin decir una sola palabra.
La ducha fue más corta que la de Shane.
Más fría.
Más brusca.
Ilya apoyó la frente contra la pared, dejando que el agua corriera sin intención de relajarse. No estaba ahí para eso. Su mente intentaba reconstruir. Fragmentos. Risas. Música. El cuerpo de João cerca. Demasiado cerca. Abrió los ojos de golpe. Molesto.
—Mierda… —murmuró, pasando una mano por su cabello mojado.
No sabía dónde estaba su celular.
No sabía qué había pasado exactamente la noche anterior.
No sabía dónde estaba João.
Y cada vez que intentaba reconstruirlo, llegaba al mismo lugar.
La cama.
João a su lado.
Después… nada.
Apretó la mandíbula.
¿Y si sí había pasado algo?
Apartó la mirada.
No. Ahora no.
Y lo peor… seguía sin saber nada de Shane.
Salió.
Se vistió sin cuidado.
Camiseta.
Short.
Nada pensado.
Nada emocional.
Volvió a la cama.
Se dejó caer.
Y se quedó mirando el techo.
Hasta que la voz de la abuela rompió todo.
—Ruso…
Ilya giró apenas el rostro. Ella estaba en la puerta, con esa mezcla de dulzura y firmeza que no necesitaba levantar la voz.
—Hay un carro afuera. Te están esperando.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Dicen que vienen de parte de la empresa… la producción.
Ilya se quedó quieto unos segundos. Procesando lento. Demasiado lento.
—¿João…? —preguntó, con la voz todavía áspera.
—Salió temprano.
Ahí sí reaccionó.
No de golpe.
Pero algo cambió.
No tenía celular.
No tenía idea de la hora.
No tenía idea de nada.
Se levantó.
Se pasó la mano por la cara.
Y sin decir mucho más, salió.
El carro era elegante. Negro. Impecable. Demasiado organizado para cómo se sentía él.
—Buenos días Señor Rozanov —dijo el conductor con un español correcto.
Ilya asintió. Se subió. Y ahí empezó todo.
El trayecto no fue largo. Pero para Ilya… se sintió como que pasaron horas. Río seguía siendo un ruido constante detrás del vidrio. Colores. Movimiento. Vida. Pero él no estaba ahí.
No pienses. Solo sigue. Primero la playa. Cámaras. Sonrisas. Indicaciones. Luego el set. Luces. Fotos. Más gente hablando rápido. Y ahora… el estudio de televisión.
El contraste fue inmediato. Todo más controlado. Más estructurado. Más… profesional.
—Haremos la entrevista en español, no te preocupes —le dijo una asistente con una sonrisa amable.
Por fin algo claro.
Ilya asintió.
Se sentó.
Respiró.
Luces.
Cámara.
Cuenta regresiva.
—Y estaremos en vivo en tres… dos…
Sonrisa. Automática. Perfecta.
—¡Bienvenido! Hoy tenemos a un invitado especial…
Ilya escuchaba. Respondía. Sonreía. Pero no estaba ahí.
—¿Entonces, Ilya… como te ha tratado Brasil?
Esa pregunta sí lo alcanzó. Hizo una pausa mínima. Apenas perceptible.
—¿Honestamente? —dijo, inclinándose un poco hacia adelante— Ha sido una locura… de la mejor manera posible. No me esperaba tanto. Tienen un país maravilloso.
La sonrisa ahora sí era real. Un poco.
—En Rusia no tenemos nada como esto. La energía, las personas, la manera en que se tratan… viven con mucha alegría e intensidad…
Se detuvo un segundo. Buscando palabras.
—Todo es diferente. Y te hacen sentir como en casa.
La entrevista siguió. Fluida. Profesional. Correcta. Pero por dentro… Ilya seguía completamente desordenado.
Cuando terminó, el aplauso fue inmediato. Luces que se apagan. Sonrisas que se relajan.
—Buen trabajo —le dijo alguien.
Ilya asintió. Educado. Vacío.
—¿Me pueden llevar de regreso a casa? —preguntó, directo, sin rodeos.
La asistente dudó un segundo.
—De hecho… el señor João Costa está abajo. Lo está esperando.
Ahí sí. Ahí volvió.
Ilya levantó la mirada.
João.
Por un instante, volvió a ver aquella cama.
Los espacios en blanco.
—¿Está abajo?
—Sí.
Ilya asintió y se puso de pie.
Por primera vez en todo el día… totalmente presente. Ilya no respondió. No sonrió. No reaccionó como antes. Solo asintió. Y se puso de pie. Porque ahora… esto ya no era producción. Esto era otra cosa.
Bajo las escaleras.
Salió del lobby.
Subió al carro.
João estaba al volante.
El trayecto comenzó en silencio. Pero no era un silencio cómodo. Había algo distinto entre ellos. Algo que ninguno parecía saber cómo tocar.
João manejaba con la vista al frente.
Ilya miraba de reojo.
Varias veces abrió la boca intentando hablar. Varias veces volvió a cerrarla. Pero solo se quedo pensando en si preguntar…
¿Qué pasó anoche?
¿Dije algo?
¿Hice algo?
—¿Cómo está la cabeza? —preguntó João de pronto.
Ilya soltó una pequeña exhalación.
—Fatal. Pero ya comí, tomé unas pastillas… mucha agua.
Se pasó una mano por el cabello.
—Creo que voy a sobrevivir.
—Qué alivio.
Ilya sonrió apenas.
Duró poco.
Volvió a mirarlo.
—Oye, yo…
João tardó un segundo en reaccionar.
—¿Hm?
Tenía la cabeza en otro lado.
Ilya bajó ligeramente la voz.
—Sobre anoche…
João lo miró.
Por un instante no dijo nada.
Después apareció una sonrisa pequeña. Nerviosa.
—Sobre anoche… nada.
Ilya frunció ligeramente el ceño.
João volvió la mirada hacia la carretera.
—No hay nada de qué hablar.
Una pausa.
—Nada pasó.
Y ahí lo dejó.
Ilya lo observó unos segundos.
La tensión en sus hombros cedió apenas.
No preguntó más.
El silencio regresó.
Esta vez diferente.
Un sonido corto lo interrumpió.
El teléfono de João.
Llegó un mensaje.
João bajó la mirada hacia la pantalla apenas un instante.
Luego otra vez a la carretera.
Ilya lo notó.
Unos segundos después, volvió a mirarlo.
—¿No vas a contestar?
—No.
Demasiado rápido.
João dejó el teléfono boca abajo.
—Está todo bajo control.
Ilya levantó ligeramente una ceja.
Pero no preguntó.
João siguió manejando.
Las manos firmes sobre el volante.
Los ojos al frente.
Solo que, cada cierto tiempo, volvían al teléfono.
Algo no cuadraba.
Ilya miró por la ventana.
Los edificios comenzaban a desaparecer.
Menos tráfico.
Menos ciudad.
Más cielo.
Más mar.
Esperó unos minutos.
—¿Adónde vamos?
—Ya casi llegamos.
Ilya miró alrededor.
—Por aquí no vamos hacia tu casa.
João dejó escapar aire por la nariz.
Casi una sonrisa.
—Lo sé.
—Entonces, ¿adónde me llevas?
Esta vez João tardó un poco más en responder.
Miró la carretera.
Luego el teléfono.
Y otra vez al frente.
—No te preocupes.
Una pausa.
—Dentro de poco vas a entender.
Ilya lo miró.
João no añadió nada más.
El carro siguió avanzando.
Hasta que el ruido de Río empezó a quedarse atrás.
Menos carros.
Menos edificios.
Solo mar.
João redujo la velocidad.
Ilya volvió a mirar alrededor.
—¿Aquí?
—Sí.
João apagó el motor.
Durante unos segundos ninguno se movió.
João miró el teléfono una última vez.
Bloqueó la pantalla.
—Vamos.
Ilya bajó.
La arena estaba tibia. El sonido constante de las olas ocupaba el lugar que había dejado la ciudad. Era una playa distinta. Sin multitudes. Sin música. Algunas personas a lo lejos… suficientes para que no pareciera abandonada, pero pocas para que pudiera respirarse.
—Mi papá me traía aquí cuando era niño —dijo João detrás de él—. Era nuestro lugar.
Ilya lo miró.
João tenía los ojos puestos en el mar.
Ilya no respondió.
Ese tipo de lugares no necesitaban explicación.
Entonces João bajó ligeramente la mirada.
Respiró.
Cuando volvió a hablar, algo en su voz había cambiado.
—Te están esperando.
Ilya giró.
—¿Qué?
João no respondió.
Solo miró hacia la playa.
Ilya siguió su mirada.
Una figura.
A lo lejos.
De espaldas.
El sol cayendo justo detrás.
No podía distinguirla bien.
Solo una silueta.
Ilya entrecerró los ojos.
Intentando entender.
Pero su cuerpo reaccionó primero.
El corazón le dio un golpe seco.
No.
No podía ser.
Dio un paso.
Después otro.
Y entonces reconoció algo.
La postura.
Los hombros.
La forma de quedarse quieto frente al mar.
Algo dentro de Ilya cedió.
—Shane…
Fue apenas un susurro.
Pero suficiente.
La figura se giró.
Y el mundo… dejó de existir.
João no dijo nada.
Miró a Ilya una última vez, luego bajó la vista y caminó de regreso al carro.
Cerró la puerta.
Y los dejó solos.
Ilya no pensó.
No analizó.
No dudó.
Corrió.
Shane reaccionó un segundo después.
Y también corrió.
El encuentro no fue limpio.
Fue torpe.
Fuerte.
Real.
Se estrellaron el uno contra el otro.
Los brazos se cerraron con desesperación.
Como si hubieran llegado tarde.
Como si, por muy poco, no lo hubieran logrado.
—Joder… —murmuró Shane contra su cuello—. Joder…
Ilya no respondió.
Solo lo apretó más.
Hundió el rostro contra él.
Respiró.
Shane.
De verdad.
Ahí.
Shane le pasó una mano por la nuca.
Ninguno parecía dispuesto a ser el primero en soltar al otro.
Hasta que Ilya se separó apenas.
Solo lo suficiente para mirarlo.
Le tocó el rostro.
La mejilla.
El cabello.
Como si todavía necesitara comprobarlo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Shane soltó una risa nerviosa, todavía sin recuperar del todo el aire.
—No lo pensé demasiado.
—Cruzaste medio mundo.
—Lo sé.
—Hasta Brasil.
—También lo sé.
Ilya lo miró incrédulo.
—Estás loco.
—Probablemente.
Una sonrisa mínima apareció entre los dos.
Y desapareció casi de inmediato.
Porque todavía había mucho ruido sobre todo lo que pasó.
Shane bajó la mirada.
—Pensé que no ibas a querer verme.
Ilya frunció el ceño.
—¿Qué?
—Después de cómo te hablé. Después de todo lo que asumí…
Tragó.
—Supe que estabas con él y…
Negó con la cabeza.
—Mi cabeza hizo el resto.
Ilya lo observó en silencio.
Shane continuó.
—Me convencí de cosas sin preguntarte. Y después estaba tan enojado que cada cosa nueva parecía demostrar que tenía razón.
Ilya bajó la mirada.
Por un momento solo se escuchó el mar.
—Debí llamarte —dijo.
Shane levantó los ojos.
—Ilya—
—No. Déjame terminar.
Respiró.
—Te dije que iba a escribirte. No lo hice. Después vi tus llamadas y…
La mandíbula se le tensó.
—Estaba enojado, por la manera en que me hablaste. Vistes un video en internet e inmediatamente pensaste lo peor.
Shane levantó una mano y rozó con los dedos la mejilla de Ilya.
Esta vez ninguno hizo una broma.
—No pasó nada con ella.
Ilya se quedó quieto.
—Nada —repitió Shane—. Ni siquiera estuve cerca de hacer algo.
Ilya cerró los ojos un segundo.
—Te creo.
El alivio apareció antes de que pudiera esconderlo.
—Yo tampoco he hecho algo con él.
Shane lo miró.
—Lo sé.
Aquello salió más bajo.
—¿Cómo lo sabes?
Shane tragó.
Ilya sostuvo su mirada.
—Porque lo puedo sentir. Porque lo puedo ver en tus ojos. Porque después de todo, se que te importo mucho.
Una pequeña risa escapó de Shane.
Ilya también sonrió.
Duró apenas un instante.
Pero estaba ahí.
Ellos.
Todavía estaban ahí.
De repente.
—Pero llevas semanas imaginando que me lo estoy follando.
Shane abrió la boca.
—Yo no—
Ilya levantó una ceja.
Shane cerró la boca.
—Está bien. Quizá un poco.
Ilya soltó una risa cansada.
—Idiota.
—Sí.
Shane sonrió.
Pero esta vez Ilya no lo hizo.
Lo miró durante unos segundos.
—Él siente algo por mí.
La sonrisa de Shane desapareció.
No hubo sorpresa.
Solo una pequeña tensión en el rostro.
—Lo sé.
Ilya lo estudió.
—¿Cómo?
Shane dudó.
Y entonces miró hacia el carro.
João seguía dentro.
—No soy idiota. He visto cómo te ve. Como te observa. Como te cuida.
Ilya se quedó inmóvil.
Pero de cualquier manera le escribí.
—¿Qué?
—A João.
—¿Tú le escribiste a João?
—No sabía qué más hacer.
Ilya seguía mirándolo, intentando procesarlo.
—¿Cuándo?
—Antes de venir. Y otra vez cuando llegué.
Shane bajó ligeramente la voz.
—No sabía dónde estabas. No sabía si ibas a contestarme. Ni siquiera sabía si querías verme.
Miró hacia el carro otra vez.
—Pero pensé que él podía saber dónde encontrarte.
Ilya siguió su mirada.
João estaba al volante.
Quieto.
Sin mirar hacia ellos.
Ilya volvió a mirar a Shane.
—Shane. Perdí mi teléfono. Se me cayó en el carnaval. Intente responder tu llamada, pero se me resbalo de las manos. Intente llamarte antes. Contestar todas tus llamadas antes. Pero sentía que no estaba preparado. Lo que vi, no fue fácil de olvidar.
Y entonces varias piezas encontraron su lugar.
—Él me lo contó.
Eso golpeó distinto.
Ilya miró nuevamente hacia el carro.
Esta vez tardó un poco más en apartar la vista.
Shane lo notó.
No preguntó.
Todavía no.
Ilya respiró profundamente.
—No sabes lo difícil que fue subirme a ese avión.
Shane volvió a mirarlo.
—Entonces dímelo.
Ilya tardó.
—Pensé que no confiabas en mí.
Shane cerró los ojos un instante.
—Tenía miedo.
—Yo también.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Ilya dio un pequeño paso hacia él.
—Nueve años, Shane.
La voz se le quebró.
—Nueve putos años haciendo esto. Escondiéndonos. Esperando. Encontrando cualquier manera de estar juntos…
Shane lo miraba sin moverse.
—Y cuando por fin puedo llamarte mi novio…
Ilya tragó.
Ahí sí tuvo que detenerse.
Solo un segundo.
—…pensé que dejaste de creer en mí.
Shane se quedó sin respuesta.
La mirada se le llenó antes de que pudiera evitarlo.
—Nunca dejé de creer en ti.
Ilya negó lentamente.
—Por un momento sí.
Shane bajó la mirada.
No discutió.
—Sí.
Una ola rompió detrás de ellos.
—Y lo siento.
Ilya lo observó.
Shane levantó nuevamente la mirada.
—Lo siento de verdad.
Una pausa.
—Yo también lo siento porque todo lo que te hice no estuvo bien. Decidí castigarte por eso en lugar de hablar contigo.
Exhaló hondo.
—Perdóname por favor.
Sin que ni siquiera Shane lo esperara. Ilya se arrodilló. Cayó en cuclillas en la arena y le agarró sus manos. Lo sostuvo ahí sin pensar en el mundo, en Rusia, en la familia, en el hockey, en João, o alguien más.
Shane sonrió entre lágrimas.
—Te extrañé.
La expresión de Ilya cambió.
Completamente.
—No digas eso.
—¿Por qué?
Ilya apartó la mirada.
—Porque estoy intentando no llorar.
Shane soltó una risa rota.
—Yo ya perdí esa batalla.
Ilya volvió a mirarlo.
Y ahí se acabó la distancia.
Shane lo levantó.
Lo acercó.
Despacio.
Cruzó sus manos detrás de su espalda.
Ilya cerró los ojos.
Sus frentes se encontraron primero.
Respiraron.
Nada más.
Después Shane rozó su nariz contra la de él.
Ilya abrió los ojos.
—Te extrañé también.
Y lo besó.
No fue desesperado.
No todavía.
Fue lento.
Casi cuidadoso.
Como si ambos estuvieran reconociendo algo que conocían de memoria.
Shane le sostuvo el rostro.
Ilya lo tomó también de la cintura.
Otro beso.
Más largo.
Y otro.
Hasta que algo que llevaban semanas conteniendo finalmente cedió.
Ilya lo acercó con fuerza.
Shane respondió inmediatamente.
Deseo.
Rabia.
Alivio.
Todo mezclado.
Cuando se separaron, ninguno se alejó demasiado.
Shane seguía acariciándole la mejilla con el pulgar.
—Pensé que te había perdido de verdad.
Ilya agarró su camiseta.
—No vuelvas a hacerme sentir así.
—No quiero hacerlo nunca más.
—Entonces habla conmigo.
Shane asintió.
—Tú también.
Ilya hizo una pequeña mueca.
—Eso va a ser más difícil.
Shane soltó una carcajada.
—Imbécil.
—Canadiense.
—Ruso.
Y ahí estaban otra vez.
Después de todo.
Ilya lo miró durante unos segundos.
La sonrisa fue desapareciendo lentamente.
No por tristeza.
Por algo más profundo.
—Te amo.
Shane dejó de respirar por un instante.
No porque nunca lo hubiera escuchado.
Sino porque después de todo aquello… lo necesitaba escuchar.
Apoyó la frente contra la suya.
—Yo también te amo.
Ilya cerró los ojos.
Shane le acarició la nuca.
—Y no pienso perderte otra vez.
Ilya abrió los ojos.
—Entonces no me sueltes.
Shane negó.
—No esta vez.
Se quedaron así.
Sin prisa.
El mar detrás de ellos.
El sol cayendo.
Alguna gente a lo lejos.
Por primera vez, no miraron alrededor para comprobar quién podía estar observando.
No importaba.
Durante nueve años habían aprendido a esconderse.
Ese día… simplemente se quedaron ahí.
Después de un rato, Ilya volvió a mirar hacia el carro.
João seguía dentro.
—No puedo creer que le escribieras.
Shane hizo una mueca.
—Estaba desesperado.
—A João Costa.
—Sí.
—Mi compañero de hockey.
—Sí, Ilya.
—El hombre del que estabas celoso.
Shane suspiró.
—¿Vas a hacer esto todo el día?
Ilya finalmente sonrió.
Una sonrisa real.
—Probablemente.
Shane negó con la cabeza.
—Eres un maldito idiota.
Ilya lo acercó otra vez.
—Pero soy tu idiota.
Shane lo miró.
—Lamentablemente.
Ilya lo besó.
Esta vez tranquilo.
Seguro.
Sin necesidad de demostrar nada.
Porque ya no estaban intentando averiguar quién tenía razón.
Ni quién había herido primero.
Ni quién había tenido más miedo.
Después de semanas corriendo en direcciones opuestas… por fin estaban parados en el mismo lugar.
Y esta vez, ambos solo se estaban eligiendo por amor real.
El aire dentro del carro era extraño. No incómodo del todo… pero tampoco cómodo.
João manejaba con la vista fija al frente. Las manos firmes sobre el volante. Demasiado atento a la carretera para alguien que conocía esas calles de memoria.
A su lado iba Ilya. Shane, atrás. Afuera, Río seguía latiendo con su propio ritmo. Luces cálidas. Música a lo lejos. Gente caminando por las aceras como si la noche apenas estuviera comenzando.
Dentro del carro, nadie parecía saber qué decir. No porque no hubiera nada. Porque había demasiado. Ilya miraba por la ventana. De vez en cuando, sus ojos buscaban a Shane a través del retrovisor. Shane hacía exactamente lo mismo. Hasta que sus miradas se encontraron. Una sonrisa pequeña. Casi involuntaria. João la vio.
Volvió inmediatamente los ojos hacia la carretera.
—Entonces… —dijo después de un momento— ¿quieren pasar por el hotel a recoger tus cosas y luego vamos a mi casa?
Silencio.
Ilya giró hacia Shane.
Shane lo miró.
Los dos parecieron entender lo mismo al mismo tiempo.
Ilya fue el primero en sonreír.
Shane negó con la cabeza.
—João… gracias. De verdad.
João no respondió.
—Por contestarme. Por reunirnos. Por todo.
Hizo una pausa.
—Te debo una.
João miró brevemente por el retrovisor.
—No me debes nada. Tranquilo.
Shane sostuvo su mirada un instante.
Después asintió.
—Gracias por tu hospitalidad. De cualquier manera… creo que esta noche nos vamos a quedar en el hotel.
Ilya giró ligeramente hacia él.
Una sonrisa empezó a formarse.
—Es que Shane gime mucho y no quiere que lo escuchen.
—Te voy a matar.
Shane se inclinó hacia adelante, rojo hasta las orejas.
—Te juro que te voy a matar, Ilya Rozanov.
Ilya soltó una carcajada.
—¿Qué? João ahora es de confianza.
João sonrió por reflejo.
—Sí… tranquilo.
Volvió la vista hacia la carretera.
La sonrisa desapareció casi inmediatamente.
—Entonces en el hotel está bien.
Ilya seguía riéndose.
Shane murmuró algo que ninguno alcanzó a entender.
Por unos segundos, el carro se sintió diferente.
Más ligero.
Casi normal.
Hasta que una moto apareció de repente entre dos vehículos.
—¡João!
Frenó.
Fuerte.
El cinturón atravesó el pecho de Ilya. Shane se sostuvo del asiento delantero.
La moto pasó frente a ellos y desapareció entre el tráfico.
João permaneció con ambas manos sobre el volante.
—Mierda —murmuró.
Ilya lo miró.
—¿Estás bien?
—Sí.
Demasiado rápido.
João volvió a avanzar.
—No la vi.
Ilya continuó observándolo unos segundos.
João mantuvo los ojos al frente.
—Estoy bien.
Esta vez Ilya no preguntó más.
El resto del trayecto fue tranquilo.
Algún comentario suelto.
Una broma que no llegó demasiado lejos.
La voz de Shane apareciendo de vez en cuando desde atrás.
Pero algo había cambiado.
João hablaba menos.
Y cuando lo hacía, parecía necesitar un segundo para regresar a la conversación.
Finalmente, las luces del hotel aparecieron frente a ellos.
João redujo la velocidad y estacionó cerca de la entrada.
Puso el carro en park.
—Llegamos.
Ilya abrió la puerta.
Antes de bajar, miró a João.
—Gracias.
João asintió.
—Nos vemos.
—Sí.
Ilya salió.
Cerró la puerta y caminó hacia la entrada.
Shane después de caminar algunos pasos se detuvo y se regresó al carro.
João lo notó por el retrovisor. Bajo la ventana de su lado.
Ninguno habló durante un momento.
—João.
João levantó la mirada.
—Gracias.
—Ya me lo dijiste.
—Lo sé.
Shane no sonrió.
—Pero necesitaba decírtelo otra vez.
João apartó los ojos.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Silencio.
A través del parabrisas, João notó que Ilya se quedó inmóvil.
Observándolo.
Esperándolo.
Shane lo miró.
Después volvió hacia João.
—Sé que esto no fue fácil para ti.
La mandíbula de João se tensó.
—No sabes nada de mí.
No hubo agresividad.
Solo una barrera.
Shane asintió.
—Tienes razón.
João lo miró.
—Pero sé lo suficiente.
Esta vez João no respondió.
Shane tampoco necesitaba que lo hiciera.
Pasaron unos segundos.
João miró hacia Ilya.
—Él te ama mucho. No lo dejes ir.
Shane siguió su mirada.
Ilya estaba ahí, con las manos en los bolsillos, esperando ya un poco impaciente.
Una sonrisa mínima apareció en el rostro de Shane.
—Lo sé.
João asintió.
Bajó la mirada.
Después volvió al frente.
—No hice esto por ti.
Shane lo observó.
Y entendió.
—También lo sé.
Nada más.
No hacía falta.
—Buenas noches, João.
João sostuvo su mirada por última vez.
—Buenas noches, Shane.
Shane caminó hacia Ilya. Y juntos atravesaron las puertas del hotel.
João se quedó ahí.
Solo.
No arrancó.
Las manos permanecieron sobre el volante.
Miró las puertas por las que acababan de desaparecer.
Un segundo.
Dos.
Después bajó la mirada.
Respiró hondo.
Encendió el carro.
Y se fue.
La ciudad seguía viva.
João no.
Después de dejarlos en el hotel, manejó sin rumbo durante varios minutos.
Sin música.
Sin llamadas.
Solo Río pasando detrás del vidrio y una imagen regresando una y otra vez.
Ilya corriendo hacia Shane.
Los dos abrazándose en medio de la arena.
João apretó la mandíbula.
Un semáforo cambió.
No lo vio.
Una bocina lo hizo reaccionar.
—¡Ei!
Rojo.
João pisó el freno con fuerza.
El cinturón le golpeó el pecho.
El carro se detuvo demasiado cerca del vehículo de adelante.
Se quedó inmóvil.
Las manos aferradas al volante.
Respiró.
Una vez.
Otra.
Le temblaban ligeramente los dedos.
—Mierda…
Cerró los ojos.
No podía seguir manejando así.
Y entonces supo adónde ir.
Cuando llegó a casa de Rafael, tardó en bajar.
El teléfono descansaba sobre el asiento del copiloto.
La conversación seguía abierta.
Shane.
João miró la pantalla.
La bloqueó.
Salió.
Golpeó la puerta.
Rafael abrió.
—João.
Su expresión cambió apenas lo vio.
—¿Qué pasó?
—Nada.
João entró.
Rafael cerró detrás de él.
—Tienes una cara de mierda para que no haya pasado nada.
Normalmente João habría respondido.
Esta vez no.
Caminó hasta la sala y se quedó de pie.
—Lo llevé con él.
Rafael frunció el ceño.
—¿A quién?
João bajó la mirada.
—Ilya.
Silencio.
Rafael entendió.
—Ah. ¿Pero lo llevaste con quien exactamente?
João se sentó.
—Con Shane Hollander.
Los codos sobre las rodillas.
—Cuando lo vio… corrió.
Rafael sin saber quién era exactamente ese tipo. No cuestionó más.
—Ilya corrió hacia él.
Tragó.
—Y Shane también.
Una pausa.
—Se abrazaron y…
João negó lentamente.
—Ya.
—¿Ya qué?
João levantó la mirada.
—Ya entendí.
Rafael esperó. Escuchó pacientemente a su amigo que por lo que notaba por primera vez desde que lo conocía se había quebrado de esa manera.
—Yo sabía que lo amaba —continuó João—. Me lo había dicho.
Una pequeña risa sin humor.
—“Mi corazón ya le pertenece a alguien más.”
Miró al suelo.
—Eso me dijo.
—Entonces ya lo sabías.
—Sí.
João apretó las manos.
—Ese es el problema. Yo sabía.
Se levantó.
—Sabía que tenía novio. Sabía que lo amaba. Sabía que me estaba metiendo donde no debía…
Se pasó una mano por el rostro.
—Y seguí.
—¿Por qué?
João tardó en responder.
—Porque de una manera estúpida y sin razonar bien, pensé que podría tener una oportunidad.
Rafael permaneció callado.
— Yo ni siquiera conozco a Shane, bueno, si se quién es, pero no es mi amigo…
João se encogió de hombros.
—¿Ilya te prometió algo?
João negó.
—No.
Otra vez.
—No. Hubo momentos. Miradas. Algo…
Buscó la palabra.
—Pero nunca me prometió nada. De hecho, nunca cruzó la línea. Bueno, una vez bailamos juntos… pero fue como haber bailado con un amigo. Así a como lo hubiera hecho contigo o con alguien más.
La voz bajó.
—Nunca dijo que iba a elegirme.
Y aquello pareció doler más al decirlo.
João volvió a sentarse.
—Fui yo.
Rafael lo miró.
—Yo dejé que esa posibilidad creciera.
Silencio.
João tomó el teléfono.
—Shane me escribió.
—¿Shane?
—Quería encontrar a Ilya.
Rafael miró la pantalla.
—¿Y tú lo ayudaste?
João soltó una risa breve.
—Al principio no.
Rafael levantó la mirada.
—No quería contestarle.
Pausa.
—Porque si Shane llegaba…
No terminó.
—Se acababa tu oportunidad —dijo Rafael.
João cerró los ojos.
—Sí.
Rafael esperó.
João tragó.
—Incluso rechacé una llamada suya una vez.
—¿Una llamada que Shane le hizo a Ilya?
—Sí.
—Eso estuvo mal.
—Lo sé.
No intentó defenderse.
—Pero después vi a Ilya. Todos esos días. Enojado. Perdido. Mirando un teléfono que ni siquiera tenía…
La voz empezó a fallarle.
—Y entendí que Shane ni siquiera necesitaba estar ahí para que yo perdiera.
Rafael bajó ligeramente la mirada.
João soltó una risa rota.
—Él ya había ganado antes de que yo llegara.
La primera lágrima cayó.
João se la limpió inmediatamente.
—Mierda.
Respiró.
—Así que le contesté. Estaba desesperado por encontrar a su hombre.
Miró el teléfono.
—Lo llevé a la playa.
La respiración se volvió más pesada.
—Después fui a buscar a Ilya.
Rafael lo observó.
—Lo subí a mi carro sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
Otra lágrima.
—Y aun así manejé hasta ahí.
La voz se rompió.
—Yo mismo lo llevé con él.
Y ahí ya no pudo más.
Intentó sentarse mejor, pero terminó en el suelo, con la espalda contra el sofá.
Se cubrió el rostro.
Rafael se acercó.
João permaneció en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá.
Durante un rato no dijo nada.
Se limpió la cara con ambas manos.
Respiró.
—Me he preparado toda la vida para lo difícil, Rafa.
Rafael giró hacia él.
João miraba al frente.
—¿Sabes cuánto me costó llegar hasta aquí?
Una pausa.
—Entrenamientos. Desvelos. Días sin descansar. Dietas de mierda. Amigos que dejé de ver…
Soltó aire.
—Todo.
Rafael escuchaba.
—Cuando llegué a Canadá y esos niños se burlaban de mí… pensé que tenía que ser más fuerte. Cuando me costaba hablar, entender, encajar… más fuerte.
Tragó.
—Cuando pensaba en mi familia y en todo lo que esperaban de mí… más fuerte.
Los ojos empezaron a llenársele otra vez.
—Solo quería que estuvieran orgullosos.
Bajó la mirada.
—Así que me exigí. Todos los putos días.
Se limpió una lágrima.
—Perdí amigos por eso. Hubo gente que pensó que los había olvidado. Dejé cosas que quería porque siempre había algo que hacer, algo que mejorar…
La voz empezó a fallarle.
—Y pensé que todo eso me había preparado.
Rafael frunció ligeramente el ceño.
—¿Para qué?
João soltó una risa rota.
—Para no terminar así.
Se señaló.
Sentado en el suelo.
Los ojos rojos.
La cara mojada.
—Después de todo… terminé derrotado por amor.
Negó lentamente.
—Por una cosa que siempre pensé que podía controlar. Algo que juré que nunca iba a doblegarme.
Rafael lo observó unos segundos.
—¿Y quién carajo no ha sufrido por amor?
João no respondió.
—¿Sabes cuál fue tu error?
João levantó los ojos.
—Pensaste que porque habías sobrevivido a todo eso… podías dejar de ser humano.
João apartó la mirada.
—Que podías entrenarte para no sentir. Para que nada te tocara. Para superar cualquier cosa antes de que tuviera oportunidad de romperte.
João apretó los labios.
Las lágrimas volvieron.
—Pero mírame.
João negó.
—João.
Rafael se acercó y le tomó suavemente el mentón.
—Mírame.
João finalmente levantó los ojos.
—Eres un ser humano. Sientes. Te equivocas. Te enamoras de quien no debes. Te haces ilusiones. Te rompen el corazón.
Lo soltó.
—Como todos. Eso no te hace débil.
—Pero no debí…
La voz de João se quebró.
—Entonces nada de esto tuvo sentido.
—¿Qué cosa?
—Todo.
João abrió las manos, frustrado.
—Todo lo que hice para ser quien soy.
Rafael negó.
—No digas estupideces.
João lo miró.
—Eres increíble, João.
João bajó la cabeza.
—Te lo digo en serio. Si a mí me gustaran los hombres, probablemente me fijaría en ti.
João soltó una pequeña risa.
Pero inmediatamente aparecieron más lágrimas.
—No me digas eso.
Rafael frunció el ceño.
—¿Por qué?
João tardó en contestar.
—Porque él me dijo algo parecido.
Rafael se quedó quieto.
João tragó.
—Me dijo que era el tipo de persona que cualquiera querría tener.
La frase le dolió incluso al repetirla.
—Y después me dijo que su corazón ya pertenecía a alguien más.
Silencio.
João se limpió la cara.
—¿Sabes qué fue lo peor?
Rafael esperó.
—Que pensé: ¿qué tiene Shane que yo no tenga?
Lo dijo con vergüenza.
Sin orgullo.
—¿Qué tiene él mejor que yo?
Rafael negó lentamente.
—Ahí está el problema.
João lo miró.
—El amor no funciona así.
Pausa.
—No es una competencia. No gana el más guapo, ni el que tiene más dinero, ni el que juega mejor, ni el que tiene la mejor personalidad.
João bajó la mirada.
—A veces conoces a alguien y algo simplemente…
Rafael hizo un pequeño gesto con la mano.
—Pasa.
Silencio.
—Sin explicación. Sin pedir permiso. Sin que nadie lo planee.
João cerró los ojos.
—Y eso no significa que Shane tenga algo que a ti te falte.
Rafael esperó hasta que João volviera a mirarlo.
—Significa que Ilya lo ama.
Aquello terminó de romperlo.
João bajó la cabeza.
Los hombros comenzaron a temblarle.
Intentó contenerse.
No pudo.
Rafael se acercó.
—Sácalo.
João negó mientras lloraba.
—Esto va a pasar.
—Ya sé.
João respiró con dificultad.
—Sé que va a pasar.
Se limpió la cara, pero las lágrimas siguieron cayendo.
—Solo que ahora mismo…
No pudo terminar.
—Lo sé.
Rafael permaneció junto a él.
Después de un momento:
—¿Te has detenido a pensar en algo?
João soltó una risa ahogada.
—Rafa, mi cerebro no está funcionando demasiado bien ahora mismo.
—Eso se nota.
João le dio un pequeño golpe con el hombro.
Rafael sonrió.
Solo un poco.
—Quizá hoy no perdiste a una persona.
João lo miró.
—Quizá ganaste a dos.
El rostro de João cambió.
—¿Qué?
—Escúchame.
Rafael acomodó la espalda contra el sofá.
—Si te enamoraste de Ilya, algo tendrá ese ruso aparte de jugar hockey y tener cara de imbécil.
João soltó una risa entre lágrimas.
—No tiene mala cara.
—Ese no era el punto.
João volvió a reír.
Apenas.
Rafael continuó.
—Y si alguien como él lleva tantos años eligiendo a Shane… quizá Shane tampoco sea cualquier persona.
João se quedó pensando.
—¿Qué sabes de él?
João se encogió de hombros.
—Es buen jugador.
—Ajá.
—No se deja vencer fácilmente.
—Bien.
João pensó.
—Y no tiene cola que le pisen.
Rafael levantó una ceja.
—Eso ya es bastante.
João bajó la mirada.
Rafael dejó pasar unos segundos.
—Entonces quizá algún día puedas dejar de pensar en Shane como el hombre que te quitó algo…
Pausa.
—y conocerlo simplemente como la persona que ama tu amigo.
João lo miró.
—¿Mi amigo?
—¿No quieres que Ilya siga en tu vida?
João no respondió.
No necesitaba hacerlo.
—Eso pensé.
Rafael apoyó una mano sobre su hombro.
—Nos pasamos la vida persiguiendo el amor como si fuera la única forma de querer a alguien.
Una pausa.
—Y a veces una amistad termina valiendo más de lo que imaginábamos.
João permaneció quieto.
Las lágrimas seguían ahí.
Pero algo había cambiado.
Muy poco.
—¿Y si no puedo?
—Hoy no puedes.
Rafael se encogió de hombros.
—Mañana tampoco, probablemente.
João soltó aire por la nariz.
—Gracias por el optimismo.
—De nada.
Rafael sonrió.
Después volvió a ponerse serio.
—Pero un día sí.
João lo miró.
—Porque te conozco.
Pausa.
—Esta noche vas a llorar. Vas a sentirte hecho mierda. Probablemente mañana despiertes con los ojos como dos pelotas.
João soltó una pequeña risa.
—Pero vas a levantarte.
Rafael apretó ligeramente su hombro.
—Y poco a poco vas a dejar ir lo que nunca fue tuyo.
João tragó.
Sus ojos volvieron a llenarse.
Pero esta vez asintió.
—¿Me lo prometes?
João respiró profundamente.
Volvió a asentir.
Rafael lo observó.
—Y mientras tanto, siente.
João bajó la mirada.
—No tienes que ser fuerte conmigo.
Una pausa.
—El día que no puedas, vienes aquí.
João lo miró.
—Si quieres llorar, lloras. Si quieres hablar mierda, hablamos mierda. Si necesitas que te recuerde quién eres, también.
Rafael sonrió apenas.
—Para eso soy tu hermano.
João intentó responder.
No pudo.
La boca se abrió, pero la voz no salió.
Y eso fue suficiente.
Se acercó a Rafael y lo abrazó.
Fuerte.
Mucho más fuerte de lo necesario.
Rafael se sorprendió apenas.
Después lo rodeó con los brazos.
João hundió el rostro contra su hombro.
Y volvió a llorar.
Pero esta vez no intentó limpiarse las lágrimas.
No pidió disculpas.
No intentó recomponerse.
Simplemente se aferró a él.
Como si después de pasar toda una vida aprendiendo a resistir solo… por fin entendiera que nunca había tenido que hacerlo.