23. DE REGRESO A LA REALIDAD
Nada en el hielo había cambiado. Seguía siendo frío. Rápido. Implacable. Pero ellos… ya no eran los mismos. No en la velocidad del juego, ni en la intensidad de los golpes contra la barrera. Eso seguía siendo igual de brutal. Igual que antes.
Lo que cambió… fue lo que no se veía. Ottawa ya no jugaba como un equipo que intentaba encontrarse. Jugaba como uno que sabía exactamente quién era. Y en el centro de todo eso… estaban ellos.
Shane Hollander esta vez no dudaba. No en sus movimientos, no en sus decisiones, y mucho menos en su lugar dentro del hielo. Su energía era distinta. Más limpia. Más enfocada. Más… peligrosa. No necesitaba demostrar nada. Solo jugar. Y lo hacía como si cada pase tuviera intención, como si cada movimiento estuviera conectado a algo más grande que él mismo.
Ilya lo notaba. Claro que lo notaba. Desde el otro extremo, desde el banco, desde cada cambio de línea… lo observaba con esa mezcla de orgullo y algo más profundo que no necesitaba nombre.
Shane estaba bien. Y eso… lo cambiaba todo. Pero no era lo único.
João Costa también había cambiado el ritmo del equipo. Seguía siendo el mismo jugador dominante, arrogante por momentos, preciso siempre… pero había algo distinto en su forma de moverse dentro del hielo cuando coincidía con Shane.
No era rivalidad. No del todo. Era… armonía. Parecía que estaban jugando en el mismo equipo. Pero cada desde su cancha propia.
Un pase que llegaba medio segundo antes de lo esperado. Una jugada que no necesitaba palabras. Un cruce de miradas rápido, casi imperceptible, que decía más que cualquier estrategia dibujada en una pizarra. Como si, sin proponérselo, hubieran encontrado un punto medio. Un terreno neutral. Y eso… era raro.
Especialmente para Ilya. Porque Ilya Rozanov no era alguien que confiara fácilmente en otros. Mucho menos en alguien como João. Y sin embargo… Ahí estaba.
Observando cómo su…—no terminó la palabra en su cabeza— se entendía con él dentro del hielo sin fricción, sin tensión, sin necesidad de imponerse. Y lo más extraño de todo… No le molestaba. Al contrario. Le daba una calma inesperada. Como si, por primera vez en mucho tiempo, no tuviera que dividir su mundo en partes separadas.
João no era una amenaza. Y Shane no estaba en peligro. Eso bastaba. Tal vez más de lo que Ilya estaba dispuesto a admitir.
Fuera del hielo, las cosas seguían su propio ritmo. Más suaves. Más humanas. El grupo de chat —que alguien, probablemente Hayden, había insistido en mantener activo— no se callaba nunca. Mensajes a cualquier hora. Memes absurdos. Fotos mal tomadas. Audios que nadie pedía, pero todos escuchaban. Y entre todo eso… Planes.
La obra de caridad ya no era solo una idea lanzada en una conversación casual. Estaba tomando forma. Reuniones improvisadas. Llamadas rápidas. Notas de voz con ideas que a veces no tenían sentido… pero que igual se consideraban. Shane participaba más de lo que esperaba. Daba opiniones. Proponía cosas. Se involucraba. Y eso no pasaba desapercibido.
Ilya, por su parte, hacía lo que mejor sabía hacer. Ordenar. Estructurar. Ejecutar. Sin hacer ruido. Sin buscar reconocimiento. Pero estando en todo.
Y João… João aparecía cuando menos lo esperaban. Con ideas inesperadas. Con contactos. Con soluciones que nadie había pedido… pero que resolvían problemas antes de que existieran. Era… eficiente. Y molesto. Pero útil. Muy útil.
El grupo familiar nunca se callaba. Nunca. Siempre había alguien escribiendo, reaccionando, mandando algo fuera de contexto… o empezando una conversación que terminaba en otra completamente distinta.
Esa tarde, el teléfono de Shane vibró sobre la mesa. Una notificación más. Otra burbuja.
Yuna:
¿Quién está listo para la pasta? 🍝
Ilya:
Yo.
Shane:
Mamá, no trates de hacernos chantaje emocional.
Te dije que no estamos seguros si vamos a poder llegar… pero vamos a hacer lo posible, ¿ok?
Ilya:
No seas malo.
Seguro tu mamá ha preparado una pasta muy rica.
Shane:
Ilya… yo conozco a mis padres.
Mi mamá ni siquiera ha puesto los fideos a cocer.
Yuna:
😄
Bueno, hijo… al menos lo tenía que intentar.
David:
Si vienen, podemos jugar póker.
O cartas. Algo tranquilo.
Yuna:
Espero que estén listos para perder, porque yo siempre gano.
David:
No digas eso. El marcador va bastante parejo.
Yuna:
Ni en tus sueños.
Hay que volver a hacer bien el conteo.
Ilya:
[Foto de un cachorro]
Shane:
Cállate…
No me digas que…
Yuna:
¡Qué precioso! 😍
¿Cómo se llama?
David:
Ese sí sabe posar para la cámara.
Ilya:
Se llama Cachorrito.
Shane:
¿Estás hablando en serio?
Ilya:
¿Cachorrito no te parece un buen nombre?
Shane:
Ilya, deja de bromear.
No podemos cuidar un cachorro si pasamos viajando todo el tiempo.
Ilya:
Entonces dime algo.
¿Te gusta el nombre, sí o no?
Shane:
No.
Absolutamente no.
Ilya:
…
Ilya:
Bueno…
No puedo seguir con esta mentira.
La foto la descargué de internet.
Shane:
Lo sabía.
Está demasiado bien tomada para haber sido por ti.
David:
Qué pena…
Ya me había hecho la idea de tener otro hijo en la familia.
Yuna:
Sí, podríamos turnarnos para cuidarlo entre todos.
Shane:
Ni se les ocurra.
Ilya:
Pero sí.
Shane:
No, Ilya.
No.
Shane:
Esta conversación se acabó.
Ilya:
Shane, ¿Cuánto me quieres?
Shane:
Ilya Rozanov, que esta conversación ya se acabó.
Ilya:
🥺😞
A los pocos días. Una noche en Montreal, los amigos terminaron todos reunidos sin planearlo. Nada formal. Nada importante. Solo… juntos.
Luz tenue, música baja —lo suficiente para acompañar, no para invadir—, y una mezcla perfecta entre bar y lounge donde todo parecía estar diseñado para quedarse un poco más de lo planeado.
Cristal, madera oscura, detalles dorados. Nada exagerado. Solo… apropiado.
El ambiente era ligero. Conversaciones cruzadas. Risas que no necesitaban explicación. Y por un momento, todo se sintió… sencillo. Normal.
Ilya se apoyó ligeramente contra el respaldo de la silla, observando la escena sin intervenir demasiado. Shane estaba hablando con João. No discutiendo. No compitiendo. Hablando. Y eso, por sí solo, ya era suficiente para llamar su atención.
João dijo algo —probablemente sarcástico— y Shane respondió con una sonrisa que no intentaba ocultar. Natural. Sin esfuerzo.
Ilya bajó la mirada un segundo, apenas perceptible. No por incomodidad. No por celos. Sino porque entendía exactamente lo que estaba viendo. Confianza. De la buena. De la que no se fuerza. Y eso… Eso era nuevo.
El mundo no se había detenido. No se había vuelto perfecto. Pero había encontrado algo mejor. Ritmo. Y por ahora… Eso era suficiente.
El lugar no tenía nombre en voz alta. Era de esos espacios que no necesitaban presentación.
Hayden no paraba de reírse demasiado fuerte por algo que ni siquiera era tan gracioso. João se burló. Shane lo siguió. Y en cuestión de minutos, el ambiente ya estaba completamente suelto.
Natural. Sin cámaras. Sin presión. Sin hockey. Solo ellos.
Ilya observaba más de lo que hablaba. Como siempre. Pero no estaba distante. Estaba… presente.
Shane brillaba distinto ahí. Más relajado. Más… él. Se reía sin pensar cómo se veía, interrumpía a mitad de historias, se inclinaba hacia adelante cuando algo le interesaba. Libre. Y eso, inevitablemente, hacía que todo el espacio girara un poco hacia él.
Incluso João lo notó. Y por primera vez… No le molestó.
João no estaba del todo bien. Disfrutando el momento. La compañía. Su nuevo grupo de amigos. Pero en medio de todo, aún adaptándose a tu realidad, viendo a Ilya y Shane juntos. Se quedó mirándolos por un momento y luego respiró.
El tiempo pasaba. Platicas continuaban. Y fue en medio de una de esas risas cuando ocurrió. Nada dramático. Nada anunciado. Solo… una presencia nueva.
Rose Landry.
Shane fue el primero en verla. Y su expresión cambió apenas lo suficiente como para delatarlo. Ilya lo notó. Claro que lo notó. Giró la cabeza. La vio. Y por un segundo… solo la sostuvo con la mirada. No había tensión abierta. Pero tampoco era neutral. Era… evaluación.
Shane soltó el aire, casi en una risa nerviosa, llevándose una mano a la nuca. Ahí estaba. Ese gesto. El de “ok… tal vez debí decir algo”.
Rose se acercó con naturalidad. Segura. Sonriendo. Como si entendiera perfectamente el terreno en el que estaba entrando. Miró primero a Shane. Luego a Ilya. Y en ese cruce silencioso… todo quedó claro.
—Oh —murmuró Shane, bajito—… no sabía cómo decirle.
No hubo disculpa.
Solo honestidad.
Ilya no respondió de inmediato. Solo hizo un pequeño gesto con la cabeza. Corto. Medido.
Rose dio un paso más cerca. Lo suficiente para entrar en su espacio sin invadirlo. Lo miró directamente. Y sonrió con una calma que no necesitaba validación.
—No te preocupes, cariño —dijo, suave, casi divertida—. No soy competencia.
Pausa.
Un leve guiño.
—Soy tu aliada. Así que… cuenta conmigo en lo que necesites.
Ilya la sostuvo con la mirada. Evaluando. Midiendo.
Y luego…
Asintió apenas.
—Rose —dijo, con ese tono neutro que usaba cuando decidía no complicar las cosas—. ¿Quieres un trago?
La sonrisa de Rose se amplió.
—Claro. Pero no muy fuerte, por favor.
Pensó un segundo.
—Algo… dulce. No mucho hielo.
Ilya se levantó sin decir más.
La barra estaba a unos metros.
Suficiente distancia para respirar.
Suficiente distancia para pensar.
Pidió el trago. Un French 75. También pidió otra cerveza. Esperó.
El ruido del lugar se volvió difuso por un instante. No desapareció. Solo… dejó de importar.
Ilya apoyó los dedos sobre la barra.
Miró el reflejo en el cristal.
Luego el entorno.
Nadie prestaba atención.
Y entonces…
Con una precisión casi absurda…
Se llevó la mano al cabello.
Arrancó un solo hilo.
Uno.
Lo sostuvo entre los dedos un segundo.
Como si evaluara la decisión.
Como si no fuera nada.
Como si lo fuera todo.
Y lo dejó caer.
Dentro del vaso.
Un movimiento leve.
Casi imperceptible.
Un pequeño giro del líquido.
Cuando el bartender regresó con su cerveza, Ilya ya estaba perfectamente compuesto. Impecable.
Regresó a la mesa.
Sin prisa.
Sin urgencia.
—Rose —dijo, dejando el vaso frente a ella—. Aquí tienes.
Rose lo miró.
Luego miró el trago.
Luego volvió a él.
—Entonces… —dijo, inclinando ligeramente la cabeza— ¿podremos convivir en paz?
Una pausa corta.
Sonrisa ladeada.
Hayden casi se atraganta con la risa. João soltó una exhalación fuerte. Shane… simplemente los miraba a ambos, conteniendo algo entre nervios y diversión.
Ilya no reaccionó de inmediato. Tomó su asiento. Se acomodó. Y luego, con total tranquilidad:
—Claro —respondió—. No hay ningún tipo de rencor.
Levantó su vaso. El brindis fue natural. Ligero. Casi inevitable.
—Salud.
Shane miró la escena. A todos. A cada uno. Y por un instante… todo encajó:
Rose.
Ilya.
João.
Hayden.
Él.
No había pasado.
No había futuro.
No había consecuencias.
Solo ese momento.
Y era suficiente.
Más que suficiente.
Rose tomó el vaso. Le dio un sorbo. Y sus ojos se abrieron inmediatamente.
—Dios mío… —soltó, sorprendida de verdad—. Este es el mejor trago que he probado en toda mi vida.
Ilya bajó la mirada apenas. Y una sonrisa mínima —casi invisible— se dibujó en la esquina de su boca. Oscura. Sutil. Perfectamente Ilya.
A unas pocas semanas, Shane estaba tirado en el sofá, con un libro abierto entre las manos y los pies descalzos apoyados sobre uno de los cojines.
El apartamento estaba tranquilo. Las ventanas entreabiertas dejaban entrar el aire tibio de la tarde. Montreal empezaba finalmente a sentirse diferente. El frío había cedido y el calor comenzaba a instalarse poco a poco en la ciudad.
Había leído la misma página dos veces. No porque el libro fuera aburrido. Era porque estaba esperando. Y de repente, escuchó una llave entrar en la cerradura. Shane levantó inmediatamente la mirada.
La puerta se abrió.
Y sonrió.
—Dios mío. Pensé que llegarías hace media hora.
Ilya entró arrastrando una maleta pequeña detrás de él.
—Hola, Shane. Yo también estoy muy feliz de verte.
—Idiota.
Shane con mucha ternura.
—¿Qué pasó?
—Paré a echar gasolina y tuve que usar un baño en el camino.
Dejó la maleta junto a la puerta.
—Creo que comí algo que me hizo daño.
Shane cerró lentamente el libro.
—Entonces queda terminantemente prohibido usar el baño de este apartamento.
Ilya lo miró, ofendido.
—Qué bonito recibes a tu novio.
Shane soltó una risa.
Dejó el libro sobre la mesa y caminó descalzo hacia él.
—Ven acá.
Ilya apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que Shane lo rodeara.
El abrazo duró un poco más de lo necesario.
Después vino un beso.
Sencillo. Familiar.
Cuando se separaron, permanecieron cerca.
Shane lo miró.
Ilya lo miró.
Y, sin ninguna razón aparente, los dos empezaron a sonreír.
—¿Qué? —preguntó Shane.
—Nada.
—Entonces deja de verme así.
—Tú me estás viendo igual.
—Porque tú empezaste.
Ilya soltó una pequeña risa.
—Oh. Shane, antes de que se me olvide…
Se separó de él y empezó a buscar en uno de los bolsillos de su equipaje.
Shane lo observó.
—¿Qué buscas?
—Algo.
—Eso ya lo veo.
Ilya abrió otro compartimento.
Nada.
Luego otro.
Shane cruzó los brazos.
—No puedo creer lo desorganizado que eres.
—No soy desorganizado.
—Llevas treinta segundos buscando algo en una maleta que tú mismo empacaste.
—Está aquí.
—Claro.
Ilya volvió a meter la mano.
—Sé que lo puse en algún lado.
—¿Qué es?
—No te voy a decir.
—¿Por qué?
—Porque es una sorpresa.
Eso consiguió que Shane cambiara inmediatamente de expresión.
—¿Una sorpresa?
—Sí.
Ilya siguió buscando.
Shane permaneció ahí, ahora genuinamente interesado.
—¿Necesitas ayuda?
—No.
—Porque claramente—
—¡Aquí está!
Ilya sacó triunfalmente una botellita le lubricante pequeña.
Shane la miró.
Silencio.
Parpadeó.
Volvió a mirar la botella.
Después a Ilya.
Le tomó un par de segundos procesarlo.
—No.
Ilya empezó a sonreír.
—¿Qué?
—Vete a la mierda.
Ilya soltó una carcajada.
—¡Shane!
—¿Ese es mi regalo?
—Lo vi y pensé en ti.
—¡Ilya Rozanov, vete a la mierda!
Shane ya estaba riéndose.
Le quitó la botellita de la mano para verla de cerca.
—Vienes hasta acá y me traes esto. Pensé que sería algo… útil.
Ilya abrió los brazos.
—Es muy útil.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Además, lo necesitamos la última vez.
Shane abrió los ojos.
—¡Cállate!
Le puso inmediatamente una mano sobre la boca.
Ilya empezó a reír detrás de ella.
—Shhh.
Ilya le apartó la mano.
—¿Por qué te pones así? No hay nadie aquí.
—No importa.
—Estamos solos tú y yo.
—Ya sé.
—Entonces…
Shane negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Hay cosas que todavía me da vergüenza hablar contigo.
Ilya lo observó un segundo.
Después se rio.
—Tú nunca vas a cambiar.
—¿Eso es malo?
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Shane lo miró.
Ilya simplemente le quitó la botellita de la mano y la lanzó dentro de la maleta.
—Ven.
Caminaron hacia el sofá.
Shane volvió a ocupar su lugar y Ilya se dejó caer a su lado, estirando las piernas. Durante unos segundos se quedaron cómodamente ahí, compartiendo el silencio del apartamento.
Shane tomó nuevamente el libro, pero no lo abrió.
—¿Estás listo para nuestro viaje?
—Sí.
—¿Seguro?
—Shane.
—Solo pregunto.
—Estoy listo.
—Bien. Porque acuérdate de meter en la maleta…
Ilya levantó inmediatamente un dedo.
—Shhh.
Shane frunció el ceño.
—¿Qué?
—Deja de controlar todo.
—No estoy controlando nada.
Ilya lo miró.
Shane intentó sostenerle la mirada.
No duró demasiado.
—Está bien. Tal vez un poco.
—Todo va a estar bien.
—Solo intento asegurarme de que no olvidemos nada.
—No vamos a olvidar nada.
—Tú no sabes eso.
—Y tú tampoco.
Shane dejó caer la cabeza contra el respaldo.
—Sé que soy intenso a veces.
Ilya soltó una carcajada.
—¿A veces?
Shane giró inmediatamente.
—No empieces.
—Más de la cuenta.
—Gracias.
—Pero ¿sabes qué?
—¿Qué?
Ilya lo miró con una sonrisa.
—Eso también me gusta de ti.
Shane levantó una ceja.
—¿También?
—Sí.
Pausa.
—Porque eso de ser aburrido también me cae bien.
Shane se incorporó.
—¿Siempre soy aburrido?
Ilya empezó a reír.
—Muy aburrido.
—Retíralo.
—No.
Shane agarró uno de los cojines.
—Ilya.
—Shane.
—Retíralo.
Ilya negó con la cabeza.
—Jamás.
El cojín salió disparado.
Ilya lo esquivó entre carcajadas.
Shane intentó agarrar otro, pero esta vez Ilya fue más rápido. Lo sujetó por la cintura y lo levantó del sofá.
—¡Ilya!
—¿Qué?
—¡Bájame!
—No.
—¡Te estoy hablando en serio!
Ilya lo cargó apenas unos pasos antes de volver a dejarlo caer sobre los cojines.
Shane rebotó contra el sofá.
—Eres un imbécil.
Ilya cayó a su lado, todavía riéndose.
—Un imbécil que te gusta.
Shane lo miró.
Intentó negarlo.
Pero terminó sonriendo.
—Desafortunadamente.
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