4. UNA VISITA INESPERADA
La ciudad estaba en ese punto donde la noche ya había caído… pero no del todo. Las calles seguían vivas. Más lentas. Más silenciosas.
Ilya manejaba sin música. Una mano en el volante. La otra apoyada en la ventana. Mirando al frente. Tranquilo por fuera. Pero con algo incómodo moviéndose en el fondo de su cabeza.
El aeropuerto estaba concurrido. Svetlana lo vio primero.
—Наконец-то —dijo en ruso, sonriendo mientras se acercaba—. Pensé que ibas a desaparecer.
—Скучала? —respondió Ilya, sin evitar la media sonrisa.
—Не начинай.
Se abrazaron. Cercanos. Fáciles. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Sasha llegó detrás.
—Yo sí estaba listo para el Uber —dijo en ruso.
—Se nota —respondió Ilya—. No te esfuerzas mucho.
El camino de regreso fue ligero. Conversaciones rápidas en ruso. Saltando de tema. Svetlana hablando más. Sasha observando desde atrás, relajado. Ilya participaba… pero por momentos se quedaba callado más tiempo de lo normal. Svetlana lo notó. No solo el silencio. También la manera en que revisaba el teléfono cada ciertos minutos, como esperando algo que no llegaba. Pero no comentó nada.
El edificio estaba tranquilo. No había ruido. Subieron al elevador con las maletas. Svetlana y Sasha venían cansados. El vuelo había sido largo, aunque tranquilo.
—Tengo hambre —dijo Sasha—. Espero que tengas algo decente.
—Algo hay —respondió Ilya—. No prometo nada gourmet.
Sacó las llaves. Abrió. El apartamento estaba semioscuro.
Encendió la luz.
—¿Qué mierda haces aquí? —dijo Ilya.
Shane.
De pie.
Esperando.
El aire cambió de inmediato.
Svetlana se quedó quieta. Sus ojos fueron directo a Shane. Luego a Ilya. Luego otra vez a Shane. No era solo sorpresa. Era la sensación extraña de haber entrado a la mitad de algo. Sasha inclinó ligeramente la cabeza.
—Ok… esto no estaba en el plan.
Ilya no se movió.
—¿Cómo entraste?
Shane sostuvo la mirada.
—No solo tú sabes hacer trucos de magia.
Después exhaló.
—Tú me lo pediste. Me dijiste que ibas a necesitar ayuda… y que querías que empezáramos a ver lo de la fundación de caridad. Por eso estoy aquí.
Svetlana frunció apenas el ceño.
—¿Fundación de caridad?
Miró a Ilya.
—Eso tampoco lo sabía.
Ilya soltó aire por la nariz.
—Es una idea. Apenas lo platicamos hace poco tiempo.
—Curioso… —murmuró ella.
No sonó acusatorio.
Solo confundido.
—Porque yo no había escuchado nada de eso.
Sasha miró a Shane.
—Entonces… tú eres Shane Hollander.
—Sí.
Svetlana dio un paso adelante.
—Wow…
Lo observó mejor ahora. Más detenidamente. Como si intentara conectar la imagen pública con la persona que tenía enfrente.
—Yo te conozco muy bien. De hecho… soy tu admiradora.
Shane no supo qué responder de inmediato.
—Te he visto jugar muchísimo —continuó ella—. Y honestamente…
Exhaló.
—Me gustas.
Shane parpadeó.
—Como jugador —añadió ella rápidamente.
Luego sonrió apenas.
—Y… bueno, también como hombre.
Nada exagerado. Nada fuera de lugar. Pero sí demasiado directo para el ambiente que había en el apartamento.
Sasha sonrió apenas.
—Tienes buen gusto, Svetlana. Él es un asiático muy guapo. Mira sus ojos. Su altura. Su estilo.
—Cállate —respondió ella, sin mirarlo.
Pero siguió observando a Shane. No coqueteando. Analizando.
—En serio —continuó—. Siempre he tenido curiosidad por ti. Ilya lo sabe. Se lo dije muchas veces.
Shane se sonrojó apenas.
—¿Curiosidad por mí? La verdad es que Rozanov me ha hablado poco de ustedes. Solo lo necesario.
Svetlana miró de reojo a Ilya al escuchar eso.
Como si esa respuesta hubiera confirmado algo que todavía no terminaba de entender.
—No me sorprende —dijo ella—. ¿Cuál es la clave de tu éxito?
Lo miró con atención.
—Tu disciplina, tu enfoque… tu manera de jugar. No es normal.
Ilya los observaba desde la cocina. Sin intervenir. Claramente incómodo.mShane dudó un segundo.
—No hay una sola cosa —respondió—. Es constancia. Repetición. Aprender a no desconectarte.
Respondió titubeando un poco.
—Debe ser difícil sostener ese nivel… —dijo Svetlana, observándolo con atención—. No solo físicamente.
Después se acercó un poco más.
—Tiene sentido.
Volvió a mirar a Ilya.
Y esta vez sí hubo algo distinto en sus ojos.
Una duda.
Pequeña.
Pero presente.
—Si hubiera sabido que tú e Ilya eran cercanos… te habría pedido que me lo presentaras desde hace tiempo.
Ilya evitó sostenerle la mirada.
Y eso, más que cualquier cosa, fue lo que terminó de incomodarla.
—De hecho… —añadió ella, casi casual— más tarde tú y yo vamos a tener que hablar a solas.
Se rió suavemente.
Shane levantó levemente una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí —respondió ella—. Me interesa saber qué hiciste para ser mejor que Rozanov en el hielo.
Sasha soltó una risa corta.
—Eso suena peligroso.
Svetlana ignoró el comentario.
Sasha dijo algo en ruso:
—Это становится интереснее.
Svetlana respondió de inmediato:
—Очень.
Ilya añadió, más bajo:
—Потом.
Shane levantó la mano.
—Ok… ¿pueden hablar en español? Por favor.
Respondió nervioso.
—Porque no tengo idea de qué mierda están diciendo.
Svetlana lo miró.
Y por primera vez desde que había entrado al apartamento… sintió que Shane estaba igual de perdido que ella.
—Nada grave —dijo—. Solo estamos tratando de entender qué está pasando aquí.
Sasha bajó la mirada.
—Porque claramente hay partes que nos estamos perdiendo.
Ilya abrió la nevera.
—Hay cerveza.
Eso alivió un poco la superficie.
Sasha fue el primero en reaccionar.
—Eso sí es útil.
Svetlana se sentó en uno de los asientos. Cruzó las piernas lentamente.
—Ok… ahora sí.
Miró a Ilya.
—¿Desde cuándo son tan próximos?
Ilya no respondió de inmediato.
Shane tampoco.
Y eso volvió todo más extraño.
Sasha tomó una cerveza y la destapó.
—Esto se va a poner bueno.
Ilya cerró la puerta de la nevera.
—Hace un tiempo.
Svetlana sostuvo su mirada.
Como esperando algo más.
Pero Ilya no añadió nada.
—Ajá… —murmuró ella.
No insistió.
Todavía no.
—Bueno —dijo Sasha finalmente—. ¿Cómo nos vamos a acomodar?
Ilya miró alrededor.
—El sofá es grande.
—Perfecto —respondió Sasha—. Yo no necesito lujo. Aquí me quedo.
Ilya miró a Svetlana.
—Tú puedes tomar la cama de mi habitación.
Lo dijo demasiado rápido.
Demasiado automático.
—Yo me quedaré en un colchón inflable.
Svetlana lo observó un segundo más de lo normal.
—¿En serio?
Y entonces sonrió apenas.
—Vamos… ¿desde cuándo dormimos separados?
La frase cayó suave. Pero el ambiente cambió de inmediato. Shane no dijo nada. Pero su expresión lo hizo por él. Se tensó. El color se le fue del rostro.
Y por primera vez desde que había llegado… Svetlana entendió exactamente qué estaba viendo. No dijo nada. No preguntó. Pero las piezas finalmente encajaron. Ilya lo supo apenas la miró. Porque conocía demasiado bien esa expresión. Y eso lo incomodó más que cualquier palabra.
—Bueno… —dijo Sasha, rompiendo el momento—. Igual nadie se va a dormir ya.
Miró las cervezas.
—Primero comemos algo, ¿no?
Ilya empezó a servir pasta. También le pasó una cerveza a Shane.
Eso ayudó un poco. Solo un poco. Ilya miró a Shane un segundo.
—Luego hablamos.
No fue una pregunta. Y Shane entendió.
Bajó apenas la cabeza. Mirándolo con una ternura que ya era imposible esconder del todo.
El apartamento, de pronto, se sintió mucho más pequeño. Y lo que fuera que estaba pasando… apenas estaba empezando.
Ilya se quedó de pie unos segundos. Luego dejó la cerveza sobre la mesa.
—Voy a darme una ducha antes de dormir.
Tomó las maletas de Svetlana y caminó hacia el cuarto. Las dejó dentro con cuidado, como si necesitara ordenar algo más que el espacio. Respiró.
Cuando salió, miró directamente a Shane.
—Hollander… ¿me regalas un momento?
—Sí… claro.
Shane dejó su cerveza en la mesa sin terminar. No miró a nadie más. Solo se levantó y lo siguió.
Entraron al cuarto.
La puerta se cerró.
El sonido fue seco. Por un instante, ninguno habló.
Afuera, el ruido lejano de la televisión seguía sonando desde la sala. Voces en ruso mezcladas con el comentarista del partido. Luego, un golpe suave de vidrio. Probablemente Sasha dejando otra botella sobre la mesa.
La luz de la lámpara parpadeó apenas una vez. Lo suficiente para notarlo. Lo suficiente para romper el silencio. Ilya no avanzó. Se giró.
—¿Qué carajo estás haciendo?
No gritó. Solo lo dijo sin más.
Shane se pasó la mano por el rostro, incómodo.
Respiró profundo.
—Yo… sé que fui estúpido —dijo—. Sé que lo arruiné. Tenía que haberte escrito… lo sé, tenía que avisarte.
Ilya dio un paso al frente.
—Pasé esperando un puto mensaje tuyo por días.
Pausa.
—Y no me contestaste.
Shane bajó la mirada.
No discutió.
No se defendió.
—No te voy a mentir… —murmuró—. Me puse celoso. Muy celoso. Por eso me descontrolé. No sabía qué debía responder.
Ilya se quedó quieto, porque eso no era lo que esperaba. O tal vez sí. Pero no es así.
Luego, se acercó despacio. Le tomó el mentón con la mano, obligándolo a mirarlo.
Y en ruso, casi en un susurro:
—Я тебя люблю за это… ты даже не представляешь.
Shane soltó una pequeña risa, más nerviosa que burlona.
—Definitivamente voy a tener que aprender ruso… —dijo—. No sé si me estás insultando o si me estás diciendo algo bonito.
Ilya apenas sonrió. No respondió. Solo lo besó. Sin prisa. Sin necesidad de demostrar nada. Lo abrazó con fuerza, firme, como si necesitara anclarlo ahí. El tiempo se detuvo un instante entre ellos. Shane no respondió. Solo se pegó a él. Como si ese fuera exactamente el lugar donde tenía que estar.
Cuando se separaron, sus frentes quedaron juntas.
—Solo prométeme algo… —dijo Ilya en voz baja—. No vuelvas a hacer esto.
Shane subió y bajó la cabeza, sin dudar. Viéndolo profundamente a sus ojos.
—Háblame… no me dejes esperando.
—Perdón… —dijo Shane—. De verdad. La cagué.
Ilya soltó aire por la nariz, casi una risa.
—Eso ya lo sé.
Respondió nervioso. Pero ya no incómodo.
—¿Cómo diablos supiste que venían hoy? —preguntó Ilya.
Shane dudó un segundo.
—No me juzgues… —dijo—. Vi una historia de Svetlana. Estaban en el aeropuerto. No estaba seguro a dónde iba… pero solo imaginé.
Ilya lo miró, incrédulo.
—¿Y manejaste hasta acá solo por eso?
Shane se encogió de hombros, levemente.
—No pensé mucho.
Pausa corta.
—Solo… no podía quedarme allá.
Lo miró directo.
—No podía aguantar otra noche más sin verte. Sin estar contigo.
Eso le pegó. Ilya negó con la cabeza, una sonrisa corta escapándole. Y lo volvió a abrazar. Más fuerte. Más cerca.
—Estás mal de la cabeza… —murmuró.
—Por vos —respondió Shane, casi automático.
Ilya cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, lo sostuvo firme con la mirada.
—¿Estás consciente de lo que ocasionaste?
Shane parpadeó, como intentando entender.
—¿Qué cosa?
—Ahora Svetlana y Sasha saben todo.
Shane se tensó.
—Lo siento… yo no quería…
Ilya negó suavemente.
—No es eso.
Lo miró profundamente.
—Eso iba a pasar tarde o temprano.
Sin dudas.
—Son las personas más cercanas que tengo… después de ti.
Shane bajó la mirada, esta vez con más peso.
—Lo siento… —repitió—. De verdad.
Ilya lo observó un segundo más.
Y luego se acercó.
—Deja de hablar…
Sus ojos se mantuvieron fijos.
—Mejor dame un beso.
Shane no lo pensó. Ni un segundo.
La puerta del cuarto se cerró detrás de Shane con suavidad. El sonido de la ducha empezó casi de inmediato. Shane se quedó un segundo en el pasillo, inmóvil. Respirando. Como si todavía estuviera procesando lo que acababa de pasar.
Cuando avanzó hacia la sala, lo primero que escuchó fue la voz de Sasha. Fuerte. Cortante. Estaba en el teléfono, hablando en ruso, caminando de un lado a otro con el ceño fruncido. No parecía una conversación ligera. Shane lo miró un segundo, sin entender nada. No preguntó. No era el momento. Desvió la mirada. Y entonces la vio. La puerta del balcón estaba entreabierta. La luz de la ciudad entraba suave. Svetlana estaba afuera. De espaldas, apoyada ligeramente en la baranda, con una copa de vino en la mano. El aire movía apenas su cabello. Tranquila. Pero no distraída. Shane dudó un segundo. Luego caminó hacia ella. Empujó la puerta con cuidado. El sonido la hizo girar. Lo vio. Y sonrió.
—Vaya… Qué sorpresa.
Su tono era ligero.
Natural.
—Aquí siempre eres bienvenido, ¿sabes?
Shane soltó una pequeña risa, incómoda.
—Sí… gracias.
Se quedó a unos pasos. Sin saber exactamente cómo empezar.
—Svetlana… —dijo al fin—. Necesito hablar contigo.
Ella ladeó la cabeza, curiosa.
—¿Hablar?
Le dio un pequeño sorbo al vino.
—Eso suena serio.
Shane tragó saliva.
—Quería… disculparme.
Hubo una pequeña pausa.
Svetlana lo miró, realmente mirándolo.
—¿Disculparte? —repitió—. ¿Por qué?
Bajó la mirada lentamente.
—No has hecho nada malo.
Shane no respondió de inmediato.
Ella desvió la mirada hacia la ciudad por un segundo. Pensando.
—Más bien… —continuó—. creo que has hecho algo muy bueno.
Volvió a mirarlo.
Sus ojos eran distintos ahora. Más suaves. Más honestos.
—Puedo verlo en él.
Shane se tensó apenas.
—¿En Ilya?
—Sí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Pero no era superficial.
—Nunca lo había visto así.
Miró al frente otra vez, como armando las piezas.
—Ahora entiendo todo…
Shane no dijo nada.
—Jane… —murmuró ella—. Nunca me cuadró ese nombre.
Volvió a mirarlo.
—Jane… Shane…
Se le escapó una risa corta.
—Cómo no lo vi antes.
Shane soltó una risa también, un poco avergonzado.
—Ni yo…
Negó con la cabeza.
—Nunca lo pensé.
El silencio que siguió ya no era incómodo. Era… distinto.
Svetlana lo observó un momento más. Luego dejó la copa a un lado.
—Solo quiero preguntarte algo.
Su tono cambió. Más directo.
—Y quiero que me respondas con sinceridad.
Shane asintió, serio.
—¿Sientes por él… con la misma intensidad que él siente por ti?
No hubo pausa.
—Lo amo más que cualquier cosa en este mundo.
Su voz no tembló.
—Ni siquiera sé cómo explicarlo… pero no creo que él me ame más de lo que yo lo amo.
Svetlana lo miró. Y algo en sus ojos se quebró apenas. Muy sutil. Pero estaba ahí. Sonrió suavemente.
—Ven acá…
Shane no dudó. Se acercó. Ella lo abrazó. Fuerte. De esos abrazos que no son por cortesía. Son de verdad. Shane respondió igual. Sin pensar. Sin medir. Se quedaron así unos segundos más de lo normal.
—Está bien… —murmuró ella, casi para sí misma.
Cuando se separó, lo sostuvo por los brazos.
—Quiero contarte algo.
Shane subió ligeramente su mirada.
—¿Qué pasa?
Ella sonrió. Pero esta vez había algo más detrás.
—Porque de ahora en adelante, vamos a ser familia. Por otro lado, mira…
Shane parpadeó.
—¿A qué te refieres?
Svetlana levantó la mano. El anillo brilló con la luz de la ciudad.
—Me voy a casar.
Shane abrió los ojos, sorprendido.
—¿En serio?
Ella asintió.
—Sí.
Soltó una pequeña risa.
—Ilya está tan fuera de este planeta… que ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba pasando.
Shane negó, sonriendo.
—Suena a él.
—No le he contado todavía —añadió ella—. Pero lo haré.
Miró el anillo un segundo.
—Cuando entendí… que él ya había elegido —continuó—… supe que yo también tenía que hacerlo. Volvió a mirarlo. Sin resentimiento. Sin reproche. Solo claridad.
—Y está bien.
Shane no supo qué decir. Pero no hacía falta.
—Va a ser algo bueno —dijo él al final—. De verdad.
Ella sonrió.
—Eso espero.
Tomó su copa otra vez. Pero no bebió.
—Cuídalo.
Lo dijo sin dramatismo. Pero con peso.
—No es fácil para él… sentir así.
Shane asintió.
—Lo sé.
—Y no lo sueltes.
Esta vez sí lo miró directo.
—No mucha gente tiene la suerte de encontrar algo así.
Shane sostuvo su mirada.
—No lo voy a hacer.
Svetlana sonrió. Y esta vez… Fue completamente genuina.
—Bien.
Se acercó y le acomodó el cuello de la camiseta, como un gesto pequeño, casi automático. Muy íntimo.
—Entonces creo que nos vamos a llevar muy bien, Hollander.
Shane soltó una pequeña risa.
—Eso espero.
—No lo esperes.
Le guiñó un ojo.
—Va a pasar.
Ilya nunca supo lo que se habló en ese balcón. Y ninguno de los dos volvió a ponerlo en palabras. Pero ese instante, suspendido entre la noche y la ciudad, se convirtió en el recuerdo más íntimo que llegaron a compartir.
Al día siguiente Svetlana y Sasha salieron temprano. Demasiado temprano. El jet lag seguía marcando el ritmo, y ninguno de los dos tenía intención de quedarse encerrado.
—Quiero ver una galería que está cerca del canal —dijo Sasha mientras se ponía la chaqueta—. Tienen piezas europeas… y algunas cosas contemporáneas interesantes.
Svetlana miró su mano. El anillo. Lo giró suavemente.
—Yo necesito pasar por una joyería —añadió—. Quiero encontrar algo especial.
Sasha levantó una ceja.
—¿Para él?
Ella no respondió de inmediato. Solo sonrió.
—Sí. Para él.
No despertaron a nadie. La puerta se cerró en silencio.
La luz de la mañana llenaba el apartamento cuando Ilya abrió los ojos. No se movió de inmediato. Sintió el calor a su lado. Una presencia. Shane. Giró apenas la cabeza. Lo observó. Sin prisa.
—¿Ya se fueron? —murmuró Shane, todavía con la voz dormida.
Ilya no respondió. Solo lo siguió mirando. Con esa intensidad tranquila… que no avisaba, pero devoraba. Se acercó un poco más. Lo empezó a acariciar. Se acercó un poco más… dudó apenas un segundo. Y luego lo tocó. Le tocó lentamente su torso. Pasó sus manos por su pierna. Luego por sus pies.
—Nos pueden ver —dijo Shane, en voz baja.
Ilya no se detuvo.
—Ya me han visto sin ropa antes.
Shane soltó una pequeña risa, nerviosa.
—Eso no ayuda.
Pero no se movió. Ilya se aproximó más. Siguió provocándolo. Hacía tiempo que no lo tenía así. Y eso le pesaba.
—¿No te parece peligroso?
Shane sostuvo su mirada.
—Un poco.
Pausa nerviosa.
—Y eso no te detiene, ¿verdad?
Ilya negó apenas.
—No. Me gusta el peligro.
Se empezaron a besar como si fuera la primera vez. Profundo.
Con intención. Sin apuro. Como si todo lo que habían callado antes… finalmente encontrara salida en ese instante.
Ilya llevó una mano al cabello de Shane, sujetándolo con firmeza, inclinando apenas su rostro hacia atrás. No era brusco… pero sí dominante, seguro. Shane sintió la reacción inmediata. Una especie de descarga que le recorrió el cuerpo entero, obligándolo a cerrar los ojos un segundo… a rendirse.
—…Ilya —murmuró, apenas separándose lo suficiente para respirar.
Pero no hubo respuesta. Solo otro beso. Más intenso.
Las manos empezaron a moverse. Sin timidez. Reconociéndose. Como si cada uno quisiera asegurarse de que el otro estaba ahí… de verdad. Ilya lo acercó más, acortando cualquier espacio entre ellos. Shane respondió igual. Sin pensar. Sin medir.
El primer momento llegó así. Rápido. Cargado. Impulsivo. Como si ambos hubieran estado conteniendo demasiado por demasiado tiempo. No hubo estrategia. Solo necesidad. Solo ese deseo de volver a encontrarse… de golpe.
Shane estaba respirando agitado, con la voz más baja, más rota.
Y entonces lo dijo.
En ruso.
—Ещё… пожалуйста… ещё… не останавливайся…
El acento no era perfecto. Pero estaba cerca. Demasiado cerca.
Ilya se quedó un segundo en blanco. No por lo que dijo. Sino por cómo lo dijo. Ese ruso… inesperado… casi preciso… le recorrió el cuerpo como un golpe directo. Algo en su interior se encendió con más fuerza. Más profundo. Más instintivo. Lo miró, sorprendido. Como si, de pronto, hubiera descubierto algo nuevo en él.
—¿Desde cuándo…? —murmuró, apenas, sin terminar la frase.
Pero no necesitaba respuesta.
Ya no. Porque lo que fuera que Shane acababa de hacer, lo había llevado a otro nivel.
Y cuando todo se calmó por un segundo, no se separaron. Ni siquiera lo intentaron. Shane apoyó la frente contra la de Ilya, respirando todavía agitado.
—Eso fue…
No terminó la frase. Ilya sonrió apenas, todavía cerca.
—Lo sé.
Pero no terminó ahí. Porque ahora ya no había prisa. Volvieron a empezar. El segundo momento fue distinto. Más lento. Más consciente. Más de ellos. Ilya llevó su mano al rostro de Shane, esta vez con más suavidad. Lo miró directo. Sin juego. Sin sarcasmo. Solo presencia.
—Ven —murmuró.
Y Shane cumplió sin dudar.
El ritmo cambió. Ya no era urgencia. Era conexión. Cada movimiento más medido. Cada pausa más sentida. Como si quisieran alargar el momento… como si supieran que no era solo físico.
Esta vez hubo más miradas que besos. Más respiración compartida. Más silencio. Del bueno. Y cuando finalmente se quedaron quietos… no hubo necesidad de hablar. Shane trazó con los dedos una línea distraída sobre el pecho de Ilya. Ilya cerró los ojos un segundo.
—Cuando me ves, no me das descanso… —murmuró Shane, casi sin fuerza.
Ilya sonrió.
—No te estás quejando, ¿verdad?
Shane negó, apenas.
—Para nada.
Y se quedaron ahí. Cerca. Sin moverse. Como si ese momento… fuera suficiente.
El camino de regreso a Montreal fue distinto. Shane manejaba con una mano en el volante y la otra apoyada cerca de la ventana. A ratos sonreía solo.
—Qué idiota… —murmuró—. Pero valió cada segundo.
No había arrepentimiento. Nada de eso. Solo incredulidad. Por lo que había hecho. Y por lo que había valido la pena.
Cuando llegó al apartamento, dejó las llaves sobre la mesa, entró y sacó el teléfono.
Mensaje:
Idiota, ya llegué.
Disfruta la compañía de tus amigos.
NO ME HAGAS REGRESAR, POR FAVOR.
Envió. Y se dejó caer en el sofá. Todavía con esa sonrisa. Recordando todo lo que pasó. Pero sobre todo, lo que sintió.
Horas después, en Ottawa—
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Sasha, dejando unas bolsas sobre la barra de la cocina.
Ilya bloqueó el celular.
—Nada.
Pero la sonrisa seguía ahí. Discreta. Difícil de esconder. Svetlana lo notó. No dijo nada.
El ambiente ya no era el mismo cuando volvieron a sentarse en la sala. La televisión encendida, transmitiendo un partido importante. Las luces del juego iluminaban el espacio mientras ellos conversaban en ruso, mezclando comentarios del partido con temas propios, como si llevaran horas en esa dinámica cómoda y familiar. Hasta que Ilya soltó algo al pasar.
—Llegó un jugador nuevo. Un rookie.
Sasha levantó la vista.
—¿Y?
—Bueno… es muy bueno —dijo Ilya—. Pero insoportable.
Svetlana giró ligeramente hacia él.
—¿Cómo se llama?
Ilya la miró de reojo.
—¿Por qué te interesa saber?
—A mí no me interesan las personas —respondió ella, tranquila—. Me interesan los talentos.
Ilya dudó un segundo. Luego desbloqueó el celular, recordó verlo encontrado en redes sociales y le mostró una foto. Svetlana la observó con atención. Y lo reconoció.
—Ah… el brasileño.
Ilya se sorprendió.
—¿Lo conoces?
—Lo vi en una entrevista hace poco —dijo ella—. Estuvo en proceso de selección con varios equipos. No sabía que terminaría aquí.
—Es bueno.
Le devolvió el teléfono. Lo miró con más detenimiento.
—Interesante.
Hubo un silencio breve.
—Quiero conocerlo.
Ilya soltó una risa corta.
—No.
—Ilya.
—No.
Svetlana movió la cabeza, apenas.
—Vamos… —dijo, con calma, casi divertida—. No te estoy pidiendo tanto.
Ilya negó.
—No puedes ir a un entrenamiento. Es cerrado. No permiten visitas.
—Vamos —repitió ella, suave, pero firme.
Ilya no respondió. Pero tampoco apartó la mirada.