3. EL INICIO DE LA TEMPORADA
El celular vibró sobre la cama justo cuando Ilya dejó las llaves en la mesa de noche. No lo tomó de inmediato. Primero se quitó la chaqueta y recorrió el apartamento con la mirada. Todo estaba demasiado en orden. No había nada que mover, nada que ajustar.
Exhaló por la nariz y tomó el teléfono.
Un mensaje.
¿Ya sobreviviste tu primer día en Ottawa o ya estás viendo vuelos de regreso?
Ilya sonrió apenas mientras caminaba hacia la cocina.
Sigo vivo. Decepcionante, lo sé.
La respuesta llegó al instante.
Qué alivio. Ya estaba preparando algo convincente para fingir que me importaba.
Ilya se sentó en el sofá, viendo su reflejo en la ventana.
¿Me extrañas?
La burbuja apareció de inmediato.
Claro que no. Idiota. Quédate allá si quieres.
Hubo una ligera pausa.
¿Cómo te sientes en serio?
Ilya sostuvo el celular unos segundos. No era la pregunta. Era la forma de hacerla. No estaba acostumbrado al cuidado. A que alguien realmente se preocupara por él.
Pasaron un par de segundos.
Tranquilo. Aunque estoy extrañando algo que me gusta mucho.
No explicó más.
¿Extrañando qué exactamente?
Ilya ladeó la cabeza, evaluando la respuesta. Esta vez el silencio duró más. Se dejó caer sobre la cama.
No extraño Montreal. Pero extraño tu boca.
La pausa fue larga.
Podía imaginar perfectamente la cara de Shane.
Jódete, Ilya…
Ilya soltó una risa baja.
¿Qué?
La burbuja apareció y desapareció varias veces.
Nada. Solo jódete.
Ilya sonrió, acomodándose sobre la almohada. Escribió algo. Lo borró. Volvió a escribir.
Tengo ideas.
La respuesta fue inmediata.
Claro que las tienes.
Pero no por mensaje.
Cobarde.
Ilya exhaló, divertido.
Sé paciente. Ven y te explico.
Shane tardó un poco más esta vez.
Mierda. No me hagas esperar más.
Ilya no respondió. No hacía falta.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Ottawa se extendía abajo, fría, limpia, distante. Apoyó la frente contra el vidrio.
Estaba pensando algo.
Eso nunca es buena señal.
Ilya entrecerró los ojos.
¿Crees que somos más de arruinarle la vida a un cachorro… o a un bebé?
Silencio.
Más largo esta vez.
¿Hablas en serio?
Ilya soltó una exhalación leve.
Más o menos. ¿Por qué?
Ilya.
Ahí sí sonrió.
Relájate. Solo quería ver hasta dónde llegabas.
Eres un imbécil. Pero eso ya lo sabías.
Pausa.
Más corta. Más tensa.
Un cachorro. Definitivamente un cachorro.
Ilya apoyó el hombro contra la pared.
Cobarde.
Soy realista. Y alguien tiene que serlo.
Ilya soltó una risa.
No duraríamos ni una semana sin discutir.
¿Shane, en serio no te agrada la idea?
Yo sería el que no duerme, limpia y se encarga de todo.
Ilya arqueó una ceja, aunque Shane no podía verlo.
Tú y tu disciplina impecable.
Vete a la mierda.
Nunca estás de acuerdo conmigo.
Silencio.
No incómodo. Pero sí más cargado.
Ilya respiró hondo antes de escribir de nuevo.
Necesito que vengas.
La respuesta fue inmediata.
¿Para qué?
Ilya miró alrededor del apartamento.
Voy a empezar a ver apartamentos en unas semanas. Quiero comprar uno si voy a quedarme aquí.
¿Y necesitas mi aprobación?
Ilya negó levemente con la cabeza.
Solo necesito que no te quejes después. Quiero que me digas: “Ilya, este es un buen lugar para cogerme”.
¿Por qué quieres cogerme siempre?
Pausa.
Sí voy a ir. Solo para decirte que todos son horribles.
Ilya sonrió.
Eso lo haces mejor que jugar hockey.
¿Qué cosa?
Dejarte coger.
Vete a la mierda.
Ven primero.
El silencio volvió. Pero ahora era distinto. Más pesado.
Ilya lo sintió antes de escribir lo siguiente. Dudó un segundo. Solo uno.
Por cierto: Svetlana y Sasha vendrán la próxima semana.
La respuesta no llegó de inmediato.
¿A Ottawa?
Sí.
Pausa.
¿Y se quedan contigo?
Ilya miró la pantalla antes de responder.
Sí. No es gran cosa.
La respuesta tardó más.
Más pensada.
Claro.
Ilya frunció apenas el ceño.
¿Qué?
La burbuja apareció y desapareció varias veces.
Nada. Solo…
Otra pausa.
Tu ex mujer…
Tres puntos.
No terminó la idea.
Ilya esperó.
Y el tipo con el que…
El mensaje desapareció.
Volvió.
Shane, son mis amigos.
Silencio.
Ilya se enderezó un poco.
Y no es lo que estás pensando.
Shane respondió demasiado rápido.
No estoy pensando nada. Solo pregunto.
Ilya leyó el mensaje. No le creyó.
Shane…
La burbuja apareció.
Se quedó.
Es curioso, eso es todo.
Pausa.
Que aparezcan los dos al mismo tiempo.
Ilya apretó la mandíbula.
Olvídalo.
Ese “olvídalo” pesó más que cualquier reclamo.
Ilya se quedó mirando la pantalla. Escribió algo. Se detuvo. Lo borró.
Shane… ¿estás celoso?
La burbuja apareció.
Se quedó.
Desapareció.
Y ya no volvió.
El hielo olía a lo de siempre: frío, metal, sudor viejo. Ilya se detuvo apenas al cruzar la puerta del rink, observando el movimiento dentro. Jugadores entrando y saliendo, el sonido seco de los discos contra las paredes, voces que no se dirigían a él. Todavía no.
Un asistente del equipo lo interceptó antes de que avanzara más.
—Rozanov, ¿verdad?
Ilya asintió.
—Sí.
—Sígueme. Te ubico rápido. Hoy es una práctica ligera… y no estamos completos todavía.
Ilya endureció apenas la mirada.
—¿Falta gente?
—Sí. Algunos llegan mañana. Un par de rookies, también.
Ilya no respondió. Solo observa.
El vestidor estaba medio lleno. Suficiente para sentirse observado.
No suficiente para sentirse integrado. Ilya dejó su mochila en un espacio vacío. Nadie le dijo nada. Un jugador sentado más allá lo miró apenas y levantó la barbilla en señal de saludo.
—Ethan Cole.
Ilya saludó de vuelta.
—Rozanov.
—Sí, ya sé quién eres.
No hubo sonrisa. Pero tampoco rechazo. Ethan volvió a sus patines como si nada. Solo un pequeño gesto. Suficiente.
Otro jugador, más al fondo, habló sin mirarlo directamente.
—¿Te quedas toda la temporada o estas de paso?
Ilya terminó de ajustar su equipo antes de responder.
—Depende de ustedes.
Un par de risas cortas.
Nada agresivo.
Pero tampoco amistoso.
El coach entró sin hacer ruido innecesario.
—En cinco, al hielo.
Eso fue todo.
En el hielo, el mundo de Ilya se simplifica. La velocidad. Los ángulos. Las decisiones rápidas. Se movía bien. Muy bien. Estaba siempre en control limpio. Leyendo rápido. Y no estaba jugando mal. Solo… no estaba completamente ahí.
—¡Rozanov! —gritó Ethan desde la derecha.
Ilya giró justo a tiempo. Recibió el pase. Control perfecto. Lo devolvió en movimiento. Ethan levantó una ceja.
—Bien.
Ilya no respondió. Pero lo registró.
Durante una pausa, Ilya se apoyó en la barrera. Con respiración controlada. Sacó el teléfono sin pensarlo demasiado. Abrió la conversación.
Shane.
Escribió.
Llegué.
No es tan terrible como esperaba.
Lo miró. Lo borró. Volvió a escribir.
El equipo es raro.
Exhaló por la nariz.
Ojalá estuvieras aquí.
Lo envió.
Se quedó mirando la pantalla. Esperando. Pero nada. Así que guardó el teléfono.
—¿Todo bien? —preguntó Ethan, acercándose a su lado.
Ilya ni siquiera lo miró.
—Sí.
—No tienes cara de “sí”.
Ilya soltó una pequeña exhalación.
—Estoy bien.
Ethan lo observó un segundo más… y luego inclinó la cabeza.
—Bien. Solo no te desconectes. Aquí te comen vivo si lo haces.
Directo. Sin drama. Ilya giró apenas la cabeza.
—Lo sé.
El entrenamiento continuó. Más físico ahora.
Al rato volvió al banco. Volvió a Sacar el teléfono. Aun nada. Ni leído. Volvió a escribir. Nada. Lo borró de inmediato. Bloqueó la pantalla. La desbloquea otra vez. Nada.
—Rozanov —lo llamó el coach.
Ilya levantó la cabeza.
—Más simple. Estás pensando demasiado.
—Sí, coach.
Se impulsó de nuevo al hielo. Más rápido esta vez. Más agresivo. Como si pudiera sacar eso de su sistema.
El entrenamiento terminó sin ceremonia. Los jugadores salieron del hielo hablando entre ellos. Risas. Planes. Todos llenos de energía, después de semanas de descanso.
En el vestidor, el ruido volvió. Conversaciones cruzadas. Ilya se sentó. Se quitó los guantes con movimientos precisos. Sacó el teléfono. Nada. La pantalla reflejaba su cara. Calma por fuera. Ruido por dentro. Lo dejó sobre la banca, boca arriba. La pantalla se apagó sola. Y por primera vez en mucho tiempo… Ilya no sabía cómo jugar algo que no podía controlar.
En Montreal. El puck llegó tarde a su stick. O él llegó tarde. Shane lo perdió.
—Hey —dijo alguien detrás—. ¿Todo bien?
Shane levantó la mirada. Había gente mirándolo.
—Sí.
Mentira.
Volvió a moverse. Más rápido esta vez. Más brusco. Como si eso fuera a arreglar algo. No lo hizo.
El teléfono vibró en la banca. No lo miró. Sabía quién era.
—Hollander —dijo Hayden—. Estás en otro lado.
Shane soltó una risa sin humor.
—Sí.
Pero no volvió.
Al día siguiente Ilya llegó temprano. Demasiado temprano. El rink estaba casi vacío. Las luces a medio encender. Silencio. Shane aún no había respondido. Desde aquella noche.
Tenía veinte y seis años, una carrera construida y media liga sabía quién era. Y aun así ahí estaba, revisando una pantalla vacía como un adolescente idiota.
Ilya dejó su mochila en el vestidor. Ni siquiera se cambió por completo. Solo lo necesario. Salió al hielo. Necesitaba moverse. Necesitaba vaciar la cabeza.
El primer pase fue limpio. El segundo también. El tercero… se le fue un poco largo. Arrugó la frente. Respiró. Y lo intentó de nuevo. Entonces lo escuchó. Un sonido distinto. Más rápido. Más preciso. Giró. No estaba solo.
Al otro lado del hielo, un jugador se movía con una velocidad que no encajaba con el vacío del lugar. El puck parecía pegado a su stick. No lo empujaba. Lo llevaba. Cambio de ritmo. Corte cerrado. Velocidad extrema.
Ilya se quedó quieto. Observando. No era sólo técnica. Era… control absoluto.
Había algo extraño en la forma en que se movía. No parecía estar entrenando. Parecía estar completamente solo en otro mundo.
La pista congelada sonaba distinta bajo sus patines. Más limpio. Más ligero. Como si el rink entero se acomodara al ritmo de sus movimientos.
No desperdiciaba energía. Cada giro tenía intención. Cada cambio de dirección parecía calculado antes de suceder. Y aun así… nada en él se veía rígido. Era natural. Demasiado natural.
Ilya observó cómo inclinaba apenas el cuerpo antes de acelerar otra vez. La seguridad con la que manejaba el puck. La manera en que absorbía el espacio alrededor sin apresurarse.
Joven. Definitivamente joven. Pero no jugaba como alguien intentando impresionar. Jugaba como alguien que ya sabía exactamente quién era.
El jugador aceleró. Se metió entre dos conos imaginarios. Giró. Disparó. Gol. Sin esfuerzo.
Ilya avanzó unos pasos sobre el hielo. Más cerca. Sin darse cuenta.
El jugador volvió a girar. Esta vez más lento. Como si sintiera la mirada. Se detuvo. Y levantó la cabeza. Y entonces, sus ojos se encontraron.
No hubo ninguna sorpresa. Ni evaluación. Solo… presencia.
Ilya habló primero.
—Llegaste temprano.
El chico inclinó apenas la cabeza.
—Siempre.
Se acercó. Deslizándose con suavidad. Sin romper el ritmo. Cuando llegó a la distancia justa, detuvo el puck con un toque mínimo.
—Soy Rozanov —dijo Ilya.
El chico lo miró. Un segundo. Dos.
—No te conozco.
Directo. Sin provocación. Sin intención de herir.
Ilya sintió algo moverse dentro de su cuerpo. Algo pequeño. Pero incómodo.
—Juegas hockey —respondió Ilya, seco—. Pues deberías.
El chico se encogió apenas de hombros.
—No sigo nombres.
Pausa.
—Sigo niveles.
Silencio.
Ilya avanzó un paso más.
—¿Y en qué nivel estás tú?
El chico lo observó. Como si lo midiera de verdad por primera vez. Luego sonrió. Apenas.
—Más arriba de lo que crees.
Antes de que Ilya respondiera… el puck ya no estaba donde debía. El chico se lo había quitado. Sin contacto. Sin aviso. Ilya reaccionó tarde. Giró. Aceleró.
El chico ya estaba dos movimientos adelante. Cambio de dirección. Corte. Protección de puck. Ilya intentó cerrarle el paso. Falló. El chico giró sobre sí mismo. El puck desapareció un instante. Volvió a aparecer al otro lado.
Ilya apretó los dientes.
Aceleró más.
Ahora sí.
Contacto.
Presión.
El chico sonrió.
Y lo dejó atrás.
No fue velocidad.
Fue lectura.
Disparo.
Gol.
Ilya se detuvo. Respiración más pesada. No por el esfuerzo. Por otra cosa.
El chico regresó. Tranquilo. Como si nada hubiera pasado.
—Otra vez.
No era pregunta. Ilya no respondió. Pero ya estaba en movimiento. Esta vez fue más agresivo. Más físico. Mucho mejor.
El chico lo notó. Y aun así… volvió a superarlo. Otra vez. Y otra. Hasta que Ilya dejó de pensar. Y empezó a reaccionar. Pero ya era tarde. El ritmo lo marcaba el otro. Siempre.
Finalmente, el chico se detuvo. Respirando apenas. Ilya lo miró. Directo.
—Nombre.
El chico apoyó el stick en el hielo.
—João Costa.
Sonrió.
—Brasil —añadió, como si eso explicara algo.
Ilya no dijo nada. João continuó.
—Mi padre no pierde.
Pausa.
—Mi madre tampoco.
Otra.
—Yo menos.
No sonó arrogante.
Sonó aprendido.
—No vine a adaptarme —dijo João, sosteniéndole la mirada—.
Pausa.
—Vine a ser el mejor.
El hielo quedó en silencio. Ilya no respondió. Pero algo dentro de él ya no estaba igual. Y esta vez… no tenía nada que ver con Shane.