7. EL NUEVO
El sonido del puck contra el stick rebotaba seco, constante.
—¡Arriba, arriba! —gritó uno de los entrenadores desde la banca.
El hielo estaba rápido esa mañana. Más de lo normal. Rozanov lo notó desde el primer cambio. Pero no era el hielo. Era él. Costa.
Se movía distinto. Más suelto. Más confiado. Como si ya no estuviera probando nada… como si ya supiera exactamente dónde estaba parado.
Rozanov lo siguió en silencio durante varios shifts. No lo marcaba de forma evidente. No lo perseguía. Pero estaba ahí. Midiéndolo.
Costa recibió el puck en la zona neutral, giró sobre sí mismo con una facilidad absurda y dejó atrás a dos defensas como si fueran estáticos.
Rozanov reaccionó tarde. Raro en él. Se cruzaron por primera vez en ese shift. Cuerpo a cuerpo. El golpe fue limpio, fuerte. Costa no cayó. Al contrario. Sonrió. No una sonrisa grande. No burlona. Pequeña. Segura. Como si eso fuera exactamente lo que estaba esperando. Rozanov apretó la mandíbula.
—Otra vez —murmuró para sí mismo.
El siguiente intento fue más directo. Rozanov lo cerró contra la banda, cortándole el ángulo con precisión. Pero Costa giró el cuerpo en el último segundo, protegiendo el puck con la cadera, absorbiendo el contacto… y salió. Otra vez.
Rozanov se quedó medio segundo más en la jugada de lo necesario. Molesto. No por el punto. Por la sensación.
El entrenamiento siguió, pero ya no era solo un entrenamiento. Para Rozanov, no. Era otra cosa.
El hielo ya estaba quedando vacío. Algunos jugadores salían, otros se quedaban unos minutos más lanzando tiros sueltos. Ilya estaba entre los últimos. No porque lo necesitara. Porque no quería pensar. El puck golpeó el poste y rebotó lejos.
—Eso no es tuyo.
Ilya no giró de inmediato.
Reconocía la voz. El capitán se acercó despacio, deteniéndose a unos metros, sin invadir.
—Te estás quedando medio segundo de más —añadió—. Otra vez.
Ilya tomó otro puck del hielo.
—Estoy bien.
Tiro. Esta vez entró. El capitán no reaccionó.
—No dije que no lo estuvieras —respondió—. Dije que no es tuyo.
Ilya apoyó el stick contra el hielo.
—Es solo un mal día.
—No —corrigió el capitán con calma—. Un mal día no se ve así.
Pausa leve.
—Esto lleva varios.
Ilya apretó la mandíbula. No lo negó. Pero tampoco lo aceptó. El capitán dio un paso más cerca, bajando un poco la voz.
—Tienes más talento del que estás mostrando ahora mismo.
Sin dureza. Sin levantar el tono. Peor así.
—Y no sé qué está pasando contigo —continuó—, pero se nota.
Ilya soltó el aire por la nariz.
—Nada está pasando.
Automático. Defensivo. El capitán lo miró un segundo más de lo necesario. Midiéndolo.
—Mira —dijo al final—. No necesito que me lo digas.
Con una calma relajada.
—Pero si hay algo… lo que sea… en lo que necesites apoyo—
Señaló levemente hacia el pasillo.
—Lo hablamos. En privado.
Directo. Claro. Sin presión… pero sin dejar espacio a evasivas.
Ilya bajó la mirada un segundo. Pensó. Demasiado. Luego negó levemente.
—Estoy bien.
El capitán no reaccionó de inmediato. Solo sostuvo la mirada. Como si supiera que no era verdad. Pero no lo empujó.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero no te pierdas en eso.
Con atención.
—Te necesitamos claro.
Ilya asintió.
—Sí.
El capitán dio un par de golpes suaves con el stick sobre el hielo y empezó a alejarse. Siguió caminando hacia la salida. Ilya se quedó ahí. Quieto. Mirando el hielo. Pensando en demasiadas cosas al mismo tiempo. Y sin querer admitir ninguna. Finalmente recogió su casco. Y salió.
Minutos después, el vestuario volvió a llenarse de ruido. Las puertas de lockers abriéndose. Los cascos cayendo. Conversaciones cruzadas, risas, comentarios sueltos del entrenamiento.
El vapor empezó a subir poco a poco desde las duchas. Ilya entró sin mirar a nadie. Se quitó la camiseta con un solo movimiento y la dejó caer dentro del locker. Respiraba más pesado de lo normal, aunque no estaba agotado. No exactamente. Solo… cargado.
El agua golpeaba fuerte contra las paredes. Algunos ya estaban dentro. João también. Ilya no lo buscó. O eso creyó.
Entró bajo una de las regaderas libres, dejando que el agua caliente le cayera directo sobre la nuca. Cerró los ojos un segundo. Hubo silencio. O lo más cercano a silencio que ese lugar permitía. Entonces giró apenas la cabeza. Y lo vio. João estaba de espaldas, a unos pasos. Tranquilo. Natural. Como si ese espacio le perteneciera igual que el hielo.
El agua recorría su piel con calma, marcando cada línea sin exagerarla. Nada fuera de lugar. Nada forzado. Simplemente… encajaba.
Ilya sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Solo un segundo. Pero fue suficiente. Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera procesarlo. Se erecto de inmediato. Esas nueve razones tomaron vida. Fue involuntario. Ilya tensó la mandíbula.
—No —pensó, seco.
Bajó la mirada al instante, como si alguien pudiera haberlo visto, aunque nadie estaba prestando atención. El sonido del agua seguía igual. Las voces también. Todo seguía igual. Excepto él.
Se movió un poco, dándole la espalda, intentando enfocarse en otra cosa. En cualquier cosa. Pero ya estaba ahí. Esa incomodidad. Ese calor distinto. Esa reacción que no tenía explicación… o peor, que la tenía y no quería nombrarla.
Ilya pasó una mano por su cara, respirando hondo. Control. Eso era lo único que conocía. Control. Sin levantar la mirada, dio un paso atrás. Luego otro. Y salió. Rápido. Sin decir nada. Sin mirar a nadie.
El aire frío del vestuario le golpeó el cuerpo húmedo de inmediato. Se acercó a su locker, abrió la puerta con más fuerza de la necesaria y tomó una toalla sin pensarlo demasiado. Seco. Preciso. Como si nada hubiera pasado. Pero por dentro… No estaba en calma. Y lo sabía.
Una semana después el estadio estaba lleno. Esta vez no era un entrenamiento. Esto era distinto. Las luces fuertes. Ruido constante. Voces que bajaban desde las gradas como una ola que nunca terminaba de romper. Era un partido oficial.
El campeonato ya había empezado… y se sentía. El puck cayó. El juego arrancó con velocidad. Rozanov entró al hielo con la mente clara, enfocada… o eso creía. Porque Costa estaba ahí otra vez. Rápido. Preciso. Incómodo.
Se cruzaron en el primer periodo. Stick contra stick, hombro contra hombro. Ninguno cedía.
—Vamos —murmuró Ilya, más para sí mismo que para él.
Costa no respondió. Pero lo miró. Ese mismo gesto. Seguro. Medido. El juego siguió.
Fue en el segundo periodo cuando pasó. Un grito. Fuerte. Claro. Distinto al resto.
—¡João!
Rozanov giró la cabeza por instinto. No fue el único. Pero Costa sí reaccionó diferente. Se detuvo apenas medio segundo… y miró hacia las gradas. Y entonces los vio. Y cambió. No en su juego. En su expresión. Costa lo notó al instante. Siguió su mirada. Y ahí estaban. Su familia.
Más cerca del hielo de lo que esperaba su madre, de pie, con una sonrisa contenida pero firme. Su padre, serio, observando cada movimiento con atención. Una mujer mayor —su abuela— sentada al lado, con una expresión suave, orgullosa, como si ya hubiera visto ese momento muchas veces en su vida. Y a su lado… Su hermana. Alta. Elegante sin esfuerzo. Pero lo que realmente destacaba era su forma de estar. Ligera. Cálida. Presente. Sonreía con una facilidad que no se forzaba. Una sonrisa que no pedía nada… pero lo daba todo. Levantó la mano, saludando con energía. Costa respondió desde el hielo, apenas levantando el stick. Y sonrió.
Rozanov se acercó en el siguiente cambio, quedando lo suficientemente cerca.
—¿Son tu familia? —preguntó, sin rodeos, sin dejar de mirar al frente.
Costa soltó una pequeña risa, aún sin apartar la vista de las gradas.
—Sí… —respondió—. No sabía que vendrían.
Pausa ligera.
—Me tomaron por sorpresa.
Otra pausa, más leve.
—Pero estoy feliz.
No dijo más. No hacía falta. Rozanov lo miró de reojo un segundo. Y volvió al juego. Pero algo ya no estaba igual.
El partido siguió intenso. Golpes. Velocidad. Cambios rápidos. Pero cada cierto tiempo… Costa miraba hacia arriba. Y siempre encontraba a alguien mirándolo de vuelta.
El juego terminó entre aplausos y ruido. Nada fuera de lo normal para un partido del campeonato. Pero para Rozanov… sí lo era.
Un poco después, lejos del hielo, en uno de los pasillos internos del estadio, más tranquilos, más privados… Ilya los vio otra vez. No se acercó del todo. Se quedó a una distancia prudente. Pero suficiente. João estaba ahí con ellos.
—Oi, meu amor… —dijo la mujer mayor, extendiendo los brazos.
La conversación continuó en portugués.
La abuela lo abrazó con una ternura profunda, sosteniéndolo un segundo más de lo necesario.
—Te ves más fuerte —le dijo, tocándole el rostro con cuidado.
Su madre se acercó después, rodeándolo con ambos brazos.
—Estamos muy orgullosos de ti.
Su padre no dijo mucho. Pero su mano en el hombro de João fue firme. Presente. Suficiente. Y su hermana… No caminó. Corrió. Se lanzó sobre él con una risa que llenó el espacio.
—¡Te ves increíble!
João la sostuvo sin esfuerzo, levantándola apenas del suelo.
—Sigues exagerando —respondió, entre risas.
—Nunca —le dijo ella, separándose solo un poco para mirarlo mejor.
Su energía era imposible de ignorar. Su luz. Su brillo. Eso era. Una presencia que no competía… que acompañaba.
Sobre una de las bancas cercanas, había varias bolsas. Regalos. Empacados con cuidado, algunos con detalles simples, otros más llamativos.
—No era necesario —dijo João, negando con la cabeza, aunque sonreía.
—Claro que sí —respondió su madre—. Siempre es necesario.
Ilya observaba. En silencio. No entendía las palabras. Esta vez no. Pero no necesitaba hacerlo. Lo que había ahí no estaba en el idioma. Estaba en la forma en cómo se miraban. En cómo se tocaban. En cómo João… bajaba la guardia. Completamente. Sin esfuerzo. Sin defensa.
Ilya sintió algo extraño. No incómodo como antes. Distinto. Más profundo. Algo que no pudo nombrar en el momento. Una presión leve en el pecho. Una sensación… desconocida. Porque no era envidia. No exactamente. Era otra cosa. Algo que no había tenido.
Se quedó ahí unos segundos más. Mirando. Aprendiendo. Sin querer interrumpir. Luego bajó la mirada. Y se fue. Sin hacer ruido. Pero llevándose algo con él. Algo que… no iba a poder ignorar fácilmente.
Las practicas continuaron, los partidos oficiales llegaron sin avisar. Mas viajes. Mas entrenamientos. Mas dedicación. Mas rivalidad.
En un día de semana, el estadio ya estaba casi vacío. El eco de los pasos reemplazaba el ruido que horas antes llenaba cada rincón. Las luces seguían encendidas, pero más frías. Más distantes.
Rozanov salió tarde. No tenía prisa. Cruzó los pasillos con calma, aún con la cabeza cargada de todo lo que había visto. Lo que había sentido. Ni el mismo sabía nombrar. Empujó la puerta hacia el estacionamiento. El aire de la noche le golpeó el rostro. Silencio. O casi.
—Hey.
Ilya giró apenas.
Costa estaba a unos metros, junto a su carro, inclinado sobre una caja grande que claramente le estaba dando más trabajo del que esperaba.
—¿Te molesta? —dijo João, señalando la caja—. No pensé que pesaría tanto.
Ilya no respondió de inmediato.
Solo caminó hacia él.
—¿A dónde?
—Al maletero.
Ilya tomó uno de los lados sin más. Pesaba. Más de lo que parecía. La levantaron juntos, ajustando el agarre sin necesidad de coordinarlo demasiado. En silencio.
La caja entró al carro con un golpe seco. João soltó el aire con una pequeña risa.
—Gracias.
Ilya bajó la mirada apenas. Se quedaron ahí un momento. Sin hacer nada. Sin irse.
El estacionamiento estaba casi vacío. Un par de carros más a lo lejos.
—Vinieron de lejos —dijo João finalmente, apoyándose contra el carro—. No me dijeron nada.
Ilya lo miró de reojo.
—Se notaba.
João sonrió leve.
—Sí… son así.
Pausa.
—No fallan.
Ilya bajó la mirada un segundo, apoyando una mano sobre el borde del maletero. Hubo silencio otra vez. Pero distinto. Esta vez más pesado.
—Qué bonita conexión tienes con tu familia —dijo Ilya de pronto, sin adornos.
João lo miró. De verdad esta vez. De manera más profunda.
—Es lo más importante que tengo —respondió, sin dudar—. Todo lo que hago… es por ellos.
Pausa breve.
—Moriría por ellos.
No sonó exagerado. Sonó real.
El silencio volvió. Y esta vez se quedó más tiempo. Se miraron. Sin saber exactamente qué decir. Sin necesidad de llenarlo. Ilya sintió algo apretarle el pecho. Subió la mirada. Sus ojos brillaban apenas. No lo escondió del todo. João lo notó.
—¿Y tú? —preguntó después, con calma—. ¿Tu familia… dónde vive?
Ilya tragó saliva.
—Rusia.
La respuesta fue corta. Seca. Pero no suficiente. João no insistió. Solo esperó. Y eso fue lo que lo abrió.
Ilya tragó saliva.
—Mi padre murió.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Como un dolor que aún no había terminado de procesar.
João no dijo nada. No lo apresuró. Y quizás fue eso lo que hizo que Ilya continuara.
—Hace algunos meses.
Bajó la mirada.
El estacionamiento parecía demasiado silencioso de repente.
—No estuve ahí cuando pasó.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Ilya apretó la mandíbula.
Sintió una presión incómoda en el pecho. Una que llevaba mucho tiempo evitando.
—Y con mi hermano...
Negó apenas con la cabeza.
—No hablamos.
El silencio regresó. Pero esta vez no se sintió tranquilo. Se sintió peligroso. Porque por primera vez desde que había llegado a Ottawa, estaba diciendo algo que no pertenecía al hockey. Algo que no pertenecía al hielo. Ni a las entrevistas. Ni a la imagen que todos tenían de él. Esto era algo real. Una cicatriz abierta.
Ilya bajó la vista hacia el pavimento. Y durante un instante se arrepintió. No de lo que había dicho. De habérselo dicho a él. A alguien que apenas estaba conociendo. A alguien que no tenía por qué saber nada de eso.
Entonces, movió la cabeza levemente, como si quisiera apartar el pensamiento.
—No sé por qué te estoy contando esto.
La confesión escapó casi en un murmullo.
Más para sí mismo que para João.
Sus labios se tensaron en una sonrisa breve.
Sin humor.
Sin alegría.
Solo incomodidad.
La clase de incomodidad que aparece cuando uno se da cuenta de que ha bajado una defensa que llevaba años construyendo. Y que ya es demasiado tarde para volver a levantarla otra vez.
A continuación, João bajó la mirada un segundo, como si midiera sus palabras antes de decirlas.
—Cuando tenía diecisiete… —empezó— me lesioné.
Ilya lo miró.
—Rodilla.
Se metió las manos al bolsillo.
—Los doctores dijeron que tal vez no volvería a jugar igual.
No había dramatismo en su voz. Solo recuerdo.
—Mi padre no dijo nada ese día —continuó—. Solo se sentó conmigo.
Pausa.
—Y se quedó.
Ilya sostuvo la mirada.
—No habló… no dio consejos… nada.
João soltó una pequeña exhalación.
—Pero no se fue.
El silencio volvió a caer entre ellos. Más suave esta vez. Más… compartido. Pero por primera vez… No había tensión. No había competencia. Solo… presencia.
João cerró el maletero con suavidad.
—Gracias por ayudarme —dijo.
Ilya asintió.
—Sí.
João abrió la puerta del carro, pero se detuvo un segundo antes de entrar.
—Nos vemos mañana.
Ilya lo miró.
—Sí.
João se subió. El motor encendió. Las luces iluminaron el espacio por un instante antes de alejarse. Ilya se quedó dónde estaba. Solo. En silencio. Mirando el lugar donde había estado. Sintiendo algo distinto dentro del pecho. No incómodo. No pesado. Pero tampoco simple. Algo que no tenía nombre aún. Y que no iba a desaparecer tan fácil.