5. UN DIFERENTE TIPO DE BIENVENIDA
El vestidor estaba lleno. No de ruido excesivo… pero sí de vida. Conversaciones cruzadas. Risas sueltas. El sonido seco de los sticks chocando entre sí al ser apoyados contra la pared. Algunos jugadores ya estaban cambiándose. Otros apenas llegaban, dejando caer sus bolsas contra el suelo con un golpe pesado. El olor era el de siempre. Hielo, sudor, tela húmeda.
—¿Viste el partido de anoche? —dijo uno, mientras se quitaba la camiseta.
—Sí… ese gol en el último minuto no fue normal.
—Fue pura suerte.
—Nah, eso no es suerte.
Más al fondo, alguien ajustaba las cuchillas de sus patines con precisión. Otro golpeaba suavemente el casco contra su pierna, como probando el ajuste. Un disco rodó por el suelo, chocando contra una banca.
—Oye, cuidado con eso —dijo alguien sin mucha intención de reclamar.
Las camisetas colgaban abiertas. Los nombres en la espalda. Las costuras tensas listas para el juego. Todo se sentía… en movimiento. Como si el equipo estuviera empezando a encajar, poco a poco. Ilya estaba ahí. En medio de todo. Sin participar demasiado. Observando. Y entonces… lo vio.
Costa estaba de pie frente a su casillero. Sin camiseta. No había intención en eso. No estaba exhibiéndose. Simplemente no tenía prisa. Su cuerpo hablaba solo. Marcado. Seco. Preciso. Cada línea definida como resultado de disciplina… no de casualidad.
Rozanov no estaba mirando. O al menos, no estaba intentando mirar. Pero en algún punto, giró la cabeza. Un segundo. Suficiente.
Mierda. No hubo morbo. No hubo deseo. Solo una conclusión inmediata: Ese tipo no se permite fallar. Ilya desvió la mirada.
Costa, por su parte, terminó de vestirse sin notar nada.
El hielo los recibió con un frío limpio. No era un partido oficial. Pero tampoco era un simple entrenamiento. Y desde el inicio… João no hizo nada extraordinario. Patinó. Pasó el puck. Se posicionó correcto. Nada más. Pero estaba observando a su equipo. Al equipo contrario. A los espacios. A los errores. A Ilya.
Rozanov estaba jugando bien. Natural. Sin forzar. Sin exagerar. Cuando tenía que acelerar, lo hacía. Cuando tenía que soltar el puck, lo soltaba.
El capitán, por su parte, era otra cosa. Orden. Ritmo. Dirección. No destacaba por encima de todos… pero hacía que todos funcionaran mejor. El equipo se sentía alineado por él. No gritaba. No imponía. Pero estaba en cada decisión correcta. Y eso se notaba.
—Es el nuevo, ¿no?
—Sí… el brasileño.
—Es rookie…
—¿Rookie? No jodas…
—Mira cómo se mueve…
—Es demasiado limpio para ser nuevo.
—Ni parece que esté esforzándose.
Rozanov escuchó. No respondió. Costa forzaba nada… pero siempre estaba donde debía. Siempre.
El primer gol no fue suyo. El segundo tampoco. Rozanov ya había hecho lo suyo. El capitán también. El juego estaba estable. Predecible. Y entonces, en uno de los cambios, Costa se dejó caer.
No fue una caída real. Fue intencional. Se deslizó sobre el hielo, boca arriba, sin impulso… sin resistencia. Por un segundo, el mundo se detuvo. El ruido se apagó. Y su mente… se llenó.
Un aula. Fría. Desordenada. Extraña. El aire pesado. Todas las miradas encima.
—Dí tu nombre.
Silencio.
Su lengua se sintió torpe.
—…João.
Mal pronunciado.
A medias.
—¿Joe?
Risas suaves.
—No… João.
—¿Jou?
—¿Jo-ao?
—¿Qué es eso?
Una voz desde atrás, más baja… más filosa:
—Suena como cerdo… joink, joink...
La risa explotó.
No una carcajada aislada.
Varias.
Al mismo tiempo.
Repetidas.
—Joink… joink…
Alguien golpeó la mesa. Otro lo imitó. El profesor no intervino. No de inmediato. Y João… se quedó ahí. De pie. Sin corregir. Sin intentar de nuevo. Sin defenderse. Sintió el calor subirle por el cuello. La garganta cerrarse. Y algo más. Algo que no entendía en ese momento… pero que se le quedó grabado.
El hielo volvió. El ruido regresó. Las voces. El juego. El presente. Costa parpadeó. Y se incorporó.
Últimos minutos. El marcador estaba parejo. Pero ahora… ya no estaba observando.
La primera jugada fue distinta. No más rápida. Más decidida. Entró, esquivó el primer contacto y encontró un espacio donde no lo había. Gol. Sin celebración.
—¿Viste eso?
—No, no… espérate…
—¿Ese es el rookie?
—No puede ser…
La segunda. Recibió, giró, ejecutó. Gol.
—¿Cuántos años tiene ese tipo?
—¿Veintidós?
—No juega como uno de veintidós…
—Ni cerca.
Ahora sí lo estaban mirando. Todos. Rozanov sintió algo incómodo. No era envidia. No era molestia. Era… presión.
Tercero.
—Está leyendo todo…
—Nos está leyendo…
Cuarto.
—No está reaccionando… está anticipando.
Quinto.
El ritmo del juego ya no era el mismo.
Sexto.
Silencio.
Séptimo.
Esta vez nadie dijo nada. Ni una sola palabra. Solo miradas.
Compañeros. Entrenadores. Incluso algunos rivales.
João permaneció inmóvil unos segundos. El aire frío le quemó ligeramente los pulmones. No era el cansancio. No exactamente. Miró el marcador. Luego el hielo. Luego las gradas. Todo seguía allí. Y, sin embargo, por un instante, nada parecía real.
Había pasado tanto tiempo intentando encajar que casi había olvidado cuándo dejó de intentarlo. Recordó los primeros meses.
Las conversaciones que terminaban antes de empezar. Las palabras atrapadas en la garganta. La sensación constante de estar un paso detrás de todos. No porque fuera peor. Simplemente porque no pertenecía. O al menos eso creía entonces.
Una risa escapó de algún lugar de la banca. Alguien gritó su nombre. Esta vez correctamente. João bajó la mirada un segundo. Solo uno. Y sonrió apenas. Como si todavía le costara creer que lo estaban llamando a él.
El silbato final sonó. Y Costa se detuvo. Como si nada.
El ambiente no se rompió. Pero tampoco volvió a ser el mismo. De regreso en los vestidores, las conversaciones siguieron, las risas también, incluso alguien subió la música un poco más de lo necesario, como si eso pudiera tapar algo que ya estaba ahí.
Costa se recargó ligeramente contra la pared, con botella de agua aún en la mano. No estaba mirando a nadie en particular. O eso parecía. Su mirada se había quedado fija unos segundos más de lo normal… justo en la dirección equivocada. Exhaló lento. No era incomodidad. No exactamente. Era otra cosa. Algo que no terminaba de encajar con la imagen que él mismo había construido desde que llegó. Pasó la lengua por su labio inferior, apenas, como si intentara ordenar una idea que no lograba formar del todo.
—Tranquilo —murmuró para sí, casi sin voz.
Pero no sonó convincente. Por primera vez en todo el día… Costa no tenía el control de lo que sentía. Y eso, más que cualquier mirada o comentario, fue lo que realmente lo descolocó.
Por la noche. El restaurante no era ruidoso. Era… contenido. Luz cálida, copas brillando, conversaciones en tonos bajos. Una mesa larga, perfectamente montada, reservada solo para ellos.
El equipo completo.
El entrenador.
El capitán.
Los jugadores.
La primera cena.
La bienvenida oficial.
—¿Vieron el partido de Toronto anoche? —dijo uno, apoyándose hacia atrás en la silla.
—Sí… van a ser un problema este año.
—Siempre lo son.
—No, pero ahora vienen más rápidos. Cambiaron el ritmo.
—¿Y Montreal? —preguntó otro—. ¿Siguen jugando igual?
—Más físicos.
—Sí, pero se desordenan cuando los presionas.
—Eso nos conviene —añadió alguien—. Si mantenemos el puck, los rompemos fácil.
—Oye, ¿cuánto quedó el de ayer al final? —preguntó uno desde el otro lado de la mesa.
—Cinco a tres.
—¿Quién metió el último?
—El rookie… ese defensa nuevo.
—No estuvo mal.
—Para ser su primer juego… nada mal.
—Igual falta verlos fuera de casa —comentó otro—. Ahí es donde se caen muchos.
—Sí… los viajes pesan.
—Sobre todo cuando son seguidos.
—Por eso hay que empezar fuerte —dijo alguien levantando la copa—. Sacar puntos desde ya.
—Exacto. No podemos regalar partidos.
Risas suaves.
Copas chocando.
—Oye, ¿quién pidió esto? —dijo uno mirando el plato—. Esto no es comida para deportistas.
—Cállate y come.
—Después no te quejes en el entrenamiento.
Las conversaciones seguían fluyendo. Naturales y ligeras. Sin tensión ni pausas. Y en ningún momento… alguien mencionó su nombre.
João estaba sentado casi al centro. No hablaba mucho. Respondía cuando le hablaban. Corto. Preciso. Suficiente. Ilya, en cambio, estaba más hacia un lado. No incómodo por el lugar. Incómodo por el ambiente.
—Tenemos buen grupo este año —dijo el entrenador, levantando ligeramente la copa—. Y nuevas piezas interesantes.
Pausa breve.
Mirada hacia Costa.
—Especialmente tú. Buen juego hoy.
João subió la cabeza.
—Gracias.
Nada más.
El capitán intervino.
—No es fácil entrar así y mantener el ritmo del equipo… y aun así marcar diferencia.
Mirada directa.
—Bien hecho.
Otro jugador, desde el otro lado de la mesa:
—Hermano… lo de hoy no fue normal.
Risas suaves.
—En serio… no fue normal.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó alguien más.
—Veintidós.
—Sí… no juegas como uno de veintidós.
Pequeñas risas. Comentarios. Interés.
Rozanov giró ligeramente la copa entre sus dedos. Sin intervenir. Sin aportar. Solo estaba escuchando.
—Va a ser interesante esta temporada —añadió el entrenador—.
Y esta vez, la mirada fue más general. Pero ya era tarde. El punto ya estaba hecho. Nadie había mencionado su nombre. Ilya dejó el tenedor sobre el plato. No con fuerza. Pero con decisión.
—Voy a tomar aire.
Nadie lo detuvo.
Ilya apoyó los antebrazos sobre la baranda. El aire frío le golpeó el rostro. Respiró hondo.
Las luces de la ciudad brillaban a la distancia. Indiferentes. Como si no supieran quién era.
Ilya cerró los ojos. Por un instante, recordó Montreal. No la ciudad. La vida. Los pasillos que conocía de memoria. Las caras. Los lugares donde no tenía que presentarse. Porque todos sabían quién era.
Durante años había ocupado un espacio. No porque lo buscara. Simplemente estaba ahí. La amenaza. La estrella. El nombre que aparecía una y otra vez en las conversaciones. Y ahora todo era diferente. Nueva ciudad. Nuevo equipo. Nuevas caras. Por primera vez en mucho tiempo... se sintió extraño en su propia vida.
No era miedo.
No era inseguridad.
Era algo más simple.
Más humano.
La sensación de llegar a un lugar donde nadie había vivido contigo las historias que te convirtieron en quién eres.
Ilya abrió los ojos.
La ciudad seguía ahí.
El frío también.
Y por primera vez desde que llegó a Ottawa... extrañó algo más que a Shane. Extrañó sentirse como en casa.
Ilya sacó el teléfono.
Escribió:
¿Estás despierto?
Tres puntos.
Respuesta.
Depende. ¿Quieres que te abra la puerta o ya perdiste las llaves?
Ilya soltó una pequeña exhalación.
Nada de eso. Esta cena está aburrida.
Pausa.
Incluso más aburrida que tú.
La respuesta no tardó.
Ah, pero si te gusta lo aburrido por eso te gusto yo.
Ilya levantó una ceja, apenas.
No te emociones. No es tan fácil cambiarse de equipo.
No extraño al anterior, solo me estoy adaptando a este.
Piensa en que vamos a estar más cerca. Eso te va a dar fuerzas.
Ilya miró hacia adentro, a través del vidrio.
Risas. Movimiento. João hablando con alguien. Tranquilo.
Te imagino ahí con cara de pocos amigos.
Ilya sonrió apenas. Muy leve.
Por eso me salí a respirar. Había demasiado ruido allá adentro.
Si estuvieras aquí, te haría hamburguesas como las de la otra vez.
Pausa.
¿Ocho otra vez?
No. Ahora hago la mitad. Ya me enseñaste a contar.
Ilya apoyó la espalda contra la baranda.
Voy a dormir. Entreno temprano mañana. —respondió Shane.
Ilya miró hacia la ciudad.
Duerme. Pero si sueñas...
Pausa breve.
...sueña conmigo.
La respuesta llegó casi inmediata.
Ni lo pienses.
Ilya bajó el teléfono. El frío ya no se sentía igual. Adentro, la cena seguía. Pero algo en él ya se había acomodado. No del todo. Pero lo suficiente. Se enderezó. Guardó el teléfono y volvió a entrar.
Volvió a la mesa. El ambiente seguía igual. Risas suaves. Conversaciones cruzadas. Copas a medio llenar. Nadie notó su ausencia. O, al menos… nadie lo mencionó.
Rozanov tomó su asiento sin decir nada. Ajustó ligeramente la silla. Miró su plato. Luego la copa. Había una botella de vino en el centro de la mesa. Abierta. A medio uso. Ilya no la tocó. No tenía intención de hacerlo. Y entonces… sin aviso, João se levantó. No hizo ruido. No interrumpió a nadie. Simplemente tomó la botella. Sirvió primero en su copa. Un gesto automático. Y luego, sin mirarlo directamente… llenó la de Ilya. Preciso. Sin exagerar.
La botella volvió a la mesa. João regresó a su lugar. Como si nada hubiera pasado. Ilya no reaccionó de inmediato. Miró la copa. Luego a João. No hubo contacto visual. Nada en su expresión lo explicaba. No habían hablado. No se habían acercado.
Entonces… ¿por qué?
Ilya no dijo nada.
Pero por primera vez en toda la noche… no estaba observando el ambiente. Estaba pensando en él.
La temporada comenzó. Sin pausa. Los entrenamientos se volvieron partidos. Y los partidos… viajes constantes. Ciudades nuevas. Equipos distintos. La misma exigencia. Ottawa dejó de prepararse. Empezó a competir.
—Las llaves —dijo alguien del staff—. Comparten.
Ilya tomó la suya sin mirar.
Hasta que escuchó:
—Rozanov… con Costa.
Pausa mínima. No dijo nada. Ilya no lo vio venir. No por el juego. No por el nivel. Por la habitación.
La habitación era amplia. Dos camas. Luz tenue. Orden. Entraron sin hablar. João dejó su bolso sobre la cama. Abrió. Sacó su ropa. La dobló. Todo limpio. Medido. Preciso. Ilya lo miró de reojo. Luego tomó su toalla.
—Voy a ducharme.
—Claro.
El agua cayó constante. Ilya cerró los ojos más de lo necesario. Y por un instante… no estaba ahí:
El ruido del vestidor desapareció. El frío también. En su lugar, apareció algo conocido. Un cuarto en silencio. Respiraciones compartidas. La cercanía sin palabras. Shane mirándolo fijamente.
Las pecas sobre su rostro. Esa sonrisa… imposible de ignorar. La forma en la que lo miraba sin decir nada. Como si no hiciera falta explicar nada.
Ilya tragó apenas. Abrió los ojos. El agua seguía cayendo. Pero la sensación… no se había ido del todo.
Cuando salió del baño, João ya había organizado todo. Nada estaba fuera de lugar.
—¿Siempre eres así de ordenado? —preguntó Ilya, secándose el cabello.
João levantó la mirada.
—Me ayuda a pensar.
Ilya bajó la cabeza.
No dijo más.
El teléfono de João vibró. Miró la pantalla. Y algo cambió. Muy sutil.
—¿Te importa si contesto?
—No.
João se sentó en el borde de la cama. Aceptó la videollamada.
—Oi, vó… tudo bem?
—Oi, meu filho! Tudo bem, graças a Deus. E você, como é que tá?
Ilya no entendía el idioma. Al menos, no del todo. Pero el tono sí.
La forma en la que la voz de João cambiaba. Eso le llamó la atención. Miró su teléfono. Dudó un segundo. Solo uno. Luego lo tomó. Abrió una aplicación. Traducción en tiempo real. Las palabras empezaron a aparecer en pantalla. Fragmentadas. A veces imprecisas. Pero claras.
Ilya no estaba escuchando por morbo. Era… curiosidad. Quería entender mejor a su rival en el hielo. Y, sin darse cuenta, empezó a leer.
—Estoy bien… los extraño. Oye, ¿cómo estuvo el viaje? ¿Todo salió bien?
—Sí, mi hijo. Todo tranquilo, gracias a Dios. Un poco cansado, ¿no?… pero llegué bien.
—Ni siquiera fuiste a recogerme al aeropuerto —dijo la abuela, en tono de broma.
—Pucha, abuela… de verdad quería ir. En serio.
—Yo sé, mi hijo. Tú estás en lo tuyo allá.
—Pero quería estar con ustedes… sentarme, conversar… estar cerca.
—Y vas a estar —intervino la mamá—. Igual nos vamos a ver antes de que ella regrese.
—Claro que sí —añadió el papá—. Algo vamos a hacer.
—Ojalá… de verdad quiero. Y quiero comer esa comida que solo tú haces.
—Mira nada más… ya pensando en la comida —rió la abuela.
—Siempre, abuela. Esa con frijoles, con su farofita… como tú la haces…
—Claro que sí, yo te la hago.
—Tú solo piensas en comer —dijo la hermana, riéndose.
—Alguien tiene que mantener las prioridades —respondió João.
(risas)
—Oye, ¿y el equipo? —preguntó el papá—. ¿Te están tratando bien?
—Sí… la gente es tranquila conmigo. Todavía me estoy adaptando, pero va bien.
—Eso es lo importante —dijo la mamá—. Ve con calma.
—¿Y te estás cuidando? ¿Estás comiendo bien? —añadió el papá.
—Sí, papá. Tranquilo.
—Él baja de peso rápido —comentó la hermana.
—Tú siempre dices eso —respondió João, negando con la cabeza.
(risas)
—¿Y tú, abuela? ¿Te gusta estar aquí?
—Sí, mi hijo. Lo que me deja tranquila es que la iglesia me queda cerquita. Ya fui… es bien bonita. Me sentí en paz.
—Qué bueno…
—Y tú también, ¿sí? Cuando tengas un tiempito… ve a visitar el templo. Eso hace bien.
—Sí, abuela… claro. Aunque no vaya, yo oro todos los días.
—Ah, ¿sí? —preguntó la mamá.
—Sí… siempre le pido a Dios por ustedes. Por todos.
—Ay, mi hijo… —dijo la abuela con cariño— que Dios te bendiga siempre.
—Amén. Que Dios los bendiga a ustedes también… de verdad.
—Te queremos mucho, ¿sí? —dijo la mamá.
—Mucho —añadió la hermana.
—Mantente firme allá —cerró el papá.
—Yo también los quiero. Mucho.
—Cuídate, mi hijo.
—Usted también, abuela.
—Besito.
—Besito.
La llamada terminó. João se quedó un segundo mirando el teléfono apagado. Una pequeña sonrisa todavía presente. Ilya no dijo nada de inmediato. No era arrogante. No era frío. Era… otra cosa.
—Tu familia… —dijo finalmente—. ¿Está aquí?
João levantó la mirada.
—Sí.
Exhaló.
—Desde hace años.
—¿Te mudaste joven?
—Doce… trece.
Ilya le prestó más atención.
—Debió ser complicado.
João lo miró un segundo más. Esta vez no evitó la conversación.
—Sí.
Pausa.
—El idioma fue lo peor.
Ilya soltó una leve risa por la nariz.
—Te entiendo. Yo me siento igual.
João apoyó los antebrazos en las piernas.
—Al inicio… no hablaba casi nada.
—¿Y ahora?
João encogió un poco los hombros.
—Ahora hablo… lo suficiente.
Ilya lo miró.
—Hablas bien. Pero hablas el español muy bien. No tienes ni acento. Yo nunca lo perfeccione.
João negó apenas.
—Me costó.
Respiró.
—¿Y tú? —preguntó João—. ¿Siempre jugaste en Rusia?
Ilya dudó un segundo.
—Sí.
Pausa.
—Luego… me moví.
João bajó la cabeza.
—Se siente raro al inicio.
—Sí.
Se miraron un segundo. Sin tensión.
—Me imagino que tu abuela cocina mejor que cualquier restaurante aquí —dijo Ilya de pronto.
João soltó una risa. Real.
—Sí. Sin dudarlo. Es la mejor cocinera del mundo.
—Debe ser.
João levantó una ceja.
—¿Entiendes portugués?
Ilya hizo una pausa.
—Lo suficiente.
João lo miró. Un segundo más largo. Y luego negó con una sonrisa leve.
—Mentira —dijo en portugués.
Ilya soltó una risa baja.
—Tal vez.
Silencio. Pero ahora… ligero.
João se levantó. Apagó la luz de su lado.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Ilya se recostó. Miró al techo. Ya no era lo mismo. No era solo el rookie. No era solo el que había metido siete goles. Era alguien más. Cerró los ojos. Y por primera vez desde que llegó… no estaba pensando en competir. Estaba pensando en entenderlo.