6. LO QUE LA FAMILIA SIGNIFICA
El celular vibró sobre la mesa. Una vez. Luego otra. Yuna levantó la vista desde la cocina, frunciendo ligeramente el ceño. No recordaba haberlo dejado en silencio. Caminó hasta la mesa, lo tomó, y vio la pantalla encendida.
Nuevo grupo.
Nombre: Familia
Parpadeó, sorprendida.
Un nuevo mensaje apareció.
Ilya:
Ok. Este es el grupo familiar.
Para mantenernos en contacto… y para que pueda quejarme de Shane.
Yuna no pudo evitar sonreír.
Antes de que escribiera algo, otro mensaje entró.
Shane:
No.
Ilya, detente.
Esta es una pésima idea.
David:
No veo por qué.
A mí me gusta.
Una pausa breve. Luego:
David:
Es una buena excusa para usar más la tecnología.
Yuna:
A mí también me parece una buena idea 😊
¿Cómo estás, hijo?
Ilya tardó unos segundos en responder.
Ilya:
Bien. Gracias.
Adaptándome al equipo.
El inicio de temporada va bien.
Me gusta Ottawa… aunque no la he explorado mucho todavía.
Tres puntitos aparecieron.
Shane:
Dijo “hijo”.
No dijo Ilya.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Ilya:
Sí.
Soy su hijo ahora.
Ella lo sabe.
Shane:
Cálmate.
No te emociones tanto.
Ilya:
Relájate.
No eres tan importante.
Yuna soltó una risa suave, negando con la cabeza.
Yuna:
Ya empezaron…
Me encanta este grupo.
David:
Yo solo quiero dejar claro que no tomo lados.
Pero si alguien tiene fotos comprometedoras de Shane… este es el lugar correcto.
Shane:
Papá.
Ilya:
Interesante.
Voy a empezar a documentar todo.
Shane:
No te atrevas.
Ilya:
Demasiado tarde.
Unos segundos después, Ilya envió una foto.
Shane, despeinado, medio dormido, con una camiseta arrugada y la mirada perdida hacia la ventana.
Ilya:
Ejemplo A.
Yuna:
Se ve igual que cuando tenía 15.
Shane:
Bórrala.
David:
Definitivamente mi hijo.
Ilya:
Lo estoy considerando.
Shane:
Ilya.
Ilya:
No.
Un nuevo mensaje apareció.
Yuna:
¿Y tú cómo estás, Ilya?
Más allá del hockey.
Esta vez, la respuesta tardó un poco más.
Ilya:
Bien.
Tranquilo.
El equipo está bien… el capitán es sólido.
Todo se siente… en orden.
Una pausa.
Luego:
Ilya:
Y Shane no ha sido tan insoportable.
Por ahora.
Shane:
Gracias, supongo.
Yuna:
Eso suena como progreso.
David:
Es lo más cercano a un halago que vas a recibir.
Ilya:
No se acostumbren.
Un silencio breve en el chat.
Luego, Ilya escribió:
Ilya:
Estamos pensando en adoptar una mascota.
Tres puntos. Luego, casi inmediato:
Yuna:
¿En serio?
David:
Eso sí es una decisión importante.
Shane:
No era necesario decirlo aquí.
Ilya:
Claro que sí.
Yuna:
¿Qué tipo de mascota?
Ilya:
Algo pequeño.
Tranquilo.
David:
Eso elimina a Shane como opción.
Shane:
Muy gracioso.
Ilya:
Confirmado.
Yuna:
Me encanta la idea…
Es bonito cuidar algo juntos.
Un pequeño silencio.
Shane:
Estamos viendo opciones.
Ilya:
Yo ya elegí.
Shane:
No.
No has elegido nada.
Ilya:
Sí.
Shane:
No.
Ilya:
Sí.
David:
Esto ya empezó mal.
Yuna:
😂
Unos segundos después, Ilya envió otra foto.
Esta vez, una calle de Ottawa al atardecer. Luces encendidas, frío visible en el aire.
Ilya:
Ottawa.
Yuna:
Es preciosa…
David:
Se ve fría.
Ilya:
Lo es.
Pausa.
Ilya:
Pero está bien.
Shane reaccionó con un simple 👍.
Mientras tanto en Montreal. Hollander iba medio paso adelante. Hayden a su lado, sin apurarlo, sin frenarlo. El ritmo era constante. Pero no su atención. El celular no paraba de vibrar. Shane bajaba la mirada en todo momento.
—¿Qué tanto miras? —dijo Hayden, sin dejar de correr.
Shane tardó un segundo en reaccionar.
—Nada.
—Ajá.
Dos pasos más.
—Fotos y mensajes familiares —terminó admitiendo Shane—.
Hayden soltó una risa breve.
—¿Material comprometedor?
—Cállate.
—Entonces sí.
Shane negó con la cabeza, todavía con el celular en la mano.
—Te vas a romper el cuello si sigues así. —añadió Hayden—.
Shane levantó la mirada al frente. Guardó el celular.
—Sí.
Pero la sonrisa no se le fue del todo.
—Sigues corriendo igual —dijo Hayden, sin mirarlo—. Como si alguien te estuviera persiguiendo.
Shane soltó una pequeña risa por la nariz.
—O como si estuviera tratando de alcanzar algo.
—No —respondió Hayden, tranquilo—. Eso sería diferente.
El sonido de sus zapatillas golpeando el suelo llenó el espacio entre ellos por unos segundos más.
—¿Cómo va todo? —preguntó Hayden.
—Bien.
—¿Bien… bien?
—Sí.
—Qué respuesta tan de mierda.
Shane giró levemente la cabeza, apenas.
—¿Quieres un reporte detallado o qué?
—Quiero que no me hables como si fuera un periodista.
Eso le sacó una sonrisa breve.
—Todo está… en orden.
—Ajá.
Giraron en la esquina. El viento les pegó de frente esta vez. Hayden bajó un poco el ritmo. Shane lo imitó sin pensarlo.
—Oye… —dijo Hayden, como si nada—
¿Has ido últimamente a Ottawa?
Shane se quedó tieso. Literal. El paso se le desacomodó apenas medio segundo, pero fue suficiente. La mente le hizo clic de golpe. ¿Cómo sabe? No había forma. No debía haber forma.
—¿Qué? —respondió, demasiado rápido.
Hayden no lo miró. Siguió corriendo, tranquilo.
—Ottawa —repitió—. ¿Pregunté algo raro o…?
—No —dijo Shane, intentando regular la respiración—. Solo… ¿por qué?
—Nada. Curiosidad.
Shane tragó saliva.
—No… —dijo, dudando—. O sea… no mucho.
La respuesta fue muy mala. Y lo sabía.
Hayden soltó una risa corta, suave.
—Eres terrible mintiendo.
Shane no respondió. No podía. El silencio se volvió más pesado.
—Hey —dijo Hayden, bajando aún más el ritmo hasta casi trotar en sitio—. Relájate.
Shane frenó también, mirándolo por fin.
—No me importa lo que hagas con tu vida.
Directo. Sin rodeos.
—Si estás feliz… yo también lo estoy.
Shane parpadeó, sin saber qué hacer con eso.
—No somos amigos —continuó Hayden—. Somos hermanos.
Una pausa breve.
—Nada va a cambiar entre nosotros.
El aire entre ellos se sintió distinto.
Más limpio. Más denso a la vez.
—Así que… —añadió, encogiéndose ligeramente de hombros—
puedes confiar en mí.
Shane lo miró fijo.
—No soy estúpido —dijo Hayden, finalmente sosteniéndole la mirada—. Sé atar cabos, rarito.
Ahí fue cuando le cayó todo. Como un golpe seco. Svetlana. La conversación. El nombre. Shane. Jane. La forma en que ella lo había mirado. La forma en que había entendido sin que nadie dijera nada. Y ahora… Hayden. El mismo patrón. Ilya.
Lily. Shane sintió cómo la sangre le bajaba de la cara.
—No tienes que decirme nada —continuó Hayden, más suave ahora—. Si no quieres.
El sonido lejano de un auto pasando.
—Pero no me mientas —añadió—.
Shane exhaló lento.
—No sé ni qué decir —admitió, por fin.
—Entonces no digas nada.
Simple. Sin presión.
—Solo… no actúes como si estuvieras solo en esto.
Shane bajó la mirada un segundo. Luego lentamente la subió. Hayden le dio un pequeño golpe con el hombro.
—Además —dijo, retomando el trote—, ya era hora de que dejaras de tomar decisiones estúpidas.
Shane soltó una risa corta.
—No prometo nada.
—Nunca lo haces.
Se miraron apenas un segundo. Y volvieron a correr.
Algunos días después, a unas cuadras de Mount Royal Park en la misma ciudad, el restaurante tenía ese equilibrio raro entre discreto y visible. Mesas al aire libre. Movimiento constante. El tipo de lugar donde nadie mira demasiado… pero todos ven. Shane ya estaba ahí. Ilya llegó sin apuro. Se sentó frente a él como si nada.
—Elegiste bien —dijo, mirando alrededor.
—Lo sé.
El mesero se acercó.
—Buenas tardes. ¿Alguna bebida para empezar?
—Ginger Ale —dijo Shane.
—Agua —añadió Ilya.
El mesero anotó… y dudó.
Miró otra vez.
—Disculpa… ¿Eres Ilya Rozanov?
—Sí.
Luego miró a Shane.
Y lo entendió.
—Oh… —soltó—
pensé que ustedes no…
No terminó.
No hacía falta.
Shane se recostó ligeramente.
—No todo es lo que parece.
Ilya giró el vaso entre los dedos.
—Estamos trabajando en algo juntos.
—¿En serio?
—Apenas empezando —añadió Shane.
El mesero sonrió, sorprendido.
—Wow… no me lo esperaba.
—Nadie lo hace —dijo Ilya.
Se fue.
—Listo —dijo Ilya.
—¿Qué?
—¿Como vamos a hacer lo de la fundación? ¿Por dónde empezamos?
Shane soltó una leve risa.
—Sí…
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Tenemos que abrir una cuenta bancaria compartida.
—¿Corporativa… o personal? —preguntó Ilya.
—Puede ser cualquiera.
Depende de cómo lo quieras manejar.
Ilya pensó un segundo.
—Podríamos hacer una cuenta matrimonial.
Shane lo miró… y se rio.
—No me jodas.
—Es eficiente.
—Claro.
—Todo compartido.
Shane negó con la cabeza, sonriendo.
—Estás mal.
—Funcional.
Se miraron un segundo más de lo necesario.
Luego Shane continuó:
—Algo simple… una línea de ropa, tal vez.
Y lo que entre… directo.
Ilya asintió.
—Eso sí.
—Pero tiene que ser real.
—Lo es. No estamos jugando. Por eso estamos aquí.
Pausa leve.
—¿A quién ayudaremos? —preguntó Ilya.
—Eso es lo primero que tenemos que definir.
Shane sonrió.
A unos metros de distancia alguien levantó un teléfono. Luego otro. Y después un tercero.
No eran periodistas. Ni fotógrafos. Solo personas. Gente comiendo. Pasando la tarde. Reconociendo rostros. Shane lo notó primero. Una chica fingiendo revisar mensajes mientras apuntaba discretamente la cámara hacia ellos. Dos mesas más atrás, un hombre hizo exactamente lo mismo. Ilya siguió hablando como si nada.
—Entonces decidimos a quién va dirigido y después vemos la estructura.
—Sí.
Shane tomó un sorbo de agua.
—Nos están tomando fotos.
—Lo sé.
Ni siquiera levantó la vista.
—¿Desde cuándo?
—Desde que llegué.
Shane soltó una pequeña risa.
—Y no pensabas decirme.
—Lo acabas de notar.
—Buen punto.
Parecía un momento incómodo. Pero no lo era.
Por extraño que pareciera, ninguno se movió. Ninguno intentó ocultarse. Ninguno cambió de mesa. Porque esa era exactamente la razón por la que estaban ahí. No para llamar la atención. Pero tampoco para evitarla.
—Esto va a estar en internet en menos de una hora —murmuró Shane.
—Probablemente.
—Y la gente va a inventar teorías.
—Definitivamente.
—Algunas muy estúpidas.
—La mayoría.
Ahora ambos estaban sonriendo. Una calma extraña se instaló entre ellos. Como si por primera vez no estuvieran corriendo detrás de algo. Ni escapando de algo. Simplemente sentados. Existiendo. Juntos.
—¿Sabes qué es lo más raro? —preguntó Shane.
—¿Qué?
—Que cuando era novato pensaba que los jugadores veteranos tenían la vida resuelta.
Ilya soltó una risa.
—Error de principiante.
—Lo sé ahora.
—Nadie tiene la vida resuelta.
—¿Ni tú?
—Menos yo.
Eso hizo reír a Shane.
De verdad.
—Mentiroso.
—No.
—Tienes una carrera increíble.
—Ajá.
—Y todavía compras cereal porque el empaque tiene un dibujo bonito.
Ilya lo miró.
—Era un oso.
—Exactamente.
—Era un buen oso.
—Gastaste ocho dólares por un oso.
—Valió la pena.
Shane negó con la cabeza.
Todavía sonriendo. Por un instante olvidó las fotos. Las cámaras. La atención. Todo. Y simplemente lo observó. Las manos. La forma en que hablaba. La facilidad con la que ocupaba espacio sin intentar hacerlo. Nueve años. Y todavía había cosas que seguía descubriendo.
—¿Qué? —preguntó Ilya.
Shane apartó la mirada.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—No seas idiota.
—Sí lo estabas haciendo.
—No.
—Sí.
Shane negó con la cabeza.
Y por alguna razón... aquello se sintió más parecido a una cita que cualquier cosa que hubieran hecho antes.
Cuando llegaron al apartamento de Shane todavía había luz entrando por las ventanas. Montreal estaba tranquila. Por una vez, no había entrevistas. No había compañeros de equipo. No había cámaras. Solo ellos. Shane dejó las llaves sobre la barra de la cocina.
—¿Y ahora qué?
Ilya se quitó la chaqueta.
—Comer.
—Ilya Rozanov, comimos hace poco.
—Shane Hollander, tengo hambre otra vez. ¿Qué quieres que haga?
Shane sonrió.
—¿Vas a cocinar?
—Voy a intentarlo.
—Eso me preocupa.
—A mí también.
Ilya abrió el refrigerador. Lo observó unos segundos. Luego cerró la puerta. Volvió a abrirla. Nada había cambiado.
—No tenemos casi nada.
—Tenemos papas.
—Y queso.
—Y salsa.
—Y una lechuga sospechosa.
Shane soltó una carcajada.
—No seas dramático.
—La lechuga está luchando por su vida.
—Todavía sirve.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que quiere intoxicarme.
Al final decidieron improvisar una poutine y una ensalada. No porque supieran prepararla. Porque parecía suficientemente simple. Error. Grave error.
A los veinte minutos ya estaban discutiendo. No una discusión real. De las otras. De las inútiles. Las que no importan.
—Te dije que cortaras las papas más pequeñas.
—Las corté pequeñas.
—Eso no es pequeño.
—¿Desde cuándo eres experto en papas?
—Desde que tú claramente no lo eres.
Shane le lanzó una mirada.
Ilya le devolvió otra.
Ambos terminaron riéndose.
Otra vez. Como venía pasando toda la tarde. Se repartieron tareas.
Ilya se encargó de las papas.
Shane de la ensalada.
Aunque la palabra "encargó" era generosa. Porque ninguno parecía saber exactamente qué estaba haciendo.
—¿Cuánto va aquí?
—No sé.
—¿Entonces por qué me lo diste?
—Porque tú estabas más cerca.
—Excelente sistema.
En algún momento los dos alcanzaron el mismo recipiente. Sus manos chocaron. Nada espectacular. Solo un roce. Pero ambos se quedaron quietos un instante. Un segundo demasiado largo para algo tan simple. Luego siguieron como si nada. Y aun así... algo se quedó flotando entre ellos.
Shane bajó la vista hacia la tabla de cortar. Intentando concentrarse. Sin mucho éxito. Porque cada vez que levantaba la mirada encontraba a Ilya. Moviéndose por la cocina. Buscando ingredientes. Abriendo cajones equivocados. Maldiciendo en ruso cuando no encontraba algo.
Qué hombre tan estúpido, pensó… pero qué ridículamente enamorado estaba de él.
—¿Qué?
preguntó Ilya desde el otro lado.
Shane parpadeó.
—Nada.
—Concéntrate en las papas.
—Concéntrate en tu ensalada.
Y justo entonces—
—Mierda.
La navaja resbaló.
Nada grave.
Pero suficiente.
Shane retiró la mano inmediatamente.
Una pequeña línea roja apareció en uno de sus dedos.
—¿Qué hiciste?
La reacción de Ilya fue instantánea.
Dejó todo.
Absolutamente todo.
—Estoy bien.
—Déjame ver.
—Ilya.
—Shane.
Ya estaba frente a él. Tomándole la mano. Revisando la herida. Como si fuera mucho más grave de lo que realmente era.
—Es un rasguño.
—Sigue siendo una herida.
—Sobreviviré.
—Lo sé.
Pero aun así fue por el botiquín. Shane observó cómo buscaba alcohol. Gasas. Una curita. Toda la atención puesta en algo que apenas sangraba. Y de repente... el dedo dejó de importar. Porque Ilya estaba sosteniendo su mano. Porque estaba concentrado. Porque estaba cuidándolo. Y Shane ya ni siquiera recordaba si le dolía. Probablemente no. O probablemente sí. Simplemente dejó de notarlo.
—No necesito todo esto.
—Sí lo necesitas.
—No.
—Sí.
—Ilya.
—Shane.
La mirada que recibió fue suficiente. No iba a ganar. Nunca ganaba esas discusiones. Un minuto después tenía una curita. Y un guante encima.
—Esto es ridículo.
—Es higiene.
—Estoy cortando lechuga.
—Exactamente.
—¿Me lo puedo quitar?
—No.
—Estoy bien.
—No seas necio.
—No soy necio.
—Estás usando un guante.
—Porque tú me obligaste.
—Y seguirás usándolo.
Shane negó con la cabeza. Pero la sonrisa ya estaba ahí. La misma que aparecía siempre. La que nunca podía ocultar. Cuando Ilya hacía algo así. Cuando lo cuidaba sin pedir permiso. Cuando decidía que algo era importante y el resto del mundo podía discutir todo lo que quisiera.
La cocina volvió al caos. Las papas casi se quemaron. La salsa quedó extraña. La ensalada terminó teniendo ingredientes que ninguno recordaba haber comprado. Y, eventualmente... la comida estuvo lista.
Se sentaron frente a frente. Probaron el primer bocado. Luego otro. Y otro. Hasta que Shane empezó a reír. De la nada.
—¿Qué?
preguntó Ilya.
—Esto es terrible.
—No está tan mal.
—Está horrible.
—He comido cosas peores.
—Eso no ayuda.
Ahora ambos estaban riendo.
La tensión. El cansancio. La presión. Todo parecía más lejos. Mucho más lejos.
Shane estiró una mano sobre la mesa. Ilya la tomó sin pensarlo. Natural. Automático. Como respirar. Sus dedos se entrelazaron. Y durante un momento ninguno habló. No hacía falta. Porque había días en que el amor se veía espectacular. Y había otros... como ese. Donde se veía como una cocina desordenada. Una ensalada mediocre. Un guante absurdo. Y una mano que no querías soltar. Y, de alguna forma... esos días eran los mejores.
Ya en la cama, la televisión seguía encendida. Ruido bajo. Deporte de fondo. Ilya estaba recostado, relajado. Shane, apoyando su cabeza sobre su pecho. Ilya acariciando su cabello. Shane estaba quieto. Como si ese fuera… exactamente el lugar donde tenía que estar. Solo calma. Seguridad. Ilya pasó la mano distraídamente por su brazo.
—Pesas mucho.
—De todo te quejas.
—Tu eres el que te quejas más.
Recordando todos aquellos momentos de intimidad. Todas aquellas veces que Shane gimió de placer. Y luego… la voz en la televisión cambió.
—…y una de las nuevas caras que está dando de qué hablar esta temporada—
Ambos miraron. Un comercial. Y ahí estaba. João. Seguro. Como si ya perteneciera ahí. Shane entrecerró los ojos, lo reconoció.
—Ese tipo…
Ilya no respondió de inmediato.
—¿Lo conoces?
Shane dudó un segundo.
—En la gala.
Silencio leve.
—Me ignoró.
Ilya levantó una ceja.
—¿A ti?
—Sí.
—¿Y?
Shane soltó una risa seca.
—Nada.
—Claro.
Ilya no apartó la mirada de él.
—Te molestó.
—No.
Mentira limpia. Ilya no insistió. Pero tampoco compró la respuesta. Volvió a mirar la pantalla.
—Juega conmigo. —dijo Ilya.
Pausa.
—Hace poco compartimos habitación.
Ahí cambió todo. Sutil. Pero claro.
—¿Cómo? —dijo Shane.
—Ajá.
Natural.
—Hablamos un poco.
Silencio incómodo.
—Es raro —añadió Ilya.
—¿Raro cómo?
—No lo sé.
Pausa.
—Es una caja de sorpresas.
Volvió a mirar la pantalla.
—Es raro.
Pausa.
—Muy raro.
La televisión siguió.
Pero Shane ya no estaba viendo.
—¿Y qué más? —preguntó.
Ilya no respondió de inmediato.
—Nada más.
—¿Nada más?
—No.
Por un momento, no sabían que decir.
—¿Y de qué hablaron? —insistió Shane.
Ilya giró apenas la cabeza hacia él.
—Hollander…
—¿Qué?
—Déjalo.
Shane no se movió. Seguía ahí, apoyado sobre su pecho, pero ya no tan relajado.
Ilya lo miró un segundo.
No lo dijo, pero era evidente que no le creía.
—Hablamos normal —añadió Ilya—. Nada interesante.
—¿Normal cómo?
—Normal.
—¿De hockey?
—Sí.
—¿Solo de hockey?
Ilya exhaló por la nariz, leve.
—¿Qué quieres que te diga?
Shane dudó un segundo.
—No sé… —murmuró— qué piensas de él.
Ilya lo miró con más atención ahora.
—Ya te dije —respondió—. Es raro.
—Sí, pero eso no dice nada.
—Dice suficiente.
—No.
Shane levantó un poco la cabeza, mirándolo directo.
—¿Te cae bien?
Ilya sostuvo la mirada.
Un segundo más largo de lo normal.
—No lo conozco.
—Pero hablaste con él.
—Y.
—Y compartiste habitación con él.
Pausa.
Ilya entrecerró apenas los ojos.
—¿Y?
Ahí ya había un filo. No agresivo. Pero claro.
Shane lo sintió. Aun así…
—Nada —dijo, pero no sonó convincente.
Ilya lo observó un segundo más.
—Hollander.
Corto.
Seco.
No fuerte.
Pero suficiente.
Shane se acomodó mejor sobre el pecho de Ilya.
La conversación debería haber terminado ahí.
Y durante unos segundos lo hizo.
Hasta que—
—¿Por qué?
preguntó Ilya.
Shane levantó apenas la vista.
—¿Qué?
—¿Por qué tantas preguntas?
Silencio. Esta vez fue más largo.
Porque ni él tenía una respuesta clara.
—No sé.
Y por primera vez en toda la conversación... era completamente sincero.
Ilya lo miró un segundo. Luego negó suavemente con la cabeza. Como si tampoco entendiera qué estaba pasando. Y dejó el tema hasta ahí. Pero Shane siguió escuchando el nombre dentro de su cabeza. João. Nada más. Solo un nombre. Y aun así... seguía ahí. Shane por fin se quedó callado. Ilya no lo miró una vez más.